Mira que no quería hablar sobre Sara Carbonero. Desde poco antes de que comenzara el Mundial de fútbol, allá por el mes de junio (toda una vida, por lo visto), esta mujer se ha convertido en el centro de conversaciones, tertulias, análisis, polémicas y no sé qué más cosas. Y no quería hablar sobre ella. Pero al final voy a caer. Me pasa muy a menudo. No quiero hablar de algo y a fuerza de ver la presencia constante y machacona en todas partes de un asunto determinado, acabo cediendo. Soy así, qué le voy a hacer. En este caso concreto, no quería hablar de Carbonero porque el asunto me parece interesado (cómo disfruta Telecinco con la notoriedad que consigue de asuntos así), tramposo, engañoso, artificil y estéril. Y sobre el que todo el mundo quiere tener una opinión autorizada que proclamar a los cuatro vientos. Después de unos cuantos meses evitándolo, y tras escuchar las últimas palabras de esta periodista, las noticias sobre esas palabras y las reacciones sobre las noticias, toca escribir mi opinión.Desde mi humilde punto de vista, una de las peores decisiones que puede tomar un periodista es convertirse en noticia. No de forma puntual, que eso nos puede pasar a todos por millones de motivos, sino de forma continuada y permanente. Sara Carbonero lo hizo cuando decidió compaginar una relación sentimental con un futbolista con su profesión de periodista deportiva. Es una decisión libre. Yo no la hubiera adoptado. Si mi novia fuera Elsa Pataky, no creo que pudiera hablar de sus películas con la objetividad debida. Si fuera Shakira, el Waka Waka no podría parecerme tan malo. Si fuera Carme Chacón, la crónica política y yo no seríamos buenos compañeros. Así es la vida. Creo que tu trabajo se ve seriamente comprometido desde el momento en que tienes que informar sobre asuntos o personajes relacionados con tu vida privada. Ella ha escogido ese camino, y es un camino que supone que se preste más atención a imágenes como la que encabeza estas líneas que a la valía profesional de su protagonista. No obstante, ese camino, por sí solo, es totalmente lícito.
Ahora bien, además de las lícitas dudas personales sobre los méritos que le garantizan un hueco en este mundo profesional, hay un asunto que me plantea muchas dudas de ética profesional. En esas últimas palabras de la periodista de Telecinco, en el programa de Ana Rosa Quintana, ella habla del trato personal que da Mourinho a sus jugadores, de los enfados que tiene el técnico del Real Madrid, de que no es verdad que Cristiano Ronaldo visitara a un psicólogo o del carácter egoísta como jugador del portugués. ¿Está hablando Sara Carbonero o está hablando la novia de Casillas? O lo que es lo mismo, ¿estamos escuchando el resultado de lo que Casillas le ha contado a su novia o lo que una periodista ha averiguado por otras fuentes? Por supuesto, no tengo la respuesta a estas preguntas, pero si tuviera que decir algo creo que hablamos de lo primero. Y eso no me parece bien, entre otras cosas porque daña al propio Casillas. Si yo fuera jugador del Real Madrid, y aunque tengo una imagen fantástica de su capitán y portero, me cuidaría mucho de contarle ciertas cosas porque sé en manos de quién pueden acabar. No digo que lo haga o que lo haya hecho. Digo que puede suceder, y ni siquiera con mala intención sino por un desliz.
Diga lo que diga y haga lo que haga, Sara Carbonero se ha convertido en noticia. Por eso se publicaron tantas fotos suyas durante el Mundial sin necesidad de vestir la camiseta de ninguna selección. Por eso se publican ahora sus palabras, porque han cobrado una relevancia que antes no tenían. Una de las críticas que se hace a ese juego absurdo es que nadie le hacía tanto caso antes de ser la novia de Casillas, aunque ya entonces fuera una periodista deportiva. Claro. Se llama notoriedad y es uno de los motivos que en las redacciones lleva a plantearse si es un asunto es o no una noticia que pueda interesar al público. Otra cosa es que yo esté de acuerdo, pero no creo que pueda sorprender a nadie el aumento en el interés de las palabras, gestos y presencias de esta periodista tras saberse con quien comparte tantas cosas. Y no es que ella se haya ocultado precisamente, pues en los últimos meses ha visitado platós, ha concedido entrevistas a revistas del corazón y, también es importante recordarlo, ha aumentado su currículum gracias a este asunto. ¿Sólo por sus méritos profesionales?
Y un último asunto. Estoy cansado de que cualquier crítica que se la haga a Sara Caronero convierta a su autor en un machista. La última en llenarse la boca con este término ha sido Ana Rosa Quintana, quien dice que es eso, machista, decir que Sara Carbonero es "la novia de Casillas". Pues ya lo siento, pero es una de las cosas que es esta muchacha. Volviendo al ejemplo de antes, si yo estoy con Shakira resulta que soy "el novio de Shakira", de la misma forma que si lo fuera de una desconocida. Y, por cierto, es un título que llevaría a mucha honra, el de "novio de". Machista podría ser que sólo mencionarámos a Sara Carbonero como "la novia de Casillas". Pero ése es uno de los sustitutos ideales para su nombre cuando en un texto tienes que referirte a ella en numerosas ocasiones. Es "periodista de Telecinco" y es "novia de Casillas" por igual, igual que Casillas es "jugador del Real Madrid" y "novio de Carbonero".
Lo que sí es machista, tanto como oportunista, es darle a un profesional un trabajo por ser la novia de alguien. Si las dos partes están de acuerdo en contratar a alguien por ese motivo y en aceptar el trabajo a pesar de las connotaciones, dudas y problemas que pueda plantear, es su problema. Pero ambas pierden derecho a quejarse cuando alguien, de forma crítica y respetuosa, llama la atención sobre este tema.










































