lunes, abril 27, 2009

"Su sociedad está mucho más evolucionada"

"- Eso era un platillo volante que te saludaba. Hace dos semanas en México vimos unos 40, volando en formación. Tienen bases por todo el mundo, ¿sabes? Están viniendo desde 1946 cuando los científicos empezaron a llegar con el radar hasta la luna. Y han estado viviendo y trabajando entre nosotros en gran número desde entonces. Los gobiernos están informados.
- ¿Pero qué dices, tío?
- Bueno, tú acabas de ver uno, ¿no?
- Hombre, yo he visto uno ahí arriba, pero no trabajando aquí, a ver si me explico...
- Pues porque son personas como nosotros, de nuestro mismo sistema solar, solo que su sociedad está mucho más evolucionada. Ellos no tienen guerras, no tienen sistema monetario y no tienen líderes, porque cada hombre es su propio líder. Allí, cada hombre por su tecnología se puede alimentar, vestir, alojar, transportar a sí mismo, y todo sin ningçún esfuerzo.
- Uau... ¿Pues sabes lo que te digo...? Pues que eso son gilipolleces. ¿Qué te parece, eh?, que no son más que gilipolleces... Porque si son tan estupendos, ¿porque no se presentan claramente y se dejan de mariconadas?
- No se presentan claramente porque si lo hicieran en todo el planeta cundiría el pánico. En serio, porque nosotros tenemos líderes y nos fiamos de la información que nos dan. Y los líderes han decidido limitar la información por el shock que causaría a nuestros anticuados sistemas. Y el resultado de esto es que los venusinos han contactado con personas de todo el escalafón social. (...) Sería un duro golpe para nuestros anticuados sistemas. Por eso los venusinos se han mezclado con personas de todo el escalafón social en calidad de asesores. Alguna vez el hombre tendrá control absoluto sobre su destino, tendrá la ocasión de trascender y evolucionar con igualdad para todo el mundo."

Easy Rider (Dennis Hopper, 1969)

No toméis en serio la conversación que acabo de transcribir. Al fin y al cabo, la sostienen dos personas (el que defiende la existencia de platillos volantes es Jack Nicholson; el que flipa con ello es Dennis Hopper, también director y coguionista de la película) que llevan un pedal importante en una película mítica de un modo de vida muy particular. Pero esta conversación me ha recordado que un amigo mío dice que si algún día los alienígenas nos invaden, él tiene claro qué bando va a escoger. El nuestro no, por si alguien tenía alguna duda. Yo tan claro no lo tengo (...todavía...), pero empiezo a tener dos razones de peso para apoyarle (y a nuestros invasores). En primer lugar, que mi fe en el ser humano cae en picado y a pasos agigantados. Y en segundo lugar, aunque para ello tenga que dar credibilidad a la conversación que genera esta entrada, que los venusinos no tienen sistema monetario. Seguro que así no tienen crisis económica alguna para amargarnos la vida...

viernes, abril 24, 2009

Crisis humana

Cada día que pasa tengo más claro que lo que vivimos no es una crisis económica, sino una crisis humana. Cada día estoy más convencido de que lo que está pasando no es culpa del sistema económico, sino del comportamiento de las personas. Cada día veo más urgente cambiar nuestra forma de ser que nuestra forma de gastar. Cuatro millones de parados. ¿Y a quién le importa? ¿Quién hace algo de verdad para detener esa sangría de puestos de trabajo? ¿Los gobiernos (y, sí, digo los gobiernos, que algo tendrán que decir las instituciones de este alabadísimo estado de las autonomías que tenemos)? ¿Las empresas? ¿Los bancos? ¿A quién le importa? Que alguien me diga quién mueve un dedo para que no se pierda un puesto de trabajo y no para el enriquecimiento personal.

A las compañías telefónicas no les importa cortarte el móvil sin avisar por el retraso en el pago de una letra, sin importarles el perjuicio que te causen. Las eléctricas están dispuestas a liquidar el suministro a los abonados que no puedan pagar un mes por mucho que uno o su empresa necesiten imperiosamente la electricidad para salir de la crisis. Los bancos te machacan a comisiones, algunas de ellas ridículas, sin importar que seas un cliente fiable de muchos años que nunca se había retrasado en un pago. El crédito no llega a las pequeñas empresas, y a nadie le importa que eso suponga el cierre de estas empresas o el despido de la mayoría de sus trabajdores. Los gobiernos anuncian planes, inyecciones económicas, proyectos de salvamento y miles de ideas maravillosas que no parecen tener efecto alguno en la vida real. Los particulares se machacan entre sí por miserías y nadie tiende la mano al prójimo para tratar de ayudar. Nadie hace nada. A nadie le importa.

¿Crisis económica? No soy nadie para negar que exista, desde luego. Ya he dicho muchas veces que yo de economía no sé mucho, y lo poco que sé indica que sí hay crisis, claro. Pero me sigo riendo de la crisis económica cuando veo los beneficios multimillonarios de algunos. Cuando veo que algunos hablan de catástrofe por un descenso del beneficio en un seis por ciento o por perder dinero por primera vez en décadas (¿qué han hecho con todo lo que ganaron?). Cuando veo a algunos sectores ganando más dinero que nunca (porque los hay aunque no salgan en los medios). Cuando veo que pisotear a los demás por el miserable beneficio propio sigue formando parte del paisaje social. No nos engañemos. A nadie le importa que haya cuatro millones de parados, siempre y cuando uno mismo no sea uno de ellos. Mientras uno pueda mantener su ritmo de vida, ¿qué le importa lo que le pase a los demás?

Catástrofe es no tener dinero para pagar la hipoteca, para poder comer o para criar a tus hijos. Quienes sufren esto son quienes tienen derecho a hablar de la crisis. A mí cada día que pasa me da más asco la sociedad en la que vivimos y me aterra pensar que no hay alternativa, que estamos en una espiral destructiva de la que no vamos a salir nunca. En España hay cuatro millones de crisis. Un millón de hogares, sin salario alguno, en crisis. Ellos sí pueden hablar de crisis, ellos sí pueden contar historias, ellos sí pueden dejar claro que esto es, por encima de todo, una crisis humana y social. Pero a nadie le importa. Son sólo una cifra. No quieren que haya personas detrás de esas cifras, como tampoco quieren que haya personas detrás de las actitudes carentes de toda humanidad que han provocado esta crisis. Nos rodea la miseria humana. Y por eso es la misma esencia del ser humano lo que está en crisis.

miércoles, abril 22, 2009

Alucinado

Mi yo futbolero vive alucinado. Alucinado, para empezar, por lo que se vio ayer en el Santiago Bernabéu. Alucinado por diez minutos locos de los que engrandecen este deporte (igual que el Chelsea-Liverpool de unos días antes o el Liverpool-Arsenal que se jugó al mismo tiempo que el Real Madrid-Getafe; ¡cuatro goles de Arshavin en Anfield!), en los que la emoción, el ataque desenfrenado, la fe por ganar y el orgullo marcaron lo sucedido. Alucinado porque un jugador (en realidad fueron dos, ¿verdad, Marcelo?) arruinó esos diez minutos con una actuación irracional y fuera de lo común. Alucinado por ver a Pepe propinar dos patadas a un jugador, Casquero, que estaba en el suelo y al que acababa de hacer un claro penalti; por agarrarle del brazo y del pelo y decirle cualquiera sabe qué; por golpear en la cara a Albín con su puño y empujar a otro jugador del Getafe; por insultar al árbitro, al linier y al cuatro árbitro; por no irse del campo cuando le habían expulsado; por hacer inverosímil su arrepentimiento cuando salió como loco a celebrar el tercer gol de su equipo.

Estoy alucinado porque hacía muchos años que no veía algo parecido en un campo de fútbol. Porque uno puede entender una ofuscación momentánea, pero no una sucesión de acciones condenables y deplorables como la que protagonizó Pepe. Pero estoy también alucinado por el hecho de que haya que decidir entre un respaldo incondicional a una acción injustificable o un acoso absoluto contra el jugador. Alucinado al escuchar a Juande Ramos justificar lo sucedido, preguntándole a un periodista en la rueda de prensa posterior al partido si él pensaba que Pepe hubiera fallado si le hubiera querido dar una patada a Casquero en el suelo (¿y el puñetazo, Juande?). Alucinado al seguir escuchando a Juande al decir que considera una provocación que Casquero tirara el penalti a lo Panenka (la próxima vez que Robben regatee a seis jugadores, ¿qué hacemos, Juande? ¿Justificamos que alguien le parta la pierna?).

Pero también estoy alucionado con quienes hacen un juicio sumarísimo a Pepe, que hasta ahora se había mostrado como un jugador correcto. Lo que ha hecho el jugador madridista es gravísimo, sin duda. Tendrá una sanción que, me temo por los precedentes y por la absurda justicia futbolística que hay en España, va a ser corta para lo que ha hecho en el campo. Pero ya he dicho muchas veces que los linchamientos no me gustan y como se está produciendo uno contra el portugués, yo no me voy a sumar. Digo, sin ninguna intención de hacer daño y sí de que haya justicia, que me parecería inaudito que Pepe volviera a jugar esta temporada... y en algún partido más de la próxima. Pero hay quien está llegando a decir que habría que echarle del país y, lo siento, no me sumo. Un error, por grave que sea, no sentencia a nadie de esta forma. Y menos a un deportista. Tendrá una sanción y la cumplirá. Punto.

Lo que pasa es que vivimos una cultura de permisividad que se tiene en el fútbol con los nuestros. Lo suyo hubiera sido que en este caso, el primero en tomar medidas fuera el Real Madrid. Pero no ha sido así. Como tampoco lo han hecho antes otros equipos, tampoco nos vamos a engañar. ¿Sancionó el Barça a Giovanni por sus famosos cortes de mangas en el Bernabéu? ¿O más recientemente a Messi por escupir a un rival? ¿Hizo lo propio el Madrid con las peinetas que lanzó Michel a la grada del viejo Atotxa en San Sebastián? Ejemplos los hay de todos los colores y camisetas. Si es uno de los nuestros, el jugador recibe el apoyo incondicional haga lo que haga. Si es de los nuestros, es que algo habrán hecho para provocarle. Si no es de los nuestros, hay que lapidarle primero y preguntar después por los condicionantes. Ni uno ni otro tienen razón. Más justicia y menos aspavientos.

Y como lo que me gusta es el fútbol, y aunque no soy madridista (vivo en una curiosa esquizofrenia: los madridistas piensan que soy culé, y los culés piensan que soy madridista; y yo sólo soy txuri urdin, qué le vamos a hacer...), ¡viva el Pipita Higuaín! Ojalá todos los jugadores tuvieran su espíritu y sus ganas de ganar.

viernes, abril 17, 2009

Yo de mayor quiero ser eurodiputado

Ya está, ya lo he decidido. He tardado, que ya paso de la treintena, pero por fin lo he visto claro. De mayor quiero ser eurodiputado. Digo de mayor, a pesar de mi tardanza, porque ya voy a tener que esperar cinco años para poder conseguir el billete a Bruselas o Estrasburgo (que como no soy cervecero, tanto me da un destino que otro...). Me da que los partidos ya deben tener más o menos cerradas las listas para las elecciones que se celebran en junio, así que tendré que presentar mi candidatura para las de 2014. Y digo quiero ser eurodiputado porque si ya pensábamos que ese es el chollo de la política actual, el mejor retiro posible para un político, a partir de ahora la cosa mejora. Y es que resulta que después de la votación de junio entra en vigor un nuevo estatuto que regula las condiciones en las que sus señorías van a desempeñar su labor durante los próximos cinco años.

Para empezar, se fija un sueldo único para los eurodiputados de todos los países miembros de la Unión Europea. Esta medida viene a eliminar las desigualdades que producía el hecho de que cada eurodiputado cobrara el mismo sueldo que los parlamentarios que trabajaban en su propio país. Y ese sueldo único se ha fijado en 7.665 euros al mes. Dado que los eurodiputados españoles están cobrando, hasta las elecciones de junio, 3.126 euros (chínchense los italianos, que antes ganaban 11.703 euros al mes y ahora van a perder cuatro mil cada treinta días...), creo que podemos concluir que su subida salarial será ligeramente superior a la del IPC. Y hago esa comparativa porque nunca jamás en mi vida he visto en mi nómina una subida superior a la del IPC anual.

Supongo que llegar al primer día del curso parlamentario y encontrarte una nómina de más del doble de dinero del que cobrabas hasta el final del curso anterior debe ser una experiencia alucinante y recomendada por diez de cada diez médicos. Por si alguien se lo está preguntando, el presidente del Gobierno gana más que un representante en el Parlamento Europeo. Concretamente, dos euros y cuarenta céntimos más, justa retribución a la distinta carga que tiene con respecto a un eurodiputado. Si sólo fuera cuestión de salario, uno podría sentir la tentación de opositar a presidente del Tribunal Supremo (146.342,58 euros anuales, 12.195 al mes) del Congreso de los Diputados (193.398 euros anuales, 16,116,5 mensuales) o incluso de la Generalitat de Cataluña (169.446 euros al año, 14,120 cada treinta días). Pero, amigos míos, es que ahí no acaba todo para el eurodiputado.

Para empezar, me gusta su jornada de trabajo. Mientras el Parlamento Europeo llegó a debatir que se ampliara la jornada laboral de 48 a 65 horas semanales (quizá en un atisbo de vergüenza torera, la Eurocámara acabó rechazando esa propuesta), resulta que sus señorías trabajan de lunes a jueves. No se vayan a cansar, oiga, que tienen que estar frescos para hacer lo suyo. Y para solucionar cualquier tipo de incomodidad que estos cuatro días de trabajo pudieran generan en nuestros representantes electos, resulta que cada día que un eurodiputado pase en alguna de las dos sedes parlamentarias recibe 241 euros en concepto de dietas. Seguro que si les busco en Internet, encuentro para nuestras señorías algún restaurante local en el que puedan degustar un magnífico menú por diez o doce euros, que no se vean apurados por cuestiones económicas, no...

Pero no paréis de leer, que hay más. Con el nuevo reglamento, los eurodiputados tienen la potestad de contratar, a cuenta del Parlamento por supuesto, a "colaboradores personales libremente seleccionados por ellos". Comentan que en la práctica eso suponía hasta ahora que te llevabas a Bruselas o Estrasburgo a tu pareja o amigo del alma para vivir la vida loca. Y por si eso pudiera parecerle poco ético a alguien, lo ponemos en el reglamento y así le damos una estupenda cobertura legal. Un punto a favor del nuevo reglamento es que ahora la Cámara va a pagar lo que cuesten los billetes de avión de los europarlamentarios, y no una cantidad fija como sucedía hasta ahora. Antes sus señorías se andaban peleando con las páginas web para conseguir vuelos baratos y ofertas de última hora porque se quedaban con la diferencia. Para compensar esa pérdida de poder adquisitivo, el Parlamento Europeo abre la posibilidad de que viajen en clase businness, que en turista ya viaja el populacho y además no te dan de comer.

Dentro de unos pocos días, nuestros políticos comenzarán sus discursos para intentar convencernos de lo importantísimo que es el Parlamento Europeo y de lo imprescindible que es que todos, absolutamente todos, vayamos a votar. No soy del todo capaz de entender para qué sirve en realidad el Parlamento Europeo (y si alguien quiere saber más sobre esta institución, para eso está la Wikipedia), pero me parecer perverso que estas elecciones sean solo una especie de primarias para las generales. Porque eso es lo que van a ser. Si el PP gana, pedirán a Zapatero que adelante las elecciones al Parlamento patrio. Si es el PSOE el que vence, conseguirá un respiro que le permitirá, seguramente, llegar al final de la legislatura a poco que los datos económicos siquiera comiencen a mejorar. Reconozco que esa lectura, y no otra cosa, desde luego ninguna ilusión especial de carácter europeo, es lo que me va a llevar a votar dentro de mes y medio.

Y mientras tanto, 50 españolitos se irán a trabajar al Parlamento Europeo. Pero bien pensado, yo de mayor no quiero ser eurodiputado. Creo que no sería capaz de vivir con tanto lujo a cambio de semejante carga de trabajo.

miércoles, abril 15, 2009

Justo cuando el fútbol me empezaba a aburrir...

Sí, lo admito. El fútbol me empieza a aburrir. La mayoría de las veces que me siento delante del televisor o en un estadio a ver un partido, ya no veo ese deporte apasionante del minuto uno hasta el final. Salvo contadas excepciones, ya no veo un juego agresivo, vibrante, apasionante y competido. Lo que veo es un aburrido juego de mesa de entrenadores, jugadores sin talento y sin sangre, árbitros que ralentizan los partidos y alteran los resultados, información rosa y amarilla en lugar de análisis y debate deportivo. Pero entonces, justo cuando de verdad me empiezo a plantear en serio que el fútbol me empieza a aburrir, entonces sucede algo que borra por completo esa sensación y me hace sentirme de nuevo como un niño pequeño: Chelsea 4 - Liverpool 4. Con la música de Champions de fondo.

Con este partido, sucede que redescubro todo lo que me hace adorar el fútbol por encima de todas las cosas. Vuelvo a ver que es un deporte que me emociona aunque mi equipo no esté sobre el campo. Disfruto de una lucha hasta el final incluso cuando no hay esperanza. Anhelo estar donde dos grandísimos equipos ofrecen una batalla para la historia. Salto con cada gol, con cada jugada, con cada oportunidad porque veo que hay 22 jugadores sobre el campo que lo dejan todo, que luchan cada balón, que buscan la gloria por imposible que parezca alcanzarla. Que se marcan ocho goles, que tiran 32 veces a puerta, que engrandecen el fútbol, el deporte y la vida misma. Porque me han dejado dos horas que no se me van a olvidar nunca y porque sé que, dentro de muchos años, cuando hable de fútbol con gente que no haya visto este partido, hablaré con ellos sobre esta remontada inconclusa, sobre este hermosísimo espectáculo deportivo, sobre este imborrable espectáculo.

No, no soy seguidor del Liverpool. Me hice un poco de este equipo cuando fichó a Xabi Alonso. Es el mejor jugador que ha salido de la cantera de mi Real Sociedad en años y cuando le veo triunfar me doy cuenta de que, por mucho que estemos en Segunda y en la ruina económica, mis sueños en blanquiazul son posibles. Pero en realidad soy del Manchester United. Ver siendo un crío a Eric Cantona me hizo para siempre seguidor de este equipo. Porque uno no elige de qué equipo es, no. Eso se siente en un momento especial, único e inolvidable. Y por eso sé, que si hoy fuera niño, sería irremediablemente del Liverpool. Porque noches como la de ayer o como la de la final de Champions que le remontó al Milán (3-0 al descanso, 3-3 al final, Liverpool campeón por penaltis) son las de que hacen soñar, de las que hacen sentir y vibrar como si el partido que estás viendo fuera el único, el último y el mejor.
Pero además de futbolero, soy periodista. Y toda la satisfacción y orgullo que sentí al ver el partido de ayer se convierte en tristeza y lástima cuando uno ve las portadas de la prensa. As y Marca tienen cosas mejores de las que hablar en lugar de dedicar algo de atención a un partidazo inolvidable. ¿Noticias? Ninguna. El rinconcito de arriba a la derecha es todo lo que consigue este partido. La prensa deportiva se muere si no atiende al deporte. Y aquí, de donde menos cabía esperarlo hace tiempo, un resquicio de esperanza. A pesar de que también jugaba el Barça, Mundo Deportivo sí da espacio a este Chelsea - Liverpool. La prensa catalana es tradicionalmente mucho más forofa y menos objetiva. No, rectifico. Lo era. Hoy, cuando ambas parecen estar a la par en sus enfoques tergiversados, ficticios y aburridos, la prensa catalana ha dejado una lección para la madrileña porque ha centrado su atención en el deporte. Y como el propio Mundo Deportivo dice, eso es lo apasionante.

martes, abril 14, 2009

Sobre las descargas en Internet

Que Ángeles González-Sinde sea la nueva ministra de Cultura y que Francia esté a punto de aprobar una ley durísima contra la piratería en Internet ha devuelto al primer plano de la actualidad el asunto de las descargas desde la Red. Y hace tiempo que le doy muchas vueltas al asunto porque no acabo de entender muchas de las cosas que oigo. En primer lugar, lamento que se esté aplicando el término "pirata" con una ligereza que me parece poco menos que inconcebible. ¿Eramos piratas en los años 80 por copiar LPs a una de esas viejas cintas? ¿Lo éramos por copiar las películas en VHS que nos dejaba un amigo? La respuesta es obvia: no. Y no se nos perseguía por ello. Por lo tanto, ahora no podemos serlo por bajarnos una copia de un disco o una película de Internet. La vida se adapta a Internet, la industria no. De eso tiene la culpa la industria, no el consumidor.

Dejando claro que no me considero para nada un pirata por mucho que pueda descargar de la red, sí es cierto e indiscutible que hay que luchar contra la piratería. Hay que aplicar la ley contra quien vende copias ilegales, con quien trafica con películas o discos. Pero en su justa medida. Es un absurdo jurídico plantear penas mayores contra los piratas informáticos que contra alguien que asalte un centro comercial y se lleve todos los CDs y DVDs que encuentre. Durante años se ha actuado contra el top manta. Pero no tanto contra los suministradores de esos discos como contra los vendedores. Y eso es otro error. Sacar a un vendedor de las calles no elimina el negocio ilegal. Pero, como sucede demasiadas veces en esta vida, quien de verdad tiene el poder no sufre las consecuencias de la persecución. El top manta era para algunos (y parece que lo sigue siendo) un negro vendiendo discos en la calle. El que los copia, distribuye y se enriquece lo mismo no es un negro.

Otro gran error es contabilizar todo lo descargado como pérdidas de la industria del entretenimiento. Bueno, no es un error, es directamente una mentira interesada. ¿Acaso creen que todo el mundo pagaría por los contenidos que se baja de Internet si no tuviera la posibilidad de conseguirlos gratis? En absoluto. Es más, creo que el fenómeno es el contrario. Internet es una herramienta de publicidad impresionante que la industria no utiliza. En El Mundo, encontré una referencia a este informe canadiense que concluye que las descargas en Internet ayudan a la venta de discos. Y no puedo estar más de acuerdo porque, extrapolado a mi propia experiencia veo que es verdad. Yo me bajé toda la serie de Galactica porque no tenía otro modo de verla. Y ahora me la he comprado en DVD. Descuenten lo que me ha costado de las pérdidas que Internet provoca a la industria, por favor. ¿Cómo hago para comprarme todos los números de Batman editados desde 1940 hasta hoy? Porque yo no dejo de adquirir a su precio de portada las novedades que se editan en España. Internet permite conseguir contenidos inaccesibles de otro modo. Pero eso no parece contar para quienes maquinan la nueva ley.

Hace poco me decían que en Suecia se ha aplicado una restrictiva ley, similar a la que quiere sacar adelante Francia (y que sirve de modelo a demasiada gente en España; y no deja de ser curioso y paradójico que los adalides del progresismo copien una ley de Sarkozy, pero bueno...) y que el descenso en la contratación de las líneas de ADSL ha sido brutal. A ver cómo explica la industria del entretenimiento el colapso de la industria de las comunicaciones cuando se produzca por su culpa. Pero es que hasta en esto hay un error grave. Pensamos que todo el mundo necesita una conexión de alta velocidad para bajarse películas y discos a lo bestia y no es verdad. Cometemos aquí el mismo error que con el famoso canon que grava discos vírgenes. Igual que se usan estos soportes para grabar contenidos personales y profesionales, Internet es un instrumento de comunicación (personal y profesional) impresionante que está limitado por la ínfima calidad de las líneas que tenemos en España. No creo que tengamos que pagar más por el uso fraudulento que algunos quieran darle. Me niego a pagar más por un DVD en el que quiero guardar mis fotos y me niego a pagar más por mi ADSL para compensar a los creadores.

Y llegamos a los creadores. Siempre he pensado que cometen un error inmenso al tratar al consumidor como un delincuente. Yo no dudo en comprar discos o películas que me gustan si los encuentro a precios razonables. Quizá lo que habría que pensar es que pagar siete euros por una entrada de cine, 30 por un DVD de estreno, 45 por una temporada de una serie o 25 por un disco recién lanzado al mercado no es el precio más adecuado para convencer al consumidor de adquirir el producto. Quizá habría que enseñar antes algo de ese eproducto para que nos picara el gusanillo y lo compremos. Quizá haya que poner más empeño en ofrecer contenidos de calidad y no la misma película de siempre con dos trailers más en una edición especial por la que cobrar doble precio o un disco de versiones con dos temas nuevos como si estuvieras comprando algo diferente. Quizá. Claro que un creador tiene que ganar dinero con su trabajo, no faltaba más, pero no a costa de timar al consumidor. Son ellos, además, los que obligaron a poner sistemas anticopia en los discos, vulnerando el derecho del comprador a hacer una copia privada.

La ministra de Cultura forma parte hoy de ese autoproclamado grupo de guardianes de la propiedad intelectual. Ya hay peticiones para que se inhiba en decisiones que tendrían que ser naturales para un ministro de este ramo, y eso es un problema que no había alcanzado a ver cuando, hace un par de entradas, pedí cien días de gracia para ella. Si soy inflexible con las incompatibilidades de un diputado que quiera ejercer como abogado, también tengo que serlo con una ministra que se puede convertir en juez y parte en temas audiovisuales. Por otro lado, la nueva ministra dice que hay que escuchar a todas las partes para la nueva ley, pero no tengo claro que lo vaya a hacer. No tengo claro que el testimonio de un usuario sirva de mucho. Es más fácil ceder a la demagogia sobre la piratería en Internet. Y así, que no lo duden, acaban fomentando la piratería como forma de rebelión.

domingo, abril 12, 2009

Pequeños momentos

Una larga charla con un amigo. Visitar el piso todavía vacío en el que una pareja a la que adoro ya ha comenzado a construir su vida. Comer la hamburguesa más grande que he visto en mi vida tras ser desafiado a que no podría con ella. Decirle a una persona especial lo mucho que me alegro de haberla conocido. Intentar entender lo que significa cada mirada, cada sonrisa y cada palabra de una preciosa niña de tres años. Darte cuenta una vez más de que la distancia geográfica no marca el grado de amistad y de cariño que sientes por alguna gente. Escuchar el mar, olerlo, sentirlo y quedarte embobado mirándolo. Que te inviten a cenar porque quieren hacerlo, nunca por compromiso. Acordarte de un amigo que pasa por malos momentos y ver que algo, por poquito que sea, le has ayudado. Recibir un regalo que te hacen porque saben que te va a gustar y no porque toque hacerlo. Emplear tu tiempo en crear algo que sabes que hace ilusión recibir. Ver sentado en el borde de la silla y comiéndote la pantalla el final de una serie que te ha tenido años enganchado. Estar, aunque fuera sólo unas pocas horas, en la ciudad más bonita del mundo. Que toquen madera por ti. Cantar un gol de los tuyos aunque, al final, no sirva para ganar. Dar las gracias por algo que te han hecho y que te las den por algo que has hecho.

Pequeños momentos, todos ellos de las últimas semanas. Al final eso es lo que cuenta.

jueves, abril 09, 2009

Nos invaden los superhéroes americanos


Hace algún tiempo, incluí en este blog la visita que Batman hizo a Gibraltar. Bueno, pues ahora parece que se ha puesto de moda que los superhéroes americanos visiten España (¿o es que sus villanos se refugien en nuestro país...? No, eso no, que seguro que a alguno le da por echarla la culpa a Rubalcaba y a Zapatero...). En próximas fechas, veremos tanto a Batman como a Spiderman luchando en nuestro país. Y luego dicen que España está perdiendo atractivo turístico... Por un lado, el Hombre Araña visita Cádiz (no acabo de tener muy claro cómo enfocar eso de que Spiderman toree a Rhino... con una bandera española) y por otro el Hombre Murciélago resuelve un caso en Barcelona.
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La elección de la Ciudad Condal es lógica y razonable, puesto que es una ciudad que está en el mapa internacional desde hace muchos años (sobre todo desde los Juegos Olímpicos de 1992), pero la de Cádiz me ha parecido mucho más curiosa. E interesante, para qué negarlo, porque el exotismo del escenario (que lo tiene aunque para nosotros sea de sobra conocido) siempre llama la atención. No es la primera que la industria americana del entretenimiento se fija en la ciudad andaluza (recuerdo que para Muere otro día, la última película de Pierce Brosnan como James Bond, se rodaron algunas escenas allí), pero la historia gaditana no ha suscitado la misma atención mediática que la de Batman (que tuvo su hueco en muchos medios digitales y algunos informativos de televisión). Una pena.
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Aunque los cómics en cuestión no pasen a la historia precisamente por sus valores artísticos, como jugada promocional no está nada mal. Será difícil que el lector habitual de cómics se resista a echar un vistazo a una aventura de sus héroes que se desarrollan tan cerca de sus propias casas. Y, qué demonios, a los lectores extranjeros les servirá para colocar el país en el mapa, porque aunque a veces nos creamos el ombligo del mundo los hay que no tienen muy claro dónde está España o qué puede ofrecer. Y ahora la veda está abierta... ¿Cuál será la próxima ciudad española que visiten los héroes del cómic? ¿Madrid? Gallardón, toma nota que cualquier publicidad es buena para conseguir los Juegos Olímpicos de 1016...

miércoles, abril 08, 2009

¿Cien días o cien segundos...?

Cien días de cortesía. Eso era lo que se solía dar a todo aquel que era nombrado para desempeñar una función. Digo era porque eso, si es que en realidad llegó a existir alguna vez, forma parte del pasado. Zapatero cambia el Gobierno y hay críticas casi desde antes de que nombre a los nuevos ministros. El rey de la confusión, otra vez más, fue Mariano Rajoy, que se puso a hablar ante los medios antes incluso de que el presidente del Gobierno concluyera su comparecencia. Bien pensado, daba igual porque dijera lo que dijera Zapatero y nombrara a quien nombrara, el discurso de Rajoy habría sido el mismo. Previsible, aburrido y poco argumentado en la realidad. Si yo hubiera estado delante de él, le hubiera pedido que me dijera los nombres de los nuevos ministros, así de convencido estoy de que ni siquiera se los sabía. Porque luego hay mucho valiente a la hora de interrogar a una aspirante a Miss España, pero, ah, la valentía se evapora cuando delante está el líder de la oposición...

De entre los nuevos, parece que hay cuatro que no van a tener esos cien días de cortesía. Los afortunados que sí da la impresión que disfrutarán de ellos son Trinidad Jiménez y Ángel Gabilondo. En ambos se da la circunstancia de que debutan como ministros y eso juega a su favor en este mezquino aspecto de la evaluación precipitada. En el caso de Gabilondo, además, está el desconocimiento absoluto que demasiada gente tiene sobre él. Eso indica dos cosas. La primera, que la educación pasa por un nivel bajísimo de reconocimiento social y político, puesto que estamos hablando del rector de una universidad. La segunda, que parece que el Gobierno apuesta por la educación a través de la educación. Y ya era hora. Reconoce un error (dar la competencia de universidades al Ministerio de Ciencia de Cristina Garmendia) y coloca a quien sabe de educación al frente de esa cartera. Ojalá lo haga bien y por fin España consiga un mínimo consenso en esta materia, tan despreciada y vilipendiada durante tantos años por todos los agentes implicados.

A los otros cuatro ya se les ha juzgado y, por lo general, condenado. Manuel Chaves y Elena Salgado han sufrido un juicio político por lo que ya sabemos de ellos, aunque no comparto muchas de las cosas que he oído. A mí me parece lógico que un político que ha sido presidente de una comunidad autónoma durante casi dos décadas se ocupe de las relaciones con las distintas administraciones territoriales. Y lo de Salgado también tiene cierta lógica. La ya vicepresidenta tiene muy buena fama entre la gente que ha trabajado con ella, goza de la confianza absoluta de Zapatero, ha pasado por ministerios técnicos que le ayudarán a gestionar la economía, y si algo ha marcado su participación hasta ahora en el Gobierno ha sido su habilidad para no crear polémicas artificiales. Es fiable. ¿Está preparada para asumir la vicepresidencia económica? En realidad no lo sé. ¿Cien días de cortesía para averiguarlo...?

El juicio a José Blanco y Ángeles González-Sinde ha sido social. Pepiño cae mal a la gente. No conozco a nadie, de izquierdas o de derechas, que hable bien de él en una tertulia política. Pero suelen ser juicios sobre su fachada, no sobre su trabajo, porque aquello y no ésto es lo que más se conoce de él. Que sea un tipo aparentemente antipático, que sea a Zapatero lo que Guerra fue a Felipe, que haga de vez en cuando declaraciones altisonantes (que a mí tampoco me suelen gustar demasiado), no oculta (o no debiera ocultar) sus méritos: ha ganado todas las elecciones en las que la maquinaria socialista ha dependido de él y ha sabido pacificar en torno a su líder aun partido que, cuando Zapatero llegó a la Secretaría General del PSOE, estaba divivido por broncas y peleas varias. Caldera se moderó mucho cuando llegó a ministro. ¿Le sucederá lo mismo a Blanco? Por otra parte, siempre he pensado que Fomento necesita de un ministro más técnico que político, pero volvemos a lo anterior: cien días de cortesía y después ya veremos.

Lo de González-Sinde es más peliagudo. Por supuesto que habrá que esperar un tiempo para conocer sus primeros movimientos, pero no me ha gustado su nombramiento. El cine español es un sector ultraprotegido por las subvenciones cuyo modelo (por razones económicas, de prestigio y de pura lógica) no puede extenderse al resto de la cultura de este país. No comparto su enconada defensa de la lucha contra la piratería que penaliza el consumidor más que al auténtico ladrón y temo que su nombramiento endurezca leyes que ya de por sí veo absurdas. Ella misma ha dicho en su toma de posesión que entiende la cultura como "generadora de bienestar". Multar a quienes se bajan una película con más dureza que a quien arrampla con toda una estantería de DVDs en un centro comercial no es el camino para ese bienestar. Hagamos cultura y hagámosla bien, y entonces todo lo demás vendrá solo. Porque no sólo se tiene que poner a disposición de los creadores, como dijo, sino también a disposición de los consumidores. Internet, en todo caso, ya es un clamor contra su nombramiento. Ni cien días ni nada, claro.

La salida de Solbes me parece adecuada, entendida como el mismo revulsivo que busca un club de fútbol al cesar al entrenador. La crisis económica, sin ser culpa suya, demandaba ese relevo. Lo de Magadalena Álvarez parecía cantado, pero me parece una decisión a destiempo; debió suceder antes y con un mínimo de autocrítica (aunque no por lo que dijo de ella la oposición en ciertas ocasiones; en ningún país del mundo se genera un linchamiento como el que padeció por una nevada o por el cierre de Barajas para evitar accidentes en un temporal). Bernat Soria se queda como una decepción, porque apuntaba mucho y no legó demasiado. Y tres cuartos de lo mismo con Molina, que tampoco pareció cogerle el pulso al Gobierno. De los cambios de competencias, me gusta mucho que la Secretaría de Estado para el Deporte pase a depender de Presidencia. Nunca le he encontrado mucha lógica a que estuviera en Cultura y tampoco me parece el momento de crear un nuevo ministerio específico, que supondría crear nuevos altos cargos y una nueva y cara estructura en base a la ya existente.

¿Cien días de cortesía? No, esta vez no han sido ni cien segundos. La filtración de alguno de los cambios ha provocado que muchos tuvieran ya pensado su juicio antes de que los nombramientos fueran oficiales. Hablando de la filtración, se me ocurren dos cosas. Primero, que no veo la gravedad por ningún lado. No estamos hablando de un secreto de Estado ni de un sumario judicial que sólo pueden conocer las partes. Estamos ante unos nombramientos. Zapatero podrá lamentar el error de haber confiado en alguna persona en concreto a la que pidiera silencio, pero conocer sus intenciones por una filtración no es un rasgo de control o descontrol de ningún Gobierno. La segunda, que no creo que haya que darle más importancia a una filtración que a la propia crisis de Gobierno. ¿Qué es lo trascedente? Supongo que no habrá dudas a la hora de responder.

miércoles, abril 01, 2009

Dichos y hechos

Creo que puedo decir con total rotundidad que Mariano Rajoy es una de las mayores decepciones políticas que me he llevado en los últimos años. Cuando Aznar le designó como su sucesor, fue todo un alivio porque no creo que el PP, la política y España hubieran sobrevivido a que el escogido fuera Jaime Mayor Oreja. Rodrigo Rato hubiera hecho las cosas mucho mejor, sin duda, pero no sé hasta qué punto hubiera calado en el electorado del PP. Con sus pros y sus contras, y teniendo en cuenta que no compartimos ideología, la elección de Rajoy no parecía mala. Un tipo, en apariencia, más sosegado que Aznar (dicho sea de paso, tampoco es que eso parezca una tarea demasiado compleja), con experiencia en el Gobierno (vicepresidente, portavoz y ministro de Educación y de Interior) y con más dotes parlamentarias que su entonces jefe. Pero de todo eso no hay, no hubo y seguramente no habrá nada de nada.

Su aparición el lunes en el programa de TVE Tengo una pregunta para usted vino a confirmarme lo que ya sabía, que Rajoy tan pronto puede decir una cosa como la contaria, tan pronto puede aplicar un principio como ignorarlo, tan pronto puede hacer una promesa como incumplirla. No es una novedad, por supuesto; esa y no otra es la trayectoria que ha seguido Mariano Rajoy durante los cinco años que lleva dirigiendo el PP, con o sin sombra de Aznar, que para el caso eso ya da igual. Que le defiendan sus correligionarios me parece entendible, que para eso es su jefe y los triunfos de Rajoy serán los suyos propios, pero me asombra que encuentre respaldo más allá. Las encuestas del CIS vienen dejando claro desde el principio que el PP tiene mucho mayor respaldo electoral que él mismo valoración entre los ciudadanos. Y cada vez que actúa (o no actúa) deja claro el porqué.

El lunes, en el plató de TVE, Rajoy aseguró una vez más que no hay que tener miedo a contarle la verdad a la gente. Se refería a la crisis económica. Y es verdad que durante mucho tiempo se minimizó lo que iba a ser esta crisis (otra cosa es que las consecuencias fueran bastante imprevisibles en algunos casos), pero roza lo ridículo que esa afirmación salga de quien dijo que del hundido Prestige salían "hilillos de plastilina", de quien respaldó la existencia de armas de destrucción masiva en Irak o de quien proclamó el 13 de marzo de 2004 que tenía "la convicción moral" de que ETA estaba detras de los atentados del 11-M. Miedo sí debió de tener Rajoy cuando no se atrevió a decirle a la cara a un inmigrante ilegal que su partido defiende la expulsión inmediata del país de todo aquel extranjero que llegue España de forma irregular. Como ese inmigrante que hizo la pregunta. ¿Y acaso es relevante que prometa en su programa electoral equiparar el sueldo de policías y guardias civiles con el resto de agentes de seguridad autonómicos cuando eso mismo prometió siendo ministro del Interior y no lo cumplió? Será que no.

También hay una gran diferencia entre lo que dice y lo que hace cuando se le pregunta por la corrupción o por las dimisiones de cargos políticos implicados en algún asunto turbio. Primero dice, hablando de corrupción, que "las personas que tengan comportamientos inaceptables deben dejar la vida política". Cuando luego se le pregunta por qué no ha cesado a Trillo, por qué alguien que actuó como él lo hizo con las familias de los militares fallecidos es el portavoz del PP en la Comisión de Justicia (¡qué ironía más deplorable!) en el Congreso de los Diputados, dijo que "no se puede inhabilitar a una persona eternamente" por un error político. Hablando en plata, que a los demás les exigiré (nunca pediré, sino que exigiré) sus dimisiones cuando le venga en gana pero para los suyos, hombrepordios, cómo se nos ocurre decirle algo así. Menos mal que todavía Garzón no había apuntado el nombre del tesorero del partido, porque a ver cómo explica que no aparta de las cuentas del PP a quien puede haberse enriquecido con dinero de una trama corrupta. Bueno, lo explica como lo ha hecho hoy: sin contestar a las preguntas de la prensa.

En este mismo terreno, proclamó que no es partidario de tomar decisiones drásticas sin pruebas o decisiones judiciales definitivas, porque luego a ver quién restituye el honor del condenado públicamente por error. Ese rasero ya sabemos que no lo aplica cuando los acusados son de otro partido (¿os acordáis del doctor Montes? ¿Ese al que Esperanza Aguirre iba a restituir en su cargo si se probaba que no había homocidio alguno en el Severo Ochoa de Leganés?). A Bermejo, claro, no pasaba nada por acusarle de connivencia con un juez. Cuando se le pregunta por el Yak-42, a Trillo hay que respetarle y aceptar sus disculpas (las de Bermejo, como está mandado, no). Y el mismo respeto hay que tener con las decisiones que adopte un juez. Pero sólo si ese juez no es Garzón, que entonces es un prevaricador peligroso y "socialista" al que no deberían dejar salir a la calle. Y si es Gómez Bermúdez, sólo estamos de acuerdo sí conviene. Es decir, estamos con él cuando decide no llamar a declarar a Trillo pero rechazamos todo lo que hace cuando se trata del 11-M. Porque sí, amigos míos, este es el mismo juez que instruyó la investigación de los atentados de Madrid, una instrucción que el PP defendió que se desechara y se comenzara de cero.

Cuando le recordaron que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, se ponía medallas cuando el empleo crecía en dicha comunidad más que la media nacional pero que ahora critica al Gobierno cuando se está destruyendo más empleo que en ningún otro sitio, Rajoy dice que el grueso de las políticas económicas son nacionales (en las oficionas del INEM figuran los escudos autonómicos, así que algo tendrán que decir, en lo bueno y en lo malo). Y cuando le insisten, Rajoy se defiende asegurando que no conoce esas declaraciones. Como tampoco debe conocer las de otros portavoces de su propio partido, puesto que en el programa de TVE garantizó que los ahorros de los españoles estaban asegurados y apostó por la fortaleza del sistema financiero español, a pesar de que horas antes (y, por supuesto, horas después) de que otros dirigentes populares como Cristóbal Montoro o María Dolores de Cospedal auguraran la ruina económica del país por culpa de Zapatero a raíz de la intervención del Banco de España a Caja Castilla-La Mancha. Será que quien le hace el resumen de prensa en Génova le recorta las páginas que no le gustará leer cada mañana a Rajoy.

El líder del PP culpa a Zapatero de que uno de los motivos causantes de la precaria situación de las pymes sea el impago a estas empresas por parte de las administraciones (¡la que está liando Zapatero!, que diría un amigo mío...), pero desde luego no da orden a las comunidades autónomas y ayuntamientos gobernados por el PP para que liquiden esas deudas y ayuden a frenar el aumento del paro. Tampoco moviliza a sus comunidades autónomas para ayudar a Canarias en materia de inmigración porque, lógicamente, es más fácil quedarse de brazos cruzados y culpar al Gobierno de Zapatero. ¿Para qué explicar con claridad las competencias que tiene cada uno en cada materia y ofrecer ayuda a quien tiene problemas? Es mucho mejor culpar al Gobierno de todo tenga o no parte de responsabilidad (y en muchos asuntos ya lo creo que la tiene). Y si alguien me recuerda que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, niego la mayor.

Ese es Rajoy. Alguien que ha convertido en arte la distancia no ya entre lo que se dice y lo que se hace, que ya tendría mérito, sino entre lo que dice en una ocasión y lo que dice en otra. Será que Rajoy es tan revolucionario (pero de derechas, que nadie se confunda...) que yo no soy capaz de entenderle...

sábado, marzo 28, 2009

Yo no me sumo

Quedan unas pocas horas para que la iniciativa que se ha bautizado como La hora del planeta, organizada por WWF. El planteamiento es sencillo. Consiste en apagar las luces durante una hora, de las 20.30 a las 21.30 de hoy, sábado 28 de marzo. Unas 3.000 ciudades de 84 países, más de 80 españolas, han anunciado que se suman a la iniciativa y mantendrán sus monumentos a oscuras durante esos 60 minutos. Se prevé que esta iniciativa, considerada ya la mayor campaña en defensa del medio ambiente de la Historia, la secunden unos 1.200 millones de personas a lo largo del planeta. Yo no seré una de ellas. Yo no me sumo. Ya sé que me sitúo en la esfera de la políticamente incorrecto, pero es lo que voy a hacer y no me pienso esconder.

¿Por qué no me sumo? Para empezar hay una razón de fondo. Aunque es evidente que hay que hacer mucho más para la conservación del medio ambiente, me considero también un firme defensor de los avances tecnológicos. ¿Debemos renunciar a la tecnología para salvar el planeta? No lo creo. ¿Que se puede adaptar más y mejor esa tecnología para que no suponga una agresión al planeta? Sin duda. Pero, como en casi todo, la culpa no es de la energía, sino del uso que hacemos de ella. No creo que apagar las luces durante una hora solucione los problemas medioambientales, y es por eso que la campaña, muy respetable, no me parece más que un acto de propaganda con escasos efectos reales. Quizá a alguno le sirva para tranquilizar su conciencia y sentirse mejor, pero a mí eso no me basta.

Antes que sumarse a lo que yo entiendo como un paripé (ojo, lo sería para mí, no estoy criticando a quien se sume a la iniciativa, digo que, insisto, desde mi punto de vista personal e intrasferible no es suficiente ni le encuentro demasiada justificación), prefiero un comportamiento general. Porque estoy seguro de que hoy habrá muchos que apaguen todo y se sientan muy satisfechos pero a partir de las 21.30 horas se dediquen a despilfarrar. A utilizar el coche para trayectos de diez minutos andando, a dejar todos los aparatos electrónicos de la casa en stand by cuando no los están utilizando, a utilizar las bombillas que más gasten, a dejarse el grifo abierto cuando se lavan los dientes. Si la iniciativa tiene un fin pedagógico y consigue convencer a alguno, bienvenida sea. Pero me da que se queda en un intento noble pero baldío.

Tampoco me gusta que la iniciativa sea un sábado (día que sólo es positivo por las actividades culturales paralelas que se organizan en algunas ciudades, talleres, conciertos y espectáculos). Parece que se coloca en una jornada festiva para que no tenga influencia real en la vida diaria. Entonces no le veo el mérito por ningún lado. Las grandes empresas no se van a ver obligadas a apagar las luces y el llamamiento se limita a los consumidores. Las corporaciones no quieren (no van a) permitirse una hora sin trabajo, pero lo que se nos pide es que a las 20.30 se apagan las luces de los proyectores de cine, las televisiones en las que disfrutamos de nuestras horas de ocio, las luces de los restaurantes y nuestros ordenadores particulares.

En esta línea, empiezo a estar más que harto de que sea el consumidor el que tenga que hacerlo todo y aportar granitos de arena a todas las iniciativas habidas y por haber. En mi antiguo trabajo yo era casi el único que apagaba su ordenador por la noche. Las luces, siempre encendidas, a todas horas. Y es que uno pasea por cualquier ciudad y ve las luces de los edificios de oficinas permanentemente encendidas, incluso de noche e incluso sin que esa luz esté ayudando a nadie. Simplemente no se apaga. Si los grandes consumidores no reducen el desperdicio de energía, es absolutamente inútil que el ciudadano de a pie colabore en estas iniciativas. Lo malo es que hace ya mucho tiempo que las casas no se construyen desde los cimientos, sino que se empieza por los tejados. Yo quiero que los gobiernos actúen, quiero que las empresas sean valientes. Lo demás, a mí no me sirve demasiado. Así que no me sumo a la iniciativa.

jueves, marzo 26, 2009

Terror sagrado

Allá por 1991, DC Comics editó este curioso cómic titulado Batman: Terror sagrado. Era la primera historia dentro del sello Elseworlds, en la que se coloca a los héroes en universos y tiempos alternativos. Concretamente, aquí Batman vive en un mundo dominado por la Iglesia. Los policías son inquisidores, se declaran guerras contra regímenes "corruptos y paganos", el apoyo a pornógrafos judíos se paga con el ahorcamiento, las mujeres no tienen el mismo derecho al voto que el hombre y las "razas no blancas" sólo tienen derecho a medio voto y tanto el aborto como la homosexualidad son delitos perseguidos y castigados con la muerte. Los metahumanos, seres con poderes sobrehumanos, son también proscritos, pero el mando eclesial-gubernamental, no duda en utilizarlos para sus propios propósitos.

Al final de la historia (no revelo demasiado y no estropeo la lectura de este cómic escrito por Alan Grant y dibujado por Norm Breyfogle; altamente recomendable, por cierto, a pesar de que pase sólo de puntillas por un gran tema que podría haber utilizado: ¿es Superman reflejo de Dios o incluso un Dios en sí mismo...?), acepta el destino que había escogido como sacerdote antes de conocer los motivos de la tragedia que aconteció en su niñez, pero luchando contra la corrupción del poder como Batman. "Dios no es el Estado y el Estado no es Dios. Desafiar a los autoproclamados intérpretes de Dios no es renegar de él. Le serviré a mi manera. Durante el día con las sagradas vestiduras y de noche con otras vestiduras... de un color más oscuro", proclama Batman en ese cómic.

Cuando uno escucha las palabras del Papa sobre el sida con motivo de su viaje a África, cuando uno lo que un colegio religioso entiende por educación no partidista, o cuando escucha cómo se valora una película como Camino (en próximos días escribiré algo yo en mi blog), la sensación que queda es que habría gente feliz en un mundo como el que se describe en Terror sagrado. Respeto las creencias, pero jamás las imposiciones, el "conmigo o contra mí" o el desprecio a los demás. Y hay mucho de todo eso en esos tres ejemplos, y en otros muchos.

lunes, marzo 23, 2009

Presentadoras

En Íntimo y personal (simpática películita sobre la televisión que une a dos de los galanes ochenteros de Hollywood, Robert Redford y Michelle Pfeiffer, que narra la ascensión de una aprendiz de periodista desde secretaria-becaria hasta presentadora de informativos, pasando por mujer del tiempo), hay un par de escenas curiosas. En la primera, están reunidos la presentadora de informativos de cuarentaytantos (interpretada por Stockard Channing), la jovencita que le quita el puesto (Michelle Pfeiffer) y el director de la cadena. La primera pone una cinta (que, por si alguien no se acuerda, es lo que se usaba allá por 1996...), con la grabación de un rap emitido por una emisora de radio. La letra afirma que el canal en cuestión tiene "a la chica que me pone cohete", y es obviamente, la jovencita, que, añade el rapero "me pone ciego". “Me está robando el programa”, dice la presentadora de más edad en alusión a la más joven. “Convierte mi emisión y por extensión a mí, en objeto de vulgares insinuaciones”, añade, ahora sobre el rapero.

Con el relevo ya consumado en los informativos, se produce la segunda escena que me ha llamado la atención para escribir sobre ella. La mujer de más edad (por algún extraño motivo, me niego en rotundo a llamar vieja a una mujer de cuarentaytantos) le está explicando a su sustituta los motivos por los que acepta un puesto en una cadena de menor relevancia. "Cuando llegas a los 42, sabes a lo que te expones si saltas desde el último trampolín", le dice. La pregunta es obvia y la más joven de las dos se la hace: ¿a qué te expones en ese caso? "A los 42 no lo preguntarás. No es culpa tuya, ya lo sabes. No es culpa de nadie. Esto funciona así", sentencia. (Inciso: Paradojas de la vida, las dos actrices cayeron en el mal del que hablan y se quitaron años para sus personajes. Michelle Pfeiffer tenía 38 y en la película quería representar alguno menos y Stockard Channing tenía 52, y nos los 44 que después confesaba tener su personaje).

Viene todo esto a cuento de algo que me llama la atención desde hace tiempo. Uno mira los informativos de televisión en España y esas reglas no escritas sobre la edad y el aspecto físico parecen cumplirse a la perfección en la amplia mayoría de los casos. Hay una clara apuesta por las mujeres, ya sea para presentar los informativos, los deportes o el tiempo. Además, el fenómeno del rapero de la película ha encontrado acomodo (como casi todo en esta vida) en Internet. Proliferan los blogs y foros que se dedican día tras día a colgar capturas de pantalla de las más variadas presentadoras de informativos (y, por tanto, se supone que periodistas). Si uno entra en Youtube encontrará vídeos de estas mujeres con reclamos como "tetas perfectas y sin sujetador", "pOOtente con esas tetazas" (nótese el fino uso de la mayúscula; si es que en el fondo hay unos poetas por ahí sueltos...), "bestial", "diosa del tiempo", "ajustada", "marcando melonar", "muestra sus muslitos"...

¿Estoy en contra de que aparezcan mujeres hermosas en los informativos? Desde luego que no. ¿Impide la belleza física a una mujer ejercer como periodista seria? No, eso sería como decir que los calvos tampoco pueden presentar, o los altos, o los de ojos grises, o... Sólo plantearse esa pregunta en serio sería un severo síntoma de machismo. ¿Acaso es mejor que una mujer guapa no sea periodista? Ni mucho menos, cómo si tuviera eso algo que ver... Además, conozco (por la pantalla y a algunas personalmente) a auténticas bellezas que son grandes periodistas, televisivas o no. ¿Importa la más mínimo que sea una mujer y que sea preciosa para valorar su trabajo? Desde luego que no, y he aquí el punto más importante de este debate (¿debate?). ¿Y entonces dónde demonios está el problema? A eso voy.

El problema lo veo en el mensaje. Toda esta gente que se vuelca en colgar fotos y vídeos de presentadoras y periodistas no escucha las noticias. Se pone la televisión para ver a una tía buena. Punto. ¿Qué está diciendo esa tía buena? La respuesta seguramente sería a quién le importa, si está buena (argumento que también he escuchado, por cierto, en conversaciones sobre cine). En España se leen pocos periódicos y si las noticias en televisión las da una mujer hay gente que no presta atención a lo que dice. Es decir, que no importa la noticia, no importa el trabajo periodístico. Importa sólo la imagen. Y llegamos al punto esencial de esta materia: ¿alguien puede plantearse siquiera que esa situación se dé con los hombres...? ¿Alguien se pregunta por la edad de un presentador de un informativos...? ¿De verdad alguien cree que el relevo de un hombre en un informativo será cuestión de imagen y/o atractivo...? ¿Alguna vez se ha hablado de un hombre florero en un espacio informativo...?

Pues eso, que ahí tenemos un problema de machismo. Por parte del ejecutivo televisivo y también por parte del espectador. Yo no le doy la más mínima importancia, me interesa que un periodista sea bueno, y me da igual que sea hombre o mujer, guapo/a o feo/a. Pero los dos diálogos de la película en cuestión y un pequeño paseo por Internet me han recordado que a veces la realidad no tiene nada que ver con lo que yo pienso...

jueves, marzo 19, 2009

El político parásito

Hay una faceta del personaje que se dedica a la política que cada vez detesto más. Es la personalidad del político parásito, ese que aprovecha cualquier acontecimiento, evento, festividad o reunión simplemente para estar allí o para cumplir con un objetivo personal y partidista. Ese que se aprovecha de su responsabilidad política, por nimia que sea, para colarse allí donde el común de los mortales no podrá estar nunca o, si llega a estar, de una forma mucho más sacrificada. Para conseguir privilegios, vaya, aunque no sean coches, trajes o millonarias comisiones. Un ejemplo perfecto de esta modalidad de político (en este caso tan legal y respetable como criticable; que nadie confunda mi mensaje de lamento con uno de denuncia pseudolegal) podría ser el secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky.

El amigo Lissavetzky tiene, sin duda, el mejor trabajo del mundo. Viajar a los Juegos Olímpicos, viajar con Nadal, viajar con la selección española de fútbol, de baloncesto, de criquet, de petanca... Conoces el mundo entero a gastos pagados y te haces fotos con tus ídolos deportistas. De acuerdo, a cambio tienes que pasarle el teléfono al deportista en cuestión para que Zapatero sea el segundo (primero siempre va el Rey) que le felicite por su éxito, pero creo que es un peaje barato para lo que consigue. Otro notable ejemplo, aunque es verdad que más modesto, es el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica. No sé si trabajará algo o todo lo hará su oficina, pero su abono al palco del Bernabéu es un privilegio interesante que no está al alcance del ciudadano de a pie.

Esa modalidad, con parecerme aborrecible (será la envidia, claro...), no es lo peor que puede hacer un político en su función de político parásito. Mariano Rajoy me ha descubierto esta semana (perdón por la dramatización, que seguro que hay precedentes e incluso de mucha mayor gravedad...) que puede haber algo peor. Que un político convierta una celebración ajena en un akelarre propio me parece vomitivo y deleznable. El líder del PP se fue a Valencia para hacer, dicen todos los analistas políticos, un nuevo gesto de apoyo al presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps. ¿Dónde lo hizo? ¿En la sede del PP? ¿En un hotel? ¿En la puerta de su casa? No, lo hizo en el balcón del Ayuntamiento cuando se estaban inaugurando las festividades falleras de los valencianos. De todos los valencianos.

Pongamos por caso que soy valenciano (no lo soy). Pongamos por caso que a ese rasgo añadimos uno más, a elegir entre los dos siguientes: a) soy votante del PSOE; b) soy un firme convencido de que Camps tendría que dar más explicaciones de las que está dando sobre acusaciones de corrupción (y ahora mismo cumplo los dos). Si soy valenciano, difícil será que no sienta las Fallas como algo propio. Si añado una de las dos características opcionales, lo vivido en el balcón del Ayuntamiento se convierte en una tomadura de pelo. Si quiere defender a Camps, hay muchísimos ámbitos donde puede hacerlo. Ámbitos propios de su partido, porque, recordemos, Rajoy no es nada en la política valenciana y no tiene un lugar reservado en ese balcón. ¿En las Fallas? No lo entiendo. No soy capaz de comprender por qué han hecho que la foto de las Fallas en el resto de España sea esa y no la celebración de la gente. A mí, de ser valenciano, me habría dolido mucho. Como no lo soy, sólo me provoca asombro y cierto malestar.

Lo cierto es que me fastidia sobremanera que los políticos asuman como propias cosas que son de todos. Es lo mismo que vengo pensando desde hace muchos años con la Constitución, cuando algunos decían defenderla a capa y espada frente a aquellos que iban a romper España en no sé cuántos pedazos. No se habían leído la Carta Magna, pero daba igual. Es también lo que hace el PNV en demasiadas situaciones de la vida en Euskadi con un mensaje de poco aprecio a los vascos no nacionalistas (sí, los hay, y Patxi López nos lo acaba de demostrar sin lugar a la duda). Ni los políticos ni los partidos son dueños de las celebraciones de la gente, de las costumbres, de los grandes acuerdos, de las fiestas y de los lugares que todos queremos. Pero hay políticos que sólo quieren fotos y más fotos. Y con ellas distorsionan y pervierten las cosas que todavía son capaces de unir a las personas por encima de los apocalípticos mensajes pseudopolíticos que algunos se empeñan en convertir en una forma de vida. La suya, desde luego.

lunes, marzo 16, 2009

¡¡¡Zapatero se comerá a vuestros hijos!!!

Tras llamar vuestra atención con ese irónico, satírico y llamativo titular, que por otro lado no creo que llegue nunca a hacerse realidad, entro en materia. Esta es la nueva campaña de la Conferencia Episcopal para mostrar su rechazo al aborto y las modificaciones legales que quiere introducir el Gobierno. No soy religioso, por lo que lo que diga la Iglesia no me atañe; no es un club del que forme parte y no tengo por qué seguir sus reglas morales. Pero las respeto, igual que respeto a quien sí quiere llevar su vida en base a principios religiosos. Tampoco tengo una opinión definitiva ni clara sobre el aborto, con lo que una postura más o menos extremista de uno u otro lado no tiene por qué afectarme. Pero la campaña me ha cabreado, para qué engañaros... El motivo no tiene nada que ver con el tema objeto de debate, no (no tendría sentido porque, al no tener clara una posición, no puedo darme por aludido), sino que tiene que ver con la forma en que la Conferencia Episcopal lanza sus mensajes.

Empiezo a estar bastante harto de que cada vez que alguien quiere defender una postura lo haga atacando al que no piensa como él. Y la Conferencia Episcopal Española se maneja de maravilla en ese terreno. No defiende su postura, sino que censura y vilipendia la contraria. Y ya cansa tener que escuchar mensajes así. A mí esta campaña lo que me sugiere es que quien defiende o acepta el aborto debe ser tachado como un asesino de niños. Ni más, ni menos. Eso es lo que dice esta campaña publicitaria. O, como digo en el título de la entrada, que Zapatero se comerá a vuestros hijos, que es lo que parece que tiene ganas de proclamar a los cuatro vientos la Conferencia Episcopal pero no termina de atreverse a hacer. Y yo, sintiéndolo mucho, no me voy a sentir como un asesino de niños por no rechazar el aborto.

Como ya he dicho antes, no tengo una opinión clara sobre el aborto. No conozco a nadie de mi entorno que haya pasado por semejante trance (o si lo ha hecho, a mí no me lo ha contado), ni tengo los conocimientos médicos necesarios para saber cuándo se puede hablar de vida con cierta propiedad (y aquí sí tengo claro que la ciencia tiene mucho más que decir que la religión; es mi forma de pensar, como otros tendrán la suya). Por eso, y porque no acabo de entender cómo es posible que la única institución que prescinde en su experiencia vital de la familia no hace más que hablar sobre ella, no hago mucho caso de este tipo de mensajes. Pero me fastidia, y mucho, que todos los debates se quieran hacer desde posiciones adoctrinadoras y con un claro aire de superioridad. La Iglesia tiene una postura. Una. Nunca LA postura. Y el respeto a lo que piensen los demás es un primer paso imprescindible para poder debatir.

Si la Iglesia quiere hablar de la cuestión de fondo, podemos hacerlo. Yo encantado, como lo estoy al debatir cualquier otro tema. Pero si lo hacemos, tiene que ser con todas las consecuencias. Porque si llevamos la postura de respeto a la vida a todos los terrenos, no sé cómo me va a explicar la Iglesia su rechazo al uso del preservativo, que tantas muertes por sida podría evitar en el Tercer Mundo, o su negativa a la investigación con embriones, una vía que ya hemos visto que tiene una capacidad enorme de salvar vidas. Lo que no puede ser es que se salven sólo las vidas que quiera la Iglesia y como quiera la Iglesia. Lo que esta campaña termina de confirmar es que no quieren formar parte del debate. Quieren dirigirlo e imponer las conclusiones. Lo que piensen los demás no les importa y no lo respetan.

La prueba la ha dado hoy el portavoz de la Conferencia Episcopal, José Antonio Martínez Camino, al rechazar abiertamente ese debate. En la rueda de prensa en la que ha presentado la campaña, se le ha preguntado por estas aparentes contradicciones, pero no ha querido responder. Según dijo, entrar en ello podría "distorsionar" el objetivo de su campaña. Estaba claro que no iba a responder a la pregunta. Lo que sí que no me esperaba de la Iglesia es que llamara a la insumisión. "Una ley que no proteja el derecho a la vida es una ley injusta y que incluso no tiene caracter de ley", ha dicho Martínez Camino. Lo que no me ha aclarado es si se refería sólo a esta Ley, sólo a las leyes que no le gusten a la Iglesia o a todas en general. Porque seguro que hay gente que querrá saltarse otras muchas leyes ahora que ya sabe que tiene el amparo divino al hacerlo...

domingo, marzo 15, 2009

Meme cultural / personal

Invitado por S. Dedalus, aquí tenéis uno de esos memes que pululan por la blogsfera, uno de esos cuestionarios con los que uno se da a conocer un poquito más a la gente que pasa por estos pequeños rincones internáuticos. De éste me ha sorprendido la curiosa mezcla de preguntas culturales y personales. Como hizo C. C. Buxter anteriormente, yo también me voy a explayar un poco en las respuestas, pues dar una contestación telegráfica a preguntas de este estilo no me va demasiado. Ahí va...

· Un estilo de música: Partamos de la base de que no soy un gran melómano. Es muy difícil sacarme del género en el que sí me muevo como pez en el agua, que es la música instrumental de cine. Y antes de que a nadie se le ocurra preguntar, John Williams es dios.

· Una película: ¿Sólo una...? Esta pregunta sí que es difícil. Pero si cito una y sólo una, esa tiene que ser E.T. El extraterrestre. No hay película que me haya provocado más emoción, admiración y ternura, con la que haya sentido, llorado, reído, vivido y soñado más, en la que haya más cine, en la que cada plano y cada mirada tengan algo que decir, en la que la colocación de la cámara siempre signifique algo, en la que haya más cine puro y auténtico.

· Una serie: Hace poco más de un año habría dicho Friends. Adoro esa serie y a sus personajes. En mi niñez podría haber dicho V o Canción triste de Hill Street. Hace pocos meses habría dicho Firefly, aunque sé que casi nadie la conoce (por desgracia). Hoy, y a la espera de que no la destrocen con el cercano final (acaba en dos semanas), tengo que decir Battlestar Galactica. Qué pedazo de serie para quien sepa mirar más allá de su envoltorio de ciencia ficción...

· Una canción: Por lo mismo que decía antes sobre mi estilo de música, se me hace muy difícil escoger una sola canción. Supongo que va por épocas, hace unos años podría haber dicho Ojos negros de Duncan Dhu y ahora quizá diría The Times They Are A-Changin' de Bob Dylan o The sound of silence the Simon & Garfunkel porque Watchmen me las ha puesto en bandeja...

· Un libro: Soy lector habitual, pero no acabo de tener un libro de cabecera, de esos que tengo que recomendar a todo el mundo, de esos que me tengo que releer cada cierto tiempo. Quizá el que más impacto me haya causado en el momento de su lectura fuera La tregua, de Mario Benedetti, pero tampoco me atrevería a decir que ese sea MI libro...

· Libro actual: Estoy acabando con uno de los relatos de Conan escritos por Robert E.Howard, Clavos rojos (después de haber leído ya su versión en cómic a cargo del gran Roy Thomas y Barry Windsor-Smith), y en breve me pondré con una recopilación de artículos de Mariano José de Larra, figura de la que sé poco y me gustaría saber bastante más.

· El último libro leído: La última novela ha sido La máquina del tiempo, de H.G.Wells, un pequeño clásico de ciencia ficción que reconozco que me ha sorprendido y entretenido a partes iguales. El último de no ficción ha sido Star Wars. La magia del mito, una obra que pretende repasar todas las implicaciones mitológicas y las influencias culturales que hay en la saga de George Lucas. Reconozco que me ha parecido demasiado obvio y simple, pero lo mismo es porque sé demasiado ya de Star Wars...

· Un mal día: Muchos, pero tengo claro que es mejor no recordarlos a menos que se necesite la experiencia para no volver a tropezar con ella. Al fin y al cabo, si ya tenemos tantas cosas de que preocuparnos en esta vida, ¿por qué andar recordándolas? Mirada al frente y que los malos días sirvan sólo para aprender de ellos.

· Un gran día: Afortunadamente, también hay muchos, porque lo bueno de esta vida es que te da muchas oportunidades de que un día sea grande de verdad. Creo que tendemos demasiado a ver más los días malos que los grandes, y supongo que esa es una afección de lo que no me libro. Sigo convencido de que mi gran día todavía está por llegar. Ya os lo contaré cuando suceda.

· Una profesión: Periodista, siempre periodista. Es la profesión más bonita que hay, por mucho que hoy esté vilipendiada, desprestigiada y emponzoñada. No puede haber cosa más bonita que contar a los demás lo que sucede en el mundo, que descubrir hechos trascendentes que alguien poderoso no quiere que se sepan, que dar a conocer mundos a los que de otra forma la gente no llegaría nunca.

· Un sueño: Dicen que si se cuentan los sueños, éstos no se cumplen. Con esa vil excusa, voy a esquearme de dar una respuesta más concreta. Porque sueños tengo muchos, algunos muy personales y otros más triviales. Como todo el mundo, vaya... Pero lo que sí tengo claro es que ahora es éste el que centra una gran parte de mi tiempo y, además, es el más sencillo de contar. Sirva el enlace para no tener que declararlo públicamente aquí y ahora. Y como dijo Calderón de la Barca, toda la vida es sueño y los sueños, sueños son...

Dicen las normas de este meme que hay que seleccionar a cinco personas para que sigan la cadena, pero creo que eso lo voy a dejar en vuestras manos. Si pasáis habitualmente por aquí y yo también paso por vuestros rincones, ya sabéis que os leeré con atención todo lo que tengáis que decir.

miércoles, marzo 11, 2009

Rodillo y carpetazo


Cada día que pasa se me hace más difícil entender la política que se hace en España. Son tantas las cosas que pasan que la tentación de mandar a freír espárragos a todos los políticos es intensa y muy merecida. Yo no sé si en otros países se juntan tantas cosas en tan poco tiempo, pero yo ya no sé qué pensar. No sé si en esto Spain is different también o si somos como los demás. Lo que sé es que en los últimos tiempos, entre otras muchas cosas, he visto a consejeros en yates de constructores, a presidentes autonómicos despilfarrando en un coche oficial, a ministros reformando por millonadas pisos de Patrimonio Nacional en los que viven, a alcaldes y consejeros espiados por tramas de espías ilegales, a presidentes autonómicos mantener largas charlas con sus sastres, a la hija de una concejal gastarse 30.000 euros en bajarse episodios de Perdidos con la tarjeta municipal, a un tipo que nadie conocía intentar un chantaje al presidente del principal partido de la oposición con un vídeo en el que decía que Fraga "está gagá", a un consejero decir que en realidad no compra un chalet de dos millones de euros que se está construyendo bajo la supervisión de su mujer...

Estos episodios, siendo muy benévolo, dejan la política española por los suelos, arrastrándose en el barro, generando una desconfianza absoluta en la sociedad. Todo esto son cuestiones en las que el político aprovecha su posición para sacar partido de alguna manera. Lo que en román paladino se llama corrupción, vamos. Pero siendo todo esto gravísimo, deleznable, condenable y perseguible judicialmente (que para eso estamos hablando de dinero público, del dinero de todos), lo que más desprecio de la política es el uso perverso de sus propios mecanimos. Y si hay algo que detesto por encima de todo es el rodillo parlamentario. Lo peor que tiene el sistema electoral español, y lo ha demostrado ya con creces, es la mayoría absoluta. Tener más de la mitad de los representantes en cualquier cámara legislativa se ha revelado como el peor enemigo de la democracia. Pasó con Felipe González y José María Aznar en el Congreso de los Diputados y pasa muy a menudo en los parlamentos autonómicos.

La reflexión viene a cuenta de la decisión unilateral, interesada y vergonzosa del PP de cerrar la comisión de investigación en la Asamblea de Madrid sobre los espionajes a cargos de su porpio partido en la Comunidad y en el Ayuntamiento. Hoy se ha acabado esa investigación sin que se haya investigado nada. Se creó una comisión para escurrir el bulto y ganar tiempo, con ganas de cerrarla incluso antes de abrirla (como dejó claro Esperanza Aguirre cuando dijo algo así como que se iba a investigar pero que no había nada que investigar). Y se ha cerrado en cuanto se ha podido. El rodillo parlamentario se llevó por delante la petición de muchas comparecencias que parecían necesarias para esclarecer lo sucedido. Ese mismo rodillo retrasó el inicio de los trabajos de la comisión hasta que se celebraran las elecciones gallegas y vascas, no fueran a interferir con las aspiraciones de voto del PP. Ese mismo rodillo cercenó las posibilidades de investigación y, finalmente, ha dado carpetazo definitivo a los trabajos. Seguiremos teniendo espías cruzados en Madrid porque el poder político prefiere que sea así.

Bien pensado, es asbolutamente ridículo pretender que se investigue a sí mismo quien puede haber cometido irregularidades, lo que deja la única espernanza para estos y otros muchos casos en la Justicia (siempre y cuando no haya intereses cruzados, claro, y aquí se me viene a la cabeza que un juez que es más que íntimo amigo de Francisco Camps decidirá si se imputa al presidente de la Generalitat Valenciana en la trama de corrupción que ha llenado páginas y páginas de periódicos estos días). En realidad lo que sucede es que el poder legislativo es preso de quien ha ganado unas elecciones. Por injusto que sea cualquier cosa que haga quien detente el ejecutivo, no hay freno posible desde el legislativo. Y eso supone inutilizar por completo un Parlamento autonómico, que actuará sólo al arbitrio de quien detenta el poder ejecutivo. En otras palabras, estamos pagando sueldos con dinero público a personas que no quieren (los amigos de los que mandan) o no pueden (los que no mandan) realizar su trabajo. Y ya puestos a verlo desde este prisma, quienes conformaron durante tan poquito tiempo la comisión que debía investigar la trama de espionajes me imagino que habrán cobrado por ello, ¿no? Van a cobrar dinero público por nada. Y luego dicen que hay crisis.

Las comisiones de investigación son un fraude al ciudadano, y es hora de decirlo claramente. Es absolutamente imprescindible reformar la Ley para que los trabajos y las conclusiones de estos grupos de trabajo no dependan en ningún caso de quien tiene el poder. Cuando al PP le interesaba (cuando se constituyó la comisión parlamentaria que investigó los atentados del 11-M, cuando se puso frente al resto de grupos parlamentarios; la diferencia con el caso de Madrid está en que eran muchos los que no estaban en el poder y no compartían la visión de los populares), propuso la figura del relator, un experto externo que redactara las conclusiones de estas comisiones. Ahora no le interesa, claro, y esa figura no ha aparecido en el debate. A mí me parece imprescindible. Hasta que no exista, las comisiones de investigación no merecerán un segundo de mi atención porque son un fraude. Legal, sí, democrático, también, pero un fraude al fin y al cabo.

domingo, marzo 08, 2009

Del día de la mujer a la competencia periodística

Iba a hablar del día de la mujer trabajadora. Pero no de la forma que lo hace casi todo el mundo, sino de la dicotomía que me surge al hablar de esta jornada. Iba a hablar de lo poco que me gustan estas celebraciones estériles y mucho las causas que están por detrás. De que no me siento en la necesidad de reivindicar algo en un día cuando me pasó 365 al año (por convencimiento y sin esfuerzo) manteniendo un comportamiento de apoyo, respaldo, comprensión y respeto hacia las mujeres (trabajadoras o no). De lo poco que me interesan los actos propagandísticos y las frases vacías que sólo sirven para limpiar conciencias y no para trabajar en serio por la justicia. Pero en esto que me ha dado por leer la prensa, como todos los días, y he encontrado algo que me ha llamado la atención más que los fastos algo ficticios del 8 de marzo.

Sabido es que la prensa suele llevar titulares contrapuestos y contradictorios sobre los temas de actualidad, sobre todo si es política. Es la competencia diaria, habitual y en apariencia sana entre las distintas cabeceras. El caso práctico que me llevó a pensar en esta entrada es las tramas de corrupción y espionaje de Madrid. El Mundo sentencia hoy en su editorial que "El montaje para desacreditar a Aguirre se queda en nada" (por otra parte, curioso respeto a una investigación judicial en curso, pero no me quiero desviar del tema...) y en las páginas de información afirma que "Los partes del supuesto espionaje en Madrid son falsos o erróneos". Es interesante notar el particular uso del término supuesto. El espionaje es supuesto. El montaje para desacreditar a Aguirre se da por seguro. Qué sutil, qué sibilino.
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Me vais a permitir un pequeño rodeo en el tema, pero tengo que decir que creo que hay pocas palabras que odie más en su uso periodístico que supuesto. Parece que pocos saben utilizarla correctamente, se impone su uso en circunstancias asombrosas (y, por supuesto, se cometen a veces errores de gramática salvajes por ese empleo forzado) y, además, se convierte en un arma ideológica, como demuestra a la perfección el anterior ejemplo. El País, por descontado, ofrece una versión contrapuesta del asunto y con su titular "La red de Correa intentó chantajear a Rajoy con un vídeo" une las tramas de espionaje y corrupción. Visiones opuestas del mismo tema que, me temo, no nacen precisamente del interés por la verdad.
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Pero mientras estaba pensando escribir sobre todo esto, me he topado con otros dos titulares que, otra vez más, me han hecho cambiar de tema para esta entrada (y en cierta manera volver al original, al respeto a las mujeres y lo que se puede hacer por ellas). Leo en El Mundo el siguiente titular:
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No hay trampa, no hay nada rebuscado que encontrar. Es un titular limpio, sencillo, directo y aséptico, que da paso a un artículo escrito por Jesús Neira en el que cuenta su experiencia y lo que siente. Pero después leo El País y encuentro este otro titular:
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Y, claro, veo una contradicción insalvable. Si en El País Neira habla "por primera vez", ¿cómo es posible que en El Mundo ofrezca un "testimonio exclusivo". Y viceversa, por descontado, porque no tengo ni la más remota idea de con quién habló antes. Una entrevista o un artículo de Neira tendría que tener valor por sí mismo, por lo que dice, por lo que narra, por lo que piensa. Tanto El Mundo como El País han desvirtuado lo que publican por el afán de ser el primero y el único, por el objetivo de quedar por encima del oponente por encima de la información que ofrece. Todo tiene que ser en exclusiva. La noticia ya no sirve. La noticia ya sólo tiene valor si el de enfrente no la publica o publica lo contrario. Y para que así sea da igual poner titulares como estos, que asumo que se incluyen en la confianza de que nadie lee El Mundo y El País. Es un error que no acabo de entender. Adoro las exclusivas, forman parte de un trabajo periodístico bien hecho. Pero no tener una exclusiva y venderla como tal me parece triste. Y chocante. Y una forma de engañar al lector. Una más.

miércoles, marzo 04, 2009

"En las redacciones se hace ruido"

En plena charla nostálgica con un amigo hace un par de días, salieron las clásicas batallitas universitarias. Pero hubo una que no salió, y creo que es el instante que recuerdo con más cariño de todos los años que pasé dentro de esa estéticamente horrenda facultad en la que me dieron el título de periodista. Fue en primero de carrera, cuando uno todavía podía esperar algo de esa formación (no demasiado, para qué nos vamos a engañar...). Un profesor, uno de los pocos que recuerdo con cariño, nos explicó que sus compañeros docentes solían presentarle quejas porque en sus clases se hacía mucho ruido. "¿Y qué quieren? En las redacciones se hace ruido". Sonrisa de oreja a oreja. Un profesor que hablaba de la profesión, de la vida en una redacción, del periodismo de verdad y no del aburrido libro de texto o los insulsos apuntes que tendríamos que estudiar en el 98 por ciento de las asignaturas. Fue de los pocos que lo hicieron durante los cinco larguísimos e inacabables cursos de que constaba la carrera, y por eso me suelo acordar de él.

Lo que nunca hubiera pensado es que años después tendría yo que afrontar el problema desde una óptica casi contraria. El problema del ruido, no el del periodismo, que ese es de mucho más caldado y por fuerza nos ha obligado a todos a llevarnos más de un cabreo en nuestros años universitarios y después cuando dimos el salto al mundo laboral. Una de las pocas decisiones estratégicas conscientes que pude tomar en mis años de periodista de agencia fue colocarme cerca de la televisión. La caja tonta era, muchísimas veces, mi ventana al mundo. La última hora de atentados, ruedas de prensa y sesiones parlamentarias en directo... y lo peor de todo: la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Una obligación que cortaba por completo el ritmo de trabajo del resto de la semana, puesto que era justo a la hora a la que solíamos bajar a comer. La de veces que me he quedado solo en la redacción (y a veces magníficamente bien acompañado...) teniendo que escuchar lo que decían los vicepresidentes y ministros de turno...

Y ahí llegamos de nuevo al comienzo de esta historia. En las redacciones se hace ruido. Y como suele haber mucho, mucho, mucho ruido, a mí no me quedaba otra alternativa que subir bastante el volumen de la televisión si quería enterarme de algo y contar en mis crónicas lo que realmente habían dicho nuestros políticos. Nada insoportable (el volumen, no lo que decían los ministros), para qué nos vamos a engañar, pero con tanta gente alrededor siempre hay alguien a quien le molesta. Siempre. Y ese alguien siempre vendrá a pedirte que bajes la televisión por los motivos más variados (me duele la cabeza, estoy hablando por teléfono con mi novio/a...; pocas veces por trabajo, eso desde luego). En una ocasión fue el subdirector quien me pidió que quitara la tele... ¡¡¡en pleno Debate sobre el estado de la Nación!!! Más de una vez, para evitar un altercado y una guerra civil dentro de la redacción, me veía en la obligación de tomar notas con la oreja pegada al televisor en una postura que, os aseguro, no es nada cómoda. Así acabé de contracturas en la espalda, claro.

Cuando nos cambiaron de ubicación en la redacción, la televisión descendió de las alturas (la teníamos encima de un armario) y se colocó en una estantería. Y yo a su lado. Esa fue mi decisión estratégica. ¿Por qué? Muy sencillo. Era el único lugar desde el que uno podía estar sentado en su ordenador en una postura razonablemente cómoda y escuchando la televisión por medio de unos auriculares (el maravilloso mundo de los inalámbricos no había llegado todavía a mi redacción... y creo que aún no lo ha hecho). Pero, claro, si yo escuchaba la televisión con los auriculares, el resto de compañeros no se enteraba de nada. Con una precisión de cirujano y gracias a los fallos del mundo tecnológico, descubrí que si se introducía la clavija de los auriculares sólo hasta la mitad del orificio de salida de audio en la televisión, el sonido llegaba tanto a sus altavoces como a mis auriculares. Eso sí, nada de movimientos bruscos o el invento se iba al garete.

Esta es una de las grandes enseñanzas tecnológicas que aprendí en mis años de periodista de agencia. Otras fueron la colocación de cartones estratégicamente diseñados para que nadie muriera con el chorro del aire acondicionado o cómo evitar que mi ratón se desconfigurara cada vez que una compañera y amiga apagaba su ordenador. No considero tecnológico el robo que sufrí de la bola del ratón (un hecho verídico que merecería adaptación cinematográfica; estoy seguro de que Woody Allen haría una gran película sobre esa base...). Si alguien os dice que en la Facultad de Ciencias de la Información no se aprende nada de periodismo, que sepáis que no es verdad. Yo aprendí que en las redacciones se hace ruido.