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jueves, noviembre 15, 2012

Perdimos todos... pero hay que ver lo importante

Ayer hubo huelga general. Sí, ya sé que llego tarde. Es que todavía estoy asimilando lo que pasó. Así, más o menos por orden, la huelga comenzó con los piquetes, las amenazas de siempre a quienes quisieron trabajar, la "normalidad" proclamada por el Gobierno y el "éxito" defendido por la oposición. Siguió con los detalles que unos y otros esgrimen sin piedad para mostrarse con más razón que nadie. Las redes sociales se inundaron de hechos más o menos graves que, se supone, debían demostrar que el otro estaba equivocado. Los más conservadores colgaban fotos y vídeos de gente insultando a comerciantes, de piquetes y huelguistas sobrepasando los límites de lo legal y de lo ético. Los más progresistas buscaban imágenes en las que la Policía se sobrepasara en su actuación, titulares reaccionarios y provocadores de los medios de derechas y falsedades en las cifras oficiales del seguimiento.

¿Y sabéis qué? Yo estoy convencido de que perdimos todos. La perspectiva se ha perdido. Ya no importa lo que se haga, sino quién lo haga. Ya no importan las razones, sino quién las esgrima. Y no vemos lo importante. En primer lugar, no nos damos cuenta de que la huelga ha dejado de ser un derecho. La gente no elige libremente si quiere sumarse. Algunos privilegiados sí, la mayoría no. Por supuesto, algunos piquetes coaccionan y hubo personas que tuvieron que cerrar sus comercios o no entrar en sus lugares de trabajo por miedo. Eso es grave. Pero eso se ve en las imágenes. Lo que no se ve es igualmente importante. No se ve, salvo que un jefe se vanaglorie de ello en las redes sociales, cuando un trabajador está abiertamente coaccionado por sus superiores para no sumarse o que tras tantos recortes no pueda permitirse el lujo de hacer huelga porque necesita cada céntimo que gana. ¿Hizo huelga todo el mundo que quería hacerla? No lo creo. La prueba está en que las manifestaciones, a decir de todo el mundo, fueron un éxito mayor que el paro.
Para mí es importante que quien se pase de la raya pague por ello. Ha habido muchos detenidos (para mí eso no es "normalidad", no sé por qué tiene que serlo), y me imagino que pagarán por ello. Pero también hay mucha impunidad. Y me refiero a quienes se supone que tienen que velar por la seguridad de todos. Parece que cuando hay una manifestación, las normas se olvidan. Es demasiada casualidad que en todas estas últimas concentraciones haya habido heridos de tanta consideración o casos de violencia alevosa e injustificable. Pero lo peor de todo es que, efectivamente, se justifique. Antes de saber que había un vídeo con un mosso golpeando en la cabeza a un crío de trece años, se hablaba de mala suerte. Yo lo que veo en el vídeo es un tipo repartiendo a diestro y siniestro, a la altura de la cabeza, con ganas de conseguir lo que consiguió de la víctima equivocada: sangre. He llegado a leer en redes sociales que el chaval se buscó el golpe por estar donde no debía. Con un par.

Pero es casi peor lo de la chiquilla de 16 años a la que agreden después. Ni les insulta, ni les amenaza, ni supone un riesgo para su integridad. Pero dos agentes, dos, le propinan un empujón y tres golpes con la porra ¿Una adolescente grita a un policía y la respuesta policial es la violencia? ¿Es eso admisible en un Estado de Derecho y en una democracia? ¿Lo es que un responsable policial lo justifique? ¿Significa eso que si pasa un delincuente a mi lado entonces estoy en peligro de recibir una cobarde agresión policial que quedará impune? No voy a generalizar. Yo valoro a la Policía. Muchísimo. Pero precisamente por la responsabilidad que tienen son los primeros que no pueden sobrepasar ciertas líneas. Algunos las están sobrepasando. Y lo que es peor, con la justificación (¿con las órdenes?) de sus superiores y con la comprensión de quienes no comparten las protestas. Eso es una fractura social brutal.
Como la que provocan los políticos. Olvidémonos por un momento de las razones de la protesta. Es decir, no condicionemos nuestra opinión en base al acuerdo o rechazo que sentimos por sus motivos. Todos tendríamos que estar de acuerdo en que la huelga y la protesta en la calle son derechos. Todos tendríamos que velar por su cumplimiento. No tendríamos que tolerar la mofa o el desprecio hacia quienes protestan, sea del signo que sea su protesta. Y sin embargo lo hacemos. Con estas protestas surgen términos como "perroflautas". Pero, aún más, asumimos sin más que se menosprecie su protesta. Indigna que la Delegación del Gobierno hable de 35.000 personas. Es un mal endémico aquello de que el Gobierno de turno falsee las cifras de asistentes a un acto o protesta. Pero en algún momento hay que decir basta. Ojalá hubieran contado con la misma precisión los asistentes a la famosa fiesta de Halloween en el Madrid Arena. Y basta ya de mensajes de "sí, pueden protestar pero voy a hacer lo que me da la gana". Ese era el peligro de la mayoría absoluta. Y eso es importante.
Lo es también el papel de los medios de comunicación. Una manipulación, una falacia, un insulto o un menosprecio a quien ejerce su derecho a la huelga, por el motivo que sea, tendría que tener una condena unánime precisamente porque es un derecho democrático. Portadas como la de La Razón tendría que conllevar una severa reprimenda del colectivo periodístico y, también, de la propia sociedad. Recibirla con forofismo solo conduce a una fractura social inevitable. "Fracasados", dice. Es un titular calculado para ofender a todo aquel que hizo huelga o la defiende, pero circunscrito a los líderes sindicales de la portada para que nadie le pueda decir que insultaba a los manifestantes (lo que recuerda a aquel argumento de Andrea Fabra y su famoso "que se jodan" que fue o no fue para los parados). Explicaba hoy Francisco Marhuenda, director de La Razón, que el titular era impecable, porque quien fracasa es un fracasado. En ese caso, supongo que aceptará que quienes piensen que La Razón es un panfleto que fracasa en su objetivo de informar y hacer periodismo, le llamen fracasado a él como director de dicho periódico.

Y luego está Hermann Tersch, que en una muestra de que el periodismo en España es ya una basura infumable e injustificable, grabó su evaluación sobre la huelga... antes de que la huelga tuviera lugar. Pensadlo fríamente. Un periodista hizo un artículo de opinión sobre un hecho antes de que el hecho sucediera. Le daba igual lo que sucediera porque su opinión vale más que el hecho. ¿Es lícito eso en el periodismo? No tendría que serlo. Pero lo es. La prensa de derechas ha convertido a Tersch en una especie de ídolo por su forma de oponerse a la huelga, cuando en realidad es aplaudido por voceros ideológicos a los que el periodismo no les importa lo más mínimo. Y ahora nos preguntamos porque el periodismo es la profesión con más paro y una de las peor valoradas por los ciudadanos. Por cosas como ésta. Porque la credibilidad es cosa del pasado. Porque Tersch jamás se saldrá de lo que se espera de él. Y puede que eso pase en todos los espectros ideológicos, que ya sabíamos que los sindicatos y su prensa afín venderían la huelga como un éxito, pero hasta que no veamos quienes son los que realmente abusan de estas reprobables prácticas no podremos solucionar el problema.

Ayer hubo huelga. Y la sensación que tengo yo hoy es que vivo en un país cada día más cercano al abismo social. Y me refiero a los motivos por los que se convocó la huelga, sí, pero también al hecho de que ninguno de sus actores, a nivel político, sindical, periodístico, policial y social actuó movido por el bien común. Qué mal vamos. Mal de verdad.

jueves, marzo 29, 2012

"Había una vez una huelga general"

"Había una vez una huelga, una huelga, había una vez una huelga general". Creo que la primera vez que escuché ese cántico deje de tomarme en serio esto de las manifestaciones y de las huelgas. No pretendo con esa frase ponerme en contra de quienes legítimamente paran en un día como el de hoy o a favor del Gobierno y sus recortes, en absoluto. Al contrario, comparto en buena medida las razones por las que se convoca este paro, soy de los que considera necesario la protesta social. Lo único que me chirría es que se haga una huelga general a un Gobierno votado hace pocos meses cuando ya sabíamos todos lo que iba a hacer (ahí sí que no entiendo la ingenuidad), por mucho que Mariano Rajoy lo ocultara durante la campaña. Lo que me chocó de aquella primera vez que escuché ese cántico, teniendo yo bastantes años menos que los que tengo ahora, fue ese ambiente excesivamente festivo en un acto que yo visualizaba como algo diferente, que veía como algo importante, trascendente, cargado de responsabilidad. Hoy, pasados los años, no entiendo las huelgas por otros motivos. Sobre todo, la obligatoriedad de tomar partido, la eliminación de los grises entre el blanco y el negro, la creación de trincheras.

Veo esta primera página y, podéis pensar de nuevo que soy un ingenuo, me asalta la tristeza. Desde el punto de vista periodístico, esto es justo lo que tendrían que enseñar en las universidades a los estudiantes de periodismo para que aprendieran. Pero no como modelo. Esto es justo lo que no hay que hacer. No es relevante para un trabajo periodístico digno que un medio de comunicación tenga una línea editorial o una ideología. Eso no hace daño a nadie. Lo que sí hace daño es tergiversar, manipular, orientar de una forma tan desacarada el pensamiento de los lectores (de los que se dejen, por supuesto) con informaciones sesgadas intencionadamente, con manipulaciones emocionales de cualquier tipo, con la cuidada selección de datos y fotografía siempre para respaldar un pensamiento único y, por tanto, irreal. Tristemente, es lógico y razonable que la del periodista sea una de las profesiones menos valoradas entre los ciudadanos. Es la consecuencia lógica de primeras páginas como ésta, final de un larguísimo proceso que nadie ha querido detener o denunciar en serio. Es el efecto de haber convertido el periodismo en altavoz de los nuestros. Y, sí, eso es triste. Y como la prensa no cumple su papel, convocantes y afectados pueden dar las cifras de seguimiento que quieran. Yo no me creo ninguna.
Ha dicho Mariano Rajoy, presidente del Gobierno para más señas, que hay absoluta normalidad. Lo ha dicho a su llegada al Congreso de los Diputados esta mañana. Más tarde que cuando en la anterior huelga general que sufrió un Gobierno del PP fue Pío Cabanillas lo de la normalidad. Supongo que en el paro convocado con el PSOE en el poder alguien saldría a decir lo mismo. No entiendo por qué hay que decir semejante estupidez sólo por estar en el Gobierno. Un día de huelga general no es un día de normalidad. Será un paro más o menos seguido, pero normalidad no hay cuando un número importante de personas, sea mucho o sea poco, insisto, decide ausentarse de su trabajo para protestar. Y protestan con razón o al menos con sus razones, pues el propio Rajoy ya dijo que sus medidas provocarían esta huelga general y su Gobierno ha anunciado que esas medidas no crean empleo por sí solas (para mí es justo lo contrario, crearán desempleo) y que en 2012 el paro va a aumentar. Un poco de respeto a las decisiones de los ciudadanos tampoco estaría de más. Vale, sí, de nuevo podéis llamarme ingenuo.
Como decía antes lo de los frentismos, cada vez que hay una huelga me pasa lo mismo. Ya se han anunciado 58 detenciones. Supongo que de gente que intentaba evitar que otros vayan a trabajar, es lo típico de una jornada como la de hoy. Y no me entra en la cabeza. Tanto derecho tienen los que quieren hacer huelga como los que quieren trabajar. Y los que intentan evitar lo segundo por medios ilegales, con ser pocos, una minoría, hacen tanto ruido que contaminan los mensajes que hay en la huelga. Me parece absurdo, tanto en el plano personal, no sé qué pretende conseguir alguien agrediendo (verbal o físicamente) a otras personas y haciéndose detener por ello, como en el general, manchando la imagen de la propia huelga. Los manifestantes se quejan de la amplia presencia policial hoy en todas partes, pero luego hay unos cuantos incontrolados que se dedican a hacer la vida imposible a quien quiere trabajar. Un equilibrio imposible. Desde luego, una jornada de huelga nunca es una jornada de respeto, se mire desde el prisma que se mire. Abro la prensa, veo los informativos y lo único que hay son enfrentamientos. Y luego veo a estudiantes gritando en la playa "¡viva la huelga general!" y no me queda más remedio que reír. ¿Eso es una huelga? Sí, a día de hoy, sí.

miércoles, febrero 01, 2012

¿Una huelga general?



Me tiene fascinado todo lo que acontece en torno a nuestro nuevo presidente del Gobierno. Lo último es esto de que le hayan pillado hablando de que su reforma laboral le va a costar una huelga general. ¿Pillado? No, en realidad no lo creo. Estoy convencido de que la aparición de estas imágenes estaba más que calculada. ¿Por qué o para qué? Él y sus asesores sabrán, a mí me parece ahondar en la herida de la desconfianza que generan los políticos. El caso es que mientras lo dice, se ríe, su ministra de Trabajo dice que no, que todos vamos a estar encantados con la reforma, su vocero que se quedó con ganas de ser ministro nos cuenta que lo dice coloquialmente, los sindicatos casi le dan la razón en lo de convocar la huelga, el PSOE le pone a parir y así de repente pasan unas elecciones en Andalucía y otras anticipadas en Asturias. Casi nada.

No tengo ni idea de cómo va a ser la reforma laboral que planteará este Gobierno y, por tanto, valorarla ahora sería superfluo. Veo necesario cambiar el modelo, desde luego, pero estoy convencido de que no se va a producir ese cambio en la dirección que me gustaría. Al final, indudablemente, las empresas van a tener más poder del que ya tienen, más facilidad para deshacerse de trabajadores, para planetar EREs, para seguir ganando dinero mientras sumamos números en el paro. Nada de lo que he leído y escuchado hasta ahora me invita a pensar que vamos a ir reduciendo el número de parados en España. Al contrario. Se producen noticias (no hay más que pensar en 2.000 parados más gracias a Spanair y la Generalitat de Cataluña), se adelantan planes, se comentan reformas y todo me hace pensar en más despidos. Absolutamente todo. Y el paro es el gran problema.

A mí no me vale de nada, y supongo que a unos cuantos millones de españoles tampoco, que se reconduzca la situación de las grandes cifras del país si dejamos de lado a sus habitantes. Y eso no es que pueda pasar. Eso es que está pasando, de momento por obra y gracia de ayuntamientos y comunidades autónomas (¿quién gobierna ahí?) más que del gobierno central, éste o el anterior. Pero no tiene visos de que vaya a suceder lo contrario. ¿Me equivoco? Ya veremos. Y ya que estamos... ¿Qué demonios arreglaría una hielga general? Si los españoles les han dado todo el poder del país, ¿de qué sirve ahora protestar en la calle? Y otra cosa más... ¿Cómo es posible que un partido que apenas lleva dos meses en el poder tema una huelga general? ¿Es eso normal? ¿O es que acaso está ya gobernando sin tener en cuenta lo que puso en ese papelito que llamaron programa electoral? ¿O sin atender a lo que decían cuando aún eran oposición? Malo si la política sólo despierta pregunta y no soluciones...

martes, diciembre 07, 2010

Controladores

Quería ver yo por dónde avanzaba el tema de los controladores antes de dar rienda suelta a mi estado de indignación por lo que sucedió el pasado viernes en toda España. Lo que sucedió, y yo no creo que haya otra forma racional de enfocarlo, es que un grupo profesional decidió saltarse la Ley, faltar a su puesto de trabajo, paralizar España porque ellos creen que lo valen y tienen el poder para hacerlo, aprovecharse de la situación de poder de la que gozan, retar al legítimo Gobierno de un país, poner en tela de juicio el prestigio internacional de ese mismo país, contribuir a la actual situación de crisis económica reventando un puente siempre muy jugoso desde el punto de vista económico, destrozar sueños, ilusiones y aspiraciones de muchas personas que con su billete de avión habían comprado una vía de escape o de solución a sus vidas, provocar pérdidas económicas importantes en muchos sectores y perjudicar a mucha gente que no tiene culpa ni parte en su situación. ¿Hay de verdad algo que pueda justificar esto? Para mí, en absoluto.

Ya no me importa si tienen o no razón en sus reivindicaciones. Es que ni las quiero leer ya. Los propios controladores han calificado lo que hicieron como "una medida extrema y desmedida". Y eso es quedarse muy corto para lo que han hecho. Confío, espero y deseo que esta vez se ponga el límite, se diga "hasta aquí" y se frenen las ansias egoístas de este colectivo, que lleva diez años jugando con la posibilidad de tomar como rehén a cientos de miles de viajeros cada vez que se aproxima un puente o una fecha señalada de vacaciones. Ahora se quejan de que viven en la esclavitud, como si realmente supieran qué es eso. Querer aprovecharse de la grandilocuencia de las palabras (y de los hechos) juega en su contra. La de controlador aéreo no es la única profesión que lleva aparejada una situación de estrés más o menos continuada y esos otros colectivos no adoptan una medida de chantaje como la que vivimos la semana pasada. Porque es eso: chantaje. No busquemos eufemismos, subterfugios o disculpas. Y el chantaje no tiene ninguna justificación. Ir de antihéroe será muy romántico, pero por encima de todo es ilegal. En este caso, además, es inmoral por todo lo que conlleva.

Los controladores aéreos jamás han hecho una huelga convocada por los cauces legales. Jamás. Eso ya dice mucho de la actual situación. Dicen que este conflicto se viene arrastrando desde hace diez años. Y en ese tiempo, negociaciones y responsabilidades al margen, las protestas sólo han tenido como objetivo conseguir espacio en los medios de comunicación y alterar los planes de los ciudadanos normales. Parece que ninguna de estas dos premisas se pueda conseguir sin la otra. Yo ya estoy cansado, harto, de que cualquiera se sienta con el poder de saltarse las leyes por las razones que crea convenientes sin pararse a pensar en las consecuencias que tienen sus acciones. Y de consecuencias va la cosa. Porque muchos tienen ahora que convivir con un daño irreparable. Unas simples vacaciones perdidas (que, insisto, no sólo los controladores tienen estrés), un negocio arruinado por no poder estar en el sitio al que pretendía viajar, un puesto de trabajo perdido por no atender a la llamada de un empresario, una reunión familiar por motivos lúdicos o trágicos que ya nunca se podrá recuperar. Todo eso pasa. Aunque a los controladores no les importe lo más mínimo. Porque, no nos engañemos, no les importa. Sólo ellos importan.

Si están mal en sus puestos de trabajo, y no dudo que tendrán sus razones para estarlo, hay decenas de posibilidades a explotar y explorar antes de atentar contra los planes de los demás. Decenas. Nunca han utilizado alguna de esas. Nunca. Las protestas de los controladores son salvajes e ilegales siempre. Y yo sólo espero que esta vez caiga sobre ellos todo el peso de la reglamentación que conduce su trabajo y de la Ley que rige los actos de todos y cada uno de los ciudadanos. Quiero expedientes administrativos y quiero procesos penales cuando sea necesario. Es excatamente lo que se han buscado con un comportamiento dañino, irresponsable, desproporcionado e ilegal. Todo lo demás es retórica absurda. No importa quién tiene razón o si es necesario que alguien la tenga, porque eso va aparte. Hablar de eso ahora es un juego de despiste, una cortina de humo que cada cual exhibirá para sacar su propio beneficio. Nada más. No saldrá de mi boca ningún reproche al Gobierno. A ningún Gobierno. No me importa cuál o de qué partido es el que le concedió beneficios o cuál intenta limitarlos.

De la huelga salvaje de Metro que vivió Madrid hace un par de meses sólo tuvieron la culpa los conductores de Metro, no el Gobierno de Esperanza Aguirre. De esta salvajada sólo tienen la culpa los controladores, no el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Si mañana deciden ausentarse de su trabajo sin una convoctoria de huelga todos los funcionarios del Ayuntamiento de Cuenca, la culpa no será de su alcalde. Del acto ilegal sólo tiene la culpa quien infringe la Ley. Luego podremos debatir otras cosas y depurar todas las responsabilidades políticas colaterales que se desprendan. Pero me repatea que no tengamos claro quién es el enemigo. Quién se ha saltado la Ley. Quién ha puesto en jaque a España. Yo lo tengo clarísimo: los controladores. Esos que se han levantado de la mesa de negociación unas cuantas veces, esos que pretenden trabajar menos y cobrar más en una situación en la que hay más de cuatro millones de parados y muchas personas que cobran sueldos que apenas les permiten subsistir, esos que siempre recurren a la ilegalidad antes que a convocar una huelga tal y como está contemplada en la Ley.

Por los derechos de uno hay que luchar, pero nunca pisoteando los derechos de los demás. Eso los controladores no lo han aprendido. Por eso, que paguen. Se lo merecen.

miércoles, septiembre 29, 2010

Lo que es un "piquete"

No sabéis lo tranquilo que me he quedado cuando, alarmado por las imágenes que he visto en algunos medios de comunicación, he ido a buscar en la web de la Real Academia Española la definición de piquete y he visto que es un "grupo de personas que pacífica o violentamente intenta imponer o mantener una consigna de huelga". Por un momento, pensé que se estaban extralimitando esos tipos que se han dedicado durante la jornada de hoy a insultar a quienes querían ejercer su derecho al trabajo, a lanzar piedras contra transportes públicos y privados, a coaccionar a dueños y dependientes de establecimientos para que cierren, a realizar pintadas sobre propiedades privadas, a cruzar o incluso quemar contenedores y a enfrentarse con la Policía. Sí, tranquiliza saber que en la acción del piquete ya se espera la imposición y la violencia, ya lo creo. Lo que ahora no me ha quedado claro es de dónde salió la expresión "piquete informativo".

viernes, septiembre 17, 2010

Una dudosa huelga general

No termino de ver clara la huelga general del próximo día 29. Y hay muchos motivos que me llevan a dudar de que esta iniciativa tenga algún tipo de trascendencia. Partimos de la misma convocatoria, que se hizo hace meses. ¿Por qué no se hizo la huelga general entonces? No entiendo este receso al que nos han obligado los sindicatos. No sé si ellos mismos lo entienden. Si esto es una huelga contra la reforma laboral impulsada por el Gobierno y ya aprobada en el Congreso hace unos días, la presión podría haber sido efectiva antes de que dicho plan finalizara su trámite parlamentario. Ya no tiene ningún poder. Hacemos huelga. ¿Y qué? Ya no es más que un pataleo. Cuando se convocó la huelga contra el decretazo del Gobierno Aznar se consiguió que diera marcha atrás porque la reforma no había sido aprobada definitivamente. Ahora no sirve de nada. Bueno, sí, para que a todos los trabajadores nos den de baja por un día de la Seguridad Social y nos descuenten una cantidad de dinero de nuestros exiguos salarios.

Vamos ahora a los convocantes. Los sindicatos. Es obvio que se trata de organizaciones que han dicho palabras muy importantes en la historia de las relaciones laborales y que sin ellos no estaríamos aquí. Pero aunque habrá de todo en el mundo, no lo dudo, no conozco a nadie que me haya contado que un sindicato haya hecho algo realmente valioso por él. Mi experiencia laboral habla de que teníamos más poder los compañeros unidos (poder que, al fin y al cabo, era mínimo) que si acudíamos a nuestro enlace sindical (que vivía maravillosamente bien con la seguridad de que jamás sería despedido y sin preocuparse de que su trabajo, escaso, tuviera el nivel mínimo aceptable para seguir en su puesto). No me inspiran mucha confianza los sindicatos, por noticias que uno ve de vez en cuando como ésta, pero también por su financiación y por el desfase que hay entre su modo de vida y el de que aquellos que dicen proteger (y que, sintiéndolo mucho, no veo que protejan).

Sigamos en parte con los sindicatos para hablar de los bandos de esta huelga. En las informaciones que uno lee sobre los actos que están convocando los sindicatos para calentar el ambiente antes del día 29, los gritos que se oyen son "Zapatero, dimisión". Y aunque es Zapatero quien está detrás de la reforma, lo cierto es que no me quito de encima la sensación de que este huelga es mucho más política que económica o social. Me da la impresión de que hay muchos políticos haciendo cola para apuntarse el tanto de esta huelga general, aprovechándose de muchos que creerán que están luchando por sus derechos y por mucho que no suponga cambio alguno en el mercado laboral o en la situación económica de los trabajadores. Y si encima leo que la huelga para los políticos va a ser casi como aquellas huelgas de cachondeo que hacíamos en el instituto y que no eran más que novillos encubiertos de reivindicaciones (los políticos huelguistas sí van a cobrar el día aunque no lo trabajen), se me siguen quitando las ganas de apoyar la convocatoria.

Y llegamos a otro punto clave: el enemigo. ¿Contra quién se convoca esta huelga general? Después de lo dicho anteriormente y de lo que se habla desde fuentes políticas y sindicales, está claro que la huelga es contra Zapatero y su Gobierno. No es por el trabajador, es contra el Gobierno. Y no me parece lo mismo aunque muchos lo vean así. No me gustan las medidas adoptadas en la reforma laboral de Zapatero, eso está claro (aunque habría que valorar cuántas medidas nos han venido impuestas con más o menos fuerza desde Europa). ¿Pero está ahí el problema de la crisis? Yo lo sigo viendo en el mismo lugar de siempre. En los salarios, en los escasísimos salarios que perciben trabajadores que han pasado muchos años de su vida formándose y que ganan menos que personal no cualificado de otros sectores. En los bancos, esos que no dejan de presentar beneficios millonarios y que se lanzan a grandes aventuras de compra de otras entidades o de patrocinio de eventos deportivos, pero al mismo tiempo lloran dinero a los estados y ahogan al cliente que menos tiene a base de cobrar comisiones y denegar créditos. En los empresarios que con tal de ahorrarse unos pocos euros deciden aprovecharse de sus trabajadores, en cuanto a horarios, en cuanto a salarios y en cuanto a condiciones laborales.

¿Tiene de eso la culpa Zapatero? Igual sí por no meter mano en el asunto como debería, pero a mí me ha hecho más daño siempre mi jefe que el presidente del Gobierno. Quizá tendríamos que pasar más tiempo pensando en la situación del trabajador y en la actitud del empleador que en la crítica al poder político. Y no digo que ésta no se haga, ni mucho menos, pero sinceramente la crítica no va a mejorar las condiciones laborales de nadie, especialmente si la respuesta en la calle llega, como decía al principio, después de que las medidas se hayan adoptado y tras dejar un enorme e incomprensible plazo de tiempo. Además, ya ha habido una huelga, la de funcionarios, y tuvo escaso seguimiento, a pesar de que este colectivo es uno de los más afectados por los recortes del Gobierno.

Y un detalle más que afectará sólo a algunos sectores. Muchos trabajan día a día y sus labores se van renovando en cada jornada. Pero otros muchos trabajan con plazos y objetivos. La huelga no va a afectar esos objetivos, con lo que el daño al empresario tirano con el paro del día 29 va a ser nulo. Simplemente, cada trabajador tendrá que trabajar un poquito más en los días siguientes o anteriores para llegar a tiempo a los plazos, hará horas extraordinarias que tampoco le pagarán o incrementará su tiempo de trabajo en la jornada, perpetuando el mito (con mucho de realidad) de la escasa productividad en España, el mito de que el tiempo que pasamos en el trabajo no lo pasamos necesariamente trabajando. O quizá, en otros sectores, sólo provoque que quien no haga huelga ese día tenga que hacer su trabajo y el de algunos compañeros. Esto quizá es el aspecto más nimio y anecdótico de la huelga en terminos de trascendencia general, pero seguramente también el más cercano a la realidad de muchos trabajadores.

¿Huelga general? Es un derecho de cada uno. Para mí es una convocatoria muy dudosa. Por usar un eufemismo. Yo no la apoyo.

martes, junio 29, 2010

¿Huelga...? No, chantaje y delito

Metro de Madrid está de huelga y, para hacérnoslo saber a todos los ciudadanos, ha decidido colpasar Madrid e impedir que la gente pueda hacer con normalidad todo aquello que pensaba hacer hoy. Hablan de dos millones de afectados por la huelga, pero no quiero ni pensar la cantidad de gente a la que le habrán impedido coger su vuelo o su tren, llegar a una importante reunión de trabajo o ir a visitar a un familiar enfermo. ¿Huelga? No, esto no es una huelga, no. Esto es un chantaje. Esto es un "o me das lo que pido o te destrozo el funcionamiento normal de la ciudad". Esto es un "o me das lo que pido o me tomo la libertad de saltarme la ley a la torera y atrévete a sancionarme". Eso es un "o me das lo que pido o voy a joder tanto a la gente que igual algo te acaba salpicandote a ti y te obliga a darme todo lo que te pido".

Estoy cansado de que las huelgas tenga siempre como objetivo primordial destrozar la vida del ciudadano, porque es él, como se ve en esta foto de El País que encabeza la entrada, el único afectado. Estoy cansado de que los sindicatos no cumplan la función para la que fueron creados y ahora sólo sirvan para ir eligiendo a qué clase de ciudadanos van a incomodar con sus tácticas. Estoy cansado de que cualquier imbécil, reclamando no sé muy bien qué, se tome la libertad de incumplir la ley que le salga de las narices. Estoy cansado de que por las grandes injusticias sociales nadie mueva un dedo y, en cambio, monten la revolución en una ciudad por un puñado de euros. Y estoy cansado de que nunca se haga nada para evitarlo, por lo que confío en que la Comunidad de Madrid llegue hasta el final para sancionar y despedir a quienes han incumplido los servicios mínimos que marca la Ley.

Si lo hacen, estaré encantado de ver cómo el protegido sindicalista que ha alentado esta salvajada ilegal le explica a la familia del conductor despedido por incumplir los servicios mínimos que ésto era realmente necesario. Estaré encantado de ver las caras de todos los que hoy han colpasado Madrid al darse cuenta de que la amplia mayoría de los ciudadanos les tienen ya como enemigos públicos a ellos mismos y no a quienes ellos querían situar en la diana. Estaré encantado de que, de una vez por todas, se impida el uso del derecho a la huelga (y que no lo utilicen, además, clases privilegiadas de esta sociedad) como una sucia y ponzoñosa coartada para chantajear a todos los ciudadanos para saciar intereses particulares. Estaré encantado de que pierdan sus trabajos los insolidarios de esta sociedad, porque seguro que hay mucha gente parada dispuesta a trabajar en las condiciones por las que estos tipos han secuestrado Madrid.

Dicen que mañana la huelga seguirá en las mismas condiciones ilegales. Es decir, que no habrá servicios mínimos. Eso es un delito y espero que se aplique el castigo que dicta la Ley para dicho delito. ¿De verdad esperan estos huelguistas que me ponga de su lado cuando ellos se alejan tanto del mío? ¿De verdad confían en que yo sea solidario con ellos cuando su insolidaridad es tan evidente? ¿De verdad creen que voy a llorar por ellos cuando ellos sabotean mi vida de esta forma? ¿De verdad esperan que alguien cumpla las normas con ellos cuando ellos deciden saltárselas de una forma tan evidente? Y ya que estamos, ¿qué se puede esperar de una sociedad en la que los delitos quedan impunes? La huelga es un derecho, pero si no respetamos sus normas, ¿qué nos queda? No me quedaré tranquilo hasta que no vea las sanciones, multas y despidos que, ojalá, se impongan a quien han alentado, desde su protegida silla sindical, a que todo un colectivo quebrante la Ley.

Qué harto estoy de que todo el mundo decida qué leyes se quiere saltar, de no poder hacer nada para evitarlo y de que quien cumple las normas y protesta por los canales racionales nunca consiga ni la mitad de lo que sí logran los salvajes insolidarios... Porque eso es lo más triste de todo. Estoy convencido de que después de uno, dos o más días de huelha salvaje e ilegal, estos tipos van a conseguir cosas. O, al menos, que no se aplique la Ley con ellos. Qué asco.

jueves, agosto 09, 2007

¿Derecho de huelga? Abuso al ciudadano, más bien

Recurro al diccionario de la Real Academia de la Lengua para descubrir que una huelga es la "interrupción colectiva de la actividad laboral por parte de los trabajadores con el fin de reivindicar ciertas condiciones o manifestar una protesta". Siempre he sido un firme partidario de la huelga como elemento de presión al empresario. Sólo he hecho una huelga en mi vida, la que se convocó en protesta por el famoso decretazo de Aznar. Y me costó mi día de sueldo (que sacrifiqué con gusto por una causa en la que creía) aunque la empresa nos había dicho que no nos lo iba a restar. La primera en la frente, sobre todo para los idealistas que quedaran en este país...

Pero en realidad lo que quería decir en esta ocasión es que, en línea con mi creciente escepticismo en casi todas las materias de la vida real, cada vez creo menos en las huelgas. El motivo es que parecen convocadas no para reivindicar condiciones laborales o manifestar una protesta, como dice la definición de la RAE, sino para incordiar al ciudadano de a pie. Para abusar de su paciencia. Para complicarle la vida. Porque las huelgas están muy bien, pero ¿por qué siempre coinciden con aquellos momentos en que más molestan a las personas normales?

Qué casualidad que las huelgas del SEPLA (cruzo los dedos, que este año no ha habido ninguna después de la que se montó el año pasado) sean siempre en agosto. Que casualidad que esta reciente huelga encubierta de Renfe (término que, por cierto, no deja de ser un eufemismo de ilegal; ¿por qué no se toman medidas para descubrir si efectivamente tantos maquinistas se han podido poner enfermos al mismo tiempo, algo que no se cree nadie?) sea en pleno verano y deje a miles de pasajeros en tierra. Qué casualidad que la huelga de los basureros en Almuñecar coincida con las fiestas patronales, que, por descontado, se han tenido que retrasar. Me dirán que esa acusada molestia al consumidor es lo que hace efectiva la huelga, pero en realidad lo que hace es provocar una justificada antipatía hacia los huelguistas por parte de los afectados.

Porque sus huelgas serán todo lo justificadas que quieran. Pero si a mí me fastidian unas merecidas vacaciones que me han costado una pasta y que llevo un año esperando, lo primero que hago es acordarme de la santa familia del huelguista. Y lo mismo digo de quienes no sólo no limpian sino que ensucian (¿eso no se supone que no se puede hacer impunemente?) las calles de una ciudad. O quienes obligan a retrasar una fiestas patronales. O de quienes, en general, se centran más en arruinar los buenos momentos a la gente que en hacer sus probablemente justas reivindicaciones.

Lo que está claro es que la ley que regula el derecho de huelga es una de las más obsoletas que tenemos en España. Data nada menos que de 1977, y digo yo que algo habrá cambiado la sociedad española en los últimos 30 años como para que sea necesaria una revisión de ese texto. El último acuerdo que se intentó, y que al final no se aplicó, fue en 1993. Yo, desde luego, empiezo a ser partidario de una norma mucho más estricta que la actual en lo que a la huelga se refiere. Desde luego no tan restrictiva como en Estados Unidos (donde sólo el 10 por ciento de los trabajadores tiene derecho a la huelga porque es obligatorio estar afiliado a un sindicato para poder ejercerlo), pero más que la actual. Porque aquí la huelga pasa de ser un derecho a un abuso, y el perjudicado al final no es el empresario, no, siempre es el mismo: el ciudadano de a pie.