miércoles, abril 08, 2009

¿Cien días o cien segundos...?

Cien días de cortesía. Eso era lo que se solía dar a todo aquel que era nombrado para desempeñar una función. Digo era porque eso, si es que en realidad llegó a existir alguna vez, forma parte del pasado. Zapatero cambia el Gobierno y hay críticas casi desde antes de que nombre a los nuevos ministros. El rey de la confusión, otra vez más, fue Mariano Rajoy, que se puso a hablar ante los medios antes incluso de que el presidente del Gobierno concluyera su comparecencia. Bien pensado, daba igual porque dijera lo que dijera Zapatero y nombrara a quien nombrara, el discurso de Rajoy habría sido el mismo. Previsible, aburrido y poco argumentado en la realidad. Si yo hubiera estado delante de él, le hubiera pedido que me dijera los nombres de los nuevos ministros, así de convencido estoy de que ni siquiera se los sabía. Porque luego hay mucho valiente a la hora de interrogar a una aspirante a Miss España, pero, ah, la valentía se evapora cuando delante está el líder de la oposición...

De entre los nuevos, parece que hay cuatro que no van a tener esos cien días de cortesía. Los afortunados que sí da la impresión que disfrutarán de ellos son Trinidad Jiménez y Ángel Gabilondo. En ambos se da la circunstancia de que debutan como ministros y eso juega a su favor en este mezquino aspecto de la evaluación precipitada. En el caso de Gabilondo, además, está el desconocimiento absoluto que demasiada gente tiene sobre él. Eso indica dos cosas. La primera, que la educación pasa por un nivel bajísimo de reconocimiento social y político, puesto que estamos hablando del rector de una universidad. La segunda, que parece que el Gobierno apuesta por la educación a través de la educación. Y ya era hora. Reconoce un error (dar la competencia de universidades al Ministerio de Ciencia de Cristina Garmendia) y coloca a quien sabe de educación al frente de esa cartera. Ojalá lo haga bien y por fin España consiga un mínimo consenso en esta materia, tan despreciada y vilipendiada durante tantos años por todos los agentes implicados.

A los otros cuatro ya se les ha juzgado y, por lo general, condenado. Manuel Chaves y Elena Salgado han sufrido un juicio político por lo que ya sabemos de ellos, aunque no comparto muchas de las cosas que he oído. A mí me parece lógico que un político que ha sido presidente de una comunidad autónoma durante casi dos décadas se ocupe de las relaciones con las distintas administraciones territoriales. Y lo de Salgado también tiene cierta lógica. La ya vicepresidenta tiene muy buena fama entre la gente que ha trabajado con ella, goza de la confianza absoluta de Zapatero, ha pasado por ministerios técnicos que le ayudarán a gestionar la economía, y si algo ha marcado su participación hasta ahora en el Gobierno ha sido su habilidad para no crear polémicas artificiales. Es fiable. ¿Está preparada para asumir la vicepresidencia económica? En realidad no lo sé. ¿Cien días de cortesía para averiguarlo...?

El juicio a José Blanco y Ángeles González-Sinde ha sido social. Pepiño cae mal a la gente. No conozco a nadie, de izquierdas o de derechas, que hable bien de él en una tertulia política. Pero suelen ser juicios sobre su fachada, no sobre su trabajo, porque aquello y no ésto es lo que más se conoce de él. Que sea un tipo aparentemente antipático, que sea a Zapatero lo que Guerra fue a Felipe, que haga de vez en cuando declaraciones altisonantes (que a mí tampoco me suelen gustar demasiado), no oculta (o no debiera ocultar) sus méritos: ha ganado todas las elecciones en las que la maquinaria socialista ha dependido de él y ha sabido pacificar en torno a su líder aun partido que, cuando Zapatero llegó a la Secretaría General del PSOE, estaba divivido por broncas y peleas varias. Caldera se moderó mucho cuando llegó a ministro. ¿Le sucederá lo mismo a Blanco? Por otra parte, siempre he pensado que Fomento necesita de un ministro más técnico que político, pero volvemos a lo anterior: cien días de cortesía y después ya veremos.

Lo de González-Sinde es más peliagudo. Por supuesto que habrá que esperar un tiempo para conocer sus primeros movimientos, pero no me ha gustado su nombramiento. El cine español es un sector ultraprotegido por las subvenciones cuyo modelo (por razones económicas, de prestigio y de pura lógica) no puede extenderse al resto de la cultura de este país. No comparto su enconada defensa de la lucha contra la piratería que penaliza el consumidor más que al auténtico ladrón y temo que su nombramiento endurezca leyes que ya de por sí veo absurdas. Ella misma ha dicho en su toma de posesión que entiende la cultura como "generadora de bienestar". Multar a quienes se bajan una película con más dureza que a quien arrampla con toda una estantería de DVDs en un centro comercial no es el camino para ese bienestar. Hagamos cultura y hagámosla bien, y entonces todo lo demás vendrá solo. Porque no sólo se tiene que poner a disposición de los creadores, como dijo, sino también a disposición de los consumidores. Internet, en todo caso, ya es un clamor contra su nombramiento. Ni cien días ni nada, claro.

La salida de Solbes me parece adecuada, entendida como el mismo revulsivo que busca un club de fútbol al cesar al entrenador. La crisis económica, sin ser culpa suya, demandaba ese relevo. Lo de Magadalena Álvarez parecía cantado, pero me parece una decisión a destiempo; debió suceder antes y con un mínimo de autocrítica (aunque no por lo que dijo de ella la oposición en ciertas ocasiones; en ningún país del mundo se genera un linchamiento como el que padeció por una nevada o por el cierre de Barajas para evitar accidentes en un temporal). Bernat Soria se queda como una decepción, porque apuntaba mucho y no legó demasiado. Y tres cuartos de lo mismo con Molina, que tampoco pareció cogerle el pulso al Gobierno. De los cambios de competencias, me gusta mucho que la Secretaría de Estado para el Deporte pase a depender de Presidencia. Nunca le he encontrado mucha lógica a que estuviera en Cultura y tampoco me parece el momento de crear un nuevo ministerio específico, que supondría crear nuevos altos cargos y una nueva y cara estructura en base a la ya existente.

¿Cien días de cortesía? No, esta vez no han sido ni cien segundos. La filtración de alguno de los cambios ha provocado que muchos tuvieran ya pensado su juicio antes de que los nombramientos fueran oficiales. Hablando de la filtración, se me ocurren dos cosas. Primero, que no veo la gravedad por ningún lado. No estamos hablando de un secreto de Estado ni de un sumario judicial que sólo pueden conocer las partes. Estamos ante unos nombramientos. Zapatero podrá lamentar el error de haber confiado en alguna persona en concreto a la que pidiera silencio, pero conocer sus intenciones por una filtración no es un rasgo de control o descontrol de ningún Gobierno. La segunda, que no creo que haya que darle más importancia a una filtración que a la propia crisis de Gobierno. ¿Qué es lo trascedente? Supongo que no habrá dudas a la hora de responder.

miércoles, abril 01, 2009

Dichos y hechos

Creo que puedo decir con total rotundidad que Mariano Rajoy es una de las mayores decepciones políticas que me he llevado en los últimos años. Cuando Aznar le designó como su sucesor, fue todo un alivio porque no creo que el PP, la política y España hubieran sobrevivido a que el escogido fuera Jaime Mayor Oreja. Rodrigo Rato hubiera hecho las cosas mucho mejor, sin duda, pero no sé hasta qué punto hubiera calado en el electorado del PP. Con sus pros y sus contras, y teniendo en cuenta que no compartimos ideología, la elección de Rajoy no parecía mala. Un tipo, en apariencia, más sosegado que Aznar (dicho sea de paso, tampoco es que eso parezca una tarea demasiado compleja), con experiencia en el Gobierno (vicepresidente, portavoz y ministro de Educación y de Interior) y con más dotes parlamentarias que su entonces jefe. Pero de todo eso no hay, no hubo y seguramente no habrá nada de nada.

Su aparición el lunes en el programa de TVE Tengo una pregunta para usted vino a confirmarme lo que ya sabía, que Rajoy tan pronto puede decir una cosa como la contaria, tan pronto puede aplicar un principio como ignorarlo, tan pronto puede hacer una promesa como incumplirla. No es una novedad, por supuesto; esa y no otra es la trayectoria que ha seguido Mariano Rajoy durante los cinco años que lleva dirigiendo el PP, con o sin sombra de Aznar, que para el caso eso ya da igual. Que le defiendan sus correligionarios me parece entendible, que para eso es su jefe y los triunfos de Rajoy serán los suyos propios, pero me asombra que encuentre respaldo más allá. Las encuestas del CIS vienen dejando claro desde el principio que el PP tiene mucho mayor respaldo electoral que él mismo valoración entre los ciudadanos. Y cada vez que actúa (o no actúa) deja claro el porqué.

El lunes, en el plató de TVE, Rajoy aseguró una vez más que no hay que tener miedo a contarle la verdad a la gente. Se refería a la crisis económica. Y es verdad que durante mucho tiempo se minimizó lo que iba a ser esta crisis (otra cosa es que las consecuencias fueran bastante imprevisibles en algunos casos), pero roza lo ridículo que esa afirmación salga de quien dijo que del hundido Prestige salían "hilillos de plastilina", de quien respaldó la existencia de armas de destrucción masiva en Irak o de quien proclamó el 13 de marzo de 2004 que tenía "la convicción moral" de que ETA estaba detras de los atentados del 11-M. Miedo sí debió de tener Rajoy cuando no se atrevió a decirle a la cara a un inmigrante ilegal que su partido defiende la expulsión inmediata del país de todo aquel extranjero que llegue España de forma irregular. Como ese inmigrante que hizo la pregunta. ¿Y acaso es relevante que prometa en su programa electoral equiparar el sueldo de policías y guardias civiles con el resto de agentes de seguridad autonómicos cuando eso mismo prometió siendo ministro del Interior y no lo cumplió? Será que no.

También hay una gran diferencia entre lo que dice y lo que hace cuando se le pregunta por la corrupción o por las dimisiones de cargos políticos implicados en algún asunto turbio. Primero dice, hablando de corrupción, que "las personas que tengan comportamientos inaceptables deben dejar la vida política". Cuando luego se le pregunta por qué no ha cesado a Trillo, por qué alguien que actuó como él lo hizo con las familias de los militares fallecidos es el portavoz del PP en la Comisión de Justicia (¡qué ironía más deplorable!) en el Congreso de los Diputados, dijo que "no se puede inhabilitar a una persona eternamente" por un error político. Hablando en plata, que a los demás les exigiré (nunca pediré, sino que exigiré) sus dimisiones cuando le venga en gana pero para los suyos, hombrepordios, cómo se nos ocurre decirle algo así. Menos mal que todavía Garzón no había apuntado el nombre del tesorero del partido, porque a ver cómo explica que no aparta de las cuentas del PP a quien puede haberse enriquecido con dinero de una trama corrupta. Bueno, lo explica como lo ha hecho hoy: sin contestar a las preguntas de la prensa.

En este mismo terreno, proclamó que no es partidario de tomar decisiones drásticas sin pruebas o decisiones judiciales definitivas, porque luego a ver quién restituye el honor del condenado públicamente por error. Ese rasero ya sabemos que no lo aplica cuando los acusados son de otro partido (¿os acordáis del doctor Montes? ¿Ese al que Esperanza Aguirre iba a restituir en su cargo si se probaba que no había homocidio alguno en el Severo Ochoa de Leganés?). A Bermejo, claro, no pasaba nada por acusarle de connivencia con un juez. Cuando se le pregunta por el Yak-42, a Trillo hay que respetarle y aceptar sus disculpas (las de Bermejo, como está mandado, no). Y el mismo respeto hay que tener con las decisiones que adopte un juez. Pero sólo si ese juez no es Garzón, que entonces es un prevaricador peligroso y "socialista" al que no deberían dejar salir a la calle. Y si es Gómez Bermúdez, sólo estamos de acuerdo sí conviene. Es decir, estamos con él cuando decide no llamar a declarar a Trillo pero rechazamos todo lo que hace cuando se trata del 11-M. Porque sí, amigos míos, este es el mismo juez que instruyó la investigación de los atentados de Madrid, una instrucción que el PP defendió que se desechara y se comenzara de cero.

Cuando le recordaron que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, se ponía medallas cuando el empleo crecía en dicha comunidad más que la media nacional pero que ahora critica al Gobierno cuando se está destruyendo más empleo que en ningún otro sitio, Rajoy dice que el grueso de las políticas económicas son nacionales (en las oficionas del INEM figuran los escudos autonómicos, así que algo tendrán que decir, en lo bueno y en lo malo). Y cuando le insisten, Rajoy se defiende asegurando que no conoce esas declaraciones. Como tampoco debe conocer las de otros portavoces de su propio partido, puesto que en el programa de TVE garantizó que los ahorros de los españoles estaban asegurados y apostó por la fortaleza del sistema financiero español, a pesar de que horas antes (y, por supuesto, horas después) de que otros dirigentes populares como Cristóbal Montoro o María Dolores de Cospedal auguraran la ruina económica del país por culpa de Zapatero a raíz de la intervención del Banco de España a Caja Castilla-La Mancha. Será que quien le hace el resumen de prensa en Génova le recorta las páginas que no le gustará leer cada mañana a Rajoy.

El líder del PP culpa a Zapatero de que uno de los motivos causantes de la precaria situación de las pymes sea el impago a estas empresas por parte de las administraciones (¡la que está liando Zapatero!, que diría un amigo mío...), pero desde luego no da orden a las comunidades autónomas y ayuntamientos gobernados por el PP para que liquiden esas deudas y ayuden a frenar el aumento del paro. Tampoco moviliza a sus comunidades autónomas para ayudar a Canarias en materia de inmigración porque, lógicamente, es más fácil quedarse de brazos cruzados y culpar al Gobierno de Zapatero. ¿Para qué explicar con claridad las competencias que tiene cada uno en cada materia y ofrecer ayuda a quien tiene problemas? Es mucho mejor culpar al Gobierno de todo tenga o no parte de responsabilidad (y en muchos asuntos ya lo creo que la tiene). Y si alguien me recuerda que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, niego la mayor.

Ese es Rajoy. Alguien que ha convertido en arte la distancia no ya entre lo que se dice y lo que se hace, que ya tendría mérito, sino entre lo que dice en una ocasión y lo que dice en otra. Será que Rajoy es tan revolucionario (pero de derechas, que nadie se confunda...) que yo no soy capaz de entenderle...

sábado, marzo 28, 2009

Yo no me sumo

Quedan unas pocas horas para que la iniciativa que se ha bautizado como La hora del planeta, organizada por WWF. El planteamiento es sencillo. Consiste en apagar las luces durante una hora, de las 20.30 a las 21.30 de hoy, sábado 28 de marzo. Unas 3.000 ciudades de 84 países, más de 80 españolas, han anunciado que se suman a la iniciativa y mantendrán sus monumentos a oscuras durante esos 60 minutos. Se prevé que esta iniciativa, considerada ya la mayor campaña en defensa del medio ambiente de la Historia, la secunden unos 1.200 millones de personas a lo largo del planeta. Yo no seré una de ellas. Yo no me sumo. Ya sé que me sitúo en la esfera de la políticamente incorrecto, pero es lo que voy a hacer y no me pienso esconder.

¿Por qué no me sumo? Para empezar hay una razón de fondo. Aunque es evidente que hay que hacer mucho más para la conservación del medio ambiente, me considero también un firme defensor de los avances tecnológicos. ¿Debemos renunciar a la tecnología para salvar el planeta? No lo creo. ¿Que se puede adaptar más y mejor esa tecnología para que no suponga una agresión al planeta? Sin duda. Pero, como en casi todo, la culpa no es de la energía, sino del uso que hacemos de ella. No creo que apagar las luces durante una hora solucione los problemas medioambientales, y es por eso que la campaña, muy respetable, no me parece más que un acto de propaganda con escasos efectos reales. Quizá a alguno le sirva para tranquilizar su conciencia y sentirse mejor, pero a mí eso no me basta.

Antes que sumarse a lo que yo entiendo como un paripé (ojo, lo sería para mí, no estoy criticando a quien se sume a la iniciativa, digo que, insisto, desde mi punto de vista personal e intrasferible no es suficiente ni le encuentro demasiada justificación), prefiero un comportamiento general. Porque estoy seguro de que hoy habrá muchos que apaguen todo y se sientan muy satisfechos pero a partir de las 21.30 horas se dediquen a despilfarrar. A utilizar el coche para trayectos de diez minutos andando, a dejar todos los aparatos electrónicos de la casa en stand by cuando no los están utilizando, a utilizar las bombillas que más gasten, a dejarse el grifo abierto cuando se lavan los dientes. Si la iniciativa tiene un fin pedagógico y consigue convencer a alguno, bienvenida sea. Pero me da que se queda en un intento noble pero baldío.

Tampoco me gusta que la iniciativa sea un sábado (día que sólo es positivo por las actividades culturales paralelas que se organizan en algunas ciudades, talleres, conciertos y espectáculos). Parece que se coloca en una jornada festiva para que no tenga influencia real en la vida diaria. Entonces no le veo el mérito por ningún lado. Las grandes empresas no se van a ver obligadas a apagar las luces y el llamamiento se limita a los consumidores. Las corporaciones no quieren (no van a) permitirse una hora sin trabajo, pero lo que se nos pide es que a las 20.30 se apagan las luces de los proyectores de cine, las televisiones en las que disfrutamos de nuestras horas de ocio, las luces de los restaurantes y nuestros ordenadores particulares.

En esta línea, empiezo a estar más que harto de que sea el consumidor el que tenga que hacerlo todo y aportar granitos de arena a todas las iniciativas habidas y por haber. En mi antiguo trabajo yo era casi el único que apagaba su ordenador por la noche. Las luces, siempre encendidas, a todas horas. Y es que uno pasea por cualquier ciudad y ve las luces de los edificios de oficinas permanentemente encendidas, incluso de noche e incluso sin que esa luz esté ayudando a nadie. Simplemente no se apaga. Si los grandes consumidores no reducen el desperdicio de energía, es absolutamente inútil que el ciudadano de a pie colabore en estas iniciativas. Lo malo es que hace ya mucho tiempo que las casas no se construyen desde los cimientos, sino que se empieza por los tejados. Yo quiero que los gobiernos actúen, quiero que las empresas sean valientes. Lo demás, a mí no me sirve demasiado. Así que no me sumo a la iniciativa.

jueves, marzo 26, 2009

Terror sagrado

Allá por 1991, DC Comics editó este curioso cómic titulado Batman: Terror sagrado. Era la primera historia dentro del sello Elseworlds, en la que se coloca a los héroes en universos y tiempos alternativos. Concretamente, aquí Batman vive en un mundo dominado por la Iglesia. Los policías son inquisidores, se declaran guerras contra regímenes "corruptos y paganos", el apoyo a pornógrafos judíos se paga con el ahorcamiento, las mujeres no tienen el mismo derecho al voto que el hombre y las "razas no blancas" sólo tienen derecho a medio voto y tanto el aborto como la homosexualidad son delitos perseguidos y castigados con la muerte. Los metahumanos, seres con poderes sobrehumanos, son también proscritos, pero el mando eclesial-gubernamental, no duda en utilizarlos para sus propios propósitos.

Al final de la historia (no revelo demasiado y no estropeo la lectura de este cómic escrito por Alan Grant y dibujado por Norm Breyfogle; altamente recomendable, por cierto, a pesar de que pase sólo de puntillas por un gran tema que podría haber utilizado: ¿es Superman reflejo de Dios o incluso un Dios en sí mismo...?), acepta el destino que había escogido como sacerdote antes de conocer los motivos de la tragedia que aconteció en su niñez, pero luchando contra la corrupción del poder como Batman. "Dios no es el Estado y el Estado no es Dios. Desafiar a los autoproclamados intérpretes de Dios no es renegar de él. Le serviré a mi manera. Durante el día con las sagradas vestiduras y de noche con otras vestiduras... de un color más oscuro", proclama Batman en ese cómic.

Cuando uno escucha las palabras del Papa sobre el sida con motivo de su viaje a África, cuando uno lo que un colegio religioso entiende por educación no partidista, o cuando escucha cómo se valora una película como Camino (en próximos días escribiré algo yo en mi blog), la sensación que queda es que habría gente feliz en un mundo como el que se describe en Terror sagrado. Respeto las creencias, pero jamás las imposiciones, el "conmigo o contra mí" o el desprecio a los demás. Y hay mucho de todo eso en esos tres ejemplos, y en otros muchos.

lunes, marzo 23, 2009

Presentadoras

En Íntimo y personal (simpática películita sobre la televisión que une a dos de los galanes ochenteros de Hollywood, Robert Redford y Michelle Pfeiffer, que narra la ascensión de una aprendiz de periodista desde secretaria-becaria hasta presentadora de informativos, pasando por mujer del tiempo), hay un par de escenas curiosas. En la primera, están reunidos la presentadora de informativos de cuarentaytantos (interpretada por Stockard Channing), la jovencita que le quita el puesto (Michelle Pfeiffer) y el director de la cadena. La primera pone una cinta (que, por si alguien no se acuerda, es lo que se usaba allá por 1996...), con la grabación de un rap emitido por una emisora de radio. La letra afirma que el canal en cuestión tiene "a la chica que me pone cohete", y es obviamente, la jovencita, que, añade el rapero "me pone ciego". “Me está robando el programa”, dice la presentadora de más edad en alusión a la más joven. “Convierte mi emisión y por extensión a mí, en objeto de vulgares insinuaciones”, añade, ahora sobre el rapero.

Con el relevo ya consumado en los informativos, se produce la segunda escena que me ha llamado la atención para escribir sobre ella. La mujer de más edad (por algún extraño motivo, me niego en rotundo a llamar vieja a una mujer de cuarentaytantos) le está explicando a su sustituta los motivos por los que acepta un puesto en una cadena de menor relevancia. "Cuando llegas a los 42, sabes a lo que te expones si saltas desde el último trampolín", le dice. La pregunta es obvia y la más joven de las dos se la hace: ¿a qué te expones en ese caso? "A los 42 no lo preguntarás. No es culpa tuya, ya lo sabes. No es culpa de nadie. Esto funciona así", sentencia. (Inciso: Paradojas de la vida, las dos actrices cayeron en el mal del que hablan y se quitaron años para sus personajes. Michelle Pfeiffer tenía 38 y en la película quería representar alguno menos y Stockard Channing tenía 52, y nos los 44 que después confesaba tener su personaje).

Viene todo esto a cuento de algo que me llama la atención desde hace tiempo. Uno mira los informativos de televisión en España y esas reglas no escritas sobre la edad y el aspecto físico parecen cumplirse a la perfección en la amplia mayoría de los casos. Hay una clara apuesta por las mujeres, ya sea para presentar los informativos, los deportes o el tiempo. Además, el fenómeno del rapero de la película ha encontrado acomodo (como casi todo en esta vida) en Internet. Proliferan los blogs y foros que se dedican día tras día a colgar capturas de pantalla de las más variadas presentadoras de informativos (y, por tanto, se supone que periodistas). Si uno entra en Youtube encontrará vídeos de estas mujeres con reclamos como "tetas perfectas y sin sujetador", "pOOtente con esas tetazas" (nótese el fino uso de la mayúscula; si es que en el fondo hay unos poetas por ahí sueltos...), "bestial", "diosa del tiempo", "ajustada", "marcando melonar", "muestra sus muslitos"...

¿Estoy en contra de que aparezcan mujeres hermosas en los informativos? Desde luego que no. ¿Impide la belleza física a una mujer ejercer como periodista seria? No, eso sería como decir que los calvos tampoco pueden presentar, o los altos, o los de ojos grises, o... Sólo plantearse esa pregunta en serio sería un severo síntoma de machismo. ¿Acaso es mejor que una mujer guapa no sea periodista? Ni mucho menos, cómo si tuviera eso algo que ver... Además, conozco (por la pantalla y a algunas personalmente) a auténticas bellezas que son grandes periodistas, televisivas o no. ¿Importa la más mínimo que sea una mujer y que sea preciosa para valorar su trabajo? Desde luego que no, y he aquí el punto más importante de este debate (¿debate?). ¿Y entonces dónde demonios está el problema? A eso voy.

El problema lo veo en el mensaje. Toda esta gente que se vuelca en colgar fotos y vídeos de presentadoras y periodistas no escucha las noticias. Se pone la televisión para ver a una tía buena. Punto. ¿Qué está diciendo esa tía buena? La respuesta seguramente sería a quién le importa, si está buena (argumento que también he escuchado, por cierto, en conversaciones sobre cine). En España se leen pocos periódicos y si las noticias en televisión las da una mujer hay gente que no presta atención a lo que dice. Es decir, que no importa la noticia, no importa el trabajo periodístico. Importa sólo la imagen. Y llegamos al punto esencial de esta materia: ¿alguien puede plantearse siquiera que esa situación se dé con los hombres...? ¿Alguien se pregunta por la edad de un presentador de un informativos...? ¿De verdad alguien cree que el relevo de un hombre en un informativo será cuestión de imagen y/o atractivo...? ¿Alguna vez se ha hablado de un hombre florero en un espacio informativo...?

Pues eso, que ahí tenemos un problema de machismo. Por parte del ejecutivo televisivo y también por parte del espectador. Yo no le doy la más mínima importancia, me interesa que un periodista sea bueno, y me da igual que sea hombre o mujer, guapo/a o feo/a. Pero los dos diálogos de la película en cuestión y un pequeño paseo por Internet me han recordado que a veces la realidad no tiene nada que ver con lo que yo pienso...

jueves, marzo 19, 2009

El político parásito

Hay una faceta del personaje que se dedica a la política que cada vez detesto más. Es la personalidad del político parásito, ese que aprovecha cualquier acontecimiento, evento, festividad o reunión simplemente para estar allí o para cumplir con un objetivo personal y partidista. Ese que se aprovecha de su responsabilidad política, por nimia que sea, para colarse allí donde el común de los mortales no podrá estar nunca o, si llega a estar, de una forma mucho más sacrificada. Para conseguir privilegios, vaya, aunque no sean coches, trajes o millonarias comisiones. Un ejemplo perfecto de esta modalidad de político (en este caso tan legal y respetable como criticable; que nadie confunda mi mensaje de lamento con uno de denuncia pseudolegal) podría ser el secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky.

El amigo Lissavetzky tiene, sin duda, el mejor trabajo del mundo. Viajar a los Juegos Olímpicos, viajar con Nadal, viajar con la selección española de fútbol, de baloncesto, de criquet, de petanca... Conoces el mundo entero a gastos pagados y te haces fotos con tus ídolos deportistas. De acuerdo, a cambio tienes que pasarle el teléfono al deportista en cuestión para que Zapatero sea el segundo (primero siempre va el Rey) que le felicite por su éxito, pero creo que es un peaje barato para lo que consigue. Otro notable ejemplo, aunque es verdad que más modesto, es el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica. No sé si trabajará algo o todo lo hará su oficina, pero su abono al palco del Bernabéu es un privilegio interesante que no está al alcance del ciudadano de a pie.

Esa modalidad, con parecerme aborrecible (será la envidia, claro...), no es lo peor que puede hacer un político en su función de político parásito. Mariano Rajoy me ha descubierto esta semana (perdón por la dramatización, que seguro que hay precedentes e incluso de mucha mayor gravedad...) que puede haber algo peor. Que un político convierta una celebración ajena en un akelarre propio me parece vomitivo y deleznable. El líder del PP se fue a Valencia para hacer, dicen todos los analistas políticos, un nuevo gesto de apoyo al presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps. ¿Dónde lo hizo? ¿En la sede del PP? ¿En un hotel? ¿En la puerta de su casa? No, lo hizo en el balcón del Ayuntamiento cuando se estaban inaugurando las festividades falleras de los valencianos. De todos los valencianos.

Pongamos por caso que soy valenciano (no lo soy). Pongamos por caso que a ese rasgo añadimos uno más, a elegir entre los dos siguientes: a) soy votante del PSOE; b) soy un firme convencido de que Camps tendría que dar más explicaciones de las que está dando sobre acusaciones de corrupción (y ahora mismo cumplo los dos). Si soy valenciano, difícil será que no sienta las Fallas como algo propio. Si añado una de las dos características opcionales, lo vivido en el balcón del Ayuntamiento se convierte en una tomadura de pelo. Si quiere defender a Camps, hay muchísimos ámbitos donde puede hacerlo. Ámbitos propios de su partido, porque, recordemos, Rajoy no es nada en la política valenciana y no tiene un lugar reservado en ese balcón. ¿En las Fallas? No lo entiendo. No soy capaz de comprender por qué han hecho que la foto de las Fallas en el resto de España sea esa y no la celebración de la gente. A mí, de ser valenciano, me habría dolido mucho. Como no lo soy, sólo me provoca asombro y cierto malestar.

Lo cierto es que me fastidia sobremanera que los políticos asuman como propias cosas que son de todos. Es lo mismo que vengo pensando desde hace muchos años con la Constitución, cuando algunos decían defenderla a capa y espada frente a aquellos que iban a romper España en no sé cuántos pedazos. No se habían leído la Carta Magna, pero daba igual. Es también lo que hace el PNV en demasiadas situaciones de la vida en Euskadi con un mensaje de poco aprecio a los vascos no nacionalistas (sí, los hay, y Patxi López nos lo acaba de demostrar sin lugar a la duda). Ni los políticos ni los partidos son dueños de las celebraciones de la gente, de las costumbres, de los grandes acuerdos, de las fiestas y de los lugares que todos queremos. Pero hay políticos que sólo quieren fotos y más fotos. Y con ellas distorsionan y pervierten las cosas que todavía son capaces de unir a las personas por encima de los apocalípticos mensajes pseudopolíticos que algunos se empeñan en convertir en una forma de vida. La suya, desde luego.

lunes, marzo 16, 2009

¡¡¡Zapatero se comerá a vuestros hijos!!!

Tras llamar vuestra atención con ese irónico, satírico y llamativo titular, que por otro lado no creo que llegue nunca a hacerse realidad, entro en materia. Esta es la nueva campaña de la Conferencia Episcopal para mostrar su rechazo al aborto y las modificaciones legales que quiere introducir el Gobierno. No soy religioso, por lo que lo que diga la Iglesia no me atañe; no es un club del que forme parte y no tengo por qué seguir sus reglas morales. Pero las respeto, igual que respeto a quien sí quiere llevar su vida en base a principios religiosos. Tampoco tengo una opinión definitiva ni clara sobre el aborto, con lo que una postura más o menos extremista de uno u otro lado no tiene por qué afectarme. Pero la campaña me ha cabreado, para qué engañaros... El motivo no tiene nada que ver con el tema objeto de debate, no (no tendría sentido porque, al no tener clara una posición, no puedo darme por aludido), sino que tiene que ver con la forma en que la Conferencia Episcopal lanza sus mensajes.

Empiezo a estar bastante harto de que cada vez que alguien quiere defender una postura lo haga atacando al que no piensa como él. Y la Conferencia Episcopal Española se maneja de maravilla en ese terreno. No defiende su postura, sino que censura y vilipendia la contraria. Y ya cansa tener que escuchar mensajes así. A mí esta campaña lo que me sugiere es que quien defiende o acepta el aborto debe ser tachado como un asesino de niños. Ni más, ni menos. Eso es lo que dice esta campaña publicitaria. O, como digo en el título de la entrada, que Zapatero se comerá a vuestros hijos, que es lo que parece que tiene ganas de proclamar a los cuatro vientos la Conferencia Episcopal pero no termina de atreverse a hacer. Y yo, sintiéndolo mucho, no me voy a sentir como un asesino de niños por no rechazar el aborto.

Como ya he dicho antes, no tengo una opinión clara sobre el aborto. No conozco a nadie de mi entorno que haya pasado por semejante trance (o si lo ha hecho, a mí no me lo ha contado), ni tengo los conocimientos médicos necesarios para saber cuándo se puede hablar de vida con cierta propiedad (y aquí sí tengo claro que la ciencia tiene mucho más que decir que la religión; es mi forma de pensar, como otros tendrán la suya). Por eso, y porque no acabo de entender cómo es posible que la única institución que prescinde en su experiencia vital de la familia no hace más que hablar sobre ella, no hago mucho caso de este tipo de mensajes. Pero me fastidia, y mucho, que todos los debates se quieran hacer desde posiciones adoctrinadoras y con un claro aire de superioridad. La Iglesia tiene una postura. Una. Nunca LA postura. Y el respeto a lo que piensen los demás es un primer paso imprescindible para poder debatir.

Si la Iglesia quiere hablar de la cuestión de fondo, podemos hacerlo. Yo encantado, como lo estoy al debatir cualquier otro tema. Pero si lo hacemos, tiene que ser con todas las consecuencias. Porque si llevamos la postura de respeto a la vida a todos los terrenos, no sé cómo me va a explicar la Iglesia su rechazo al uso del preservativo, que tantas muertes por sida podría evitar en el Tercer Mundo, o su negativa a la investigación con embriones, una vía que ya hemos visto que tiene una capacidad enorme de salvar vidas. Lo que no puede ser es que se salven sólo las vidas que quiera la Iglesia y como quiera la Iglesia. Lo que esta campaña termina de confirmar es que no quieren formar parte del debate. Quieren dirigirlo e imponer las conclusiones. Lo que piensen los demás no les importa y no lo respetan.

La prueba la ha dado hoy el portavoz de la Conferencia Episcopal, José Antonio Martínez Camino, al rechazar abiertamente ese debate. En la rueda de prensa en la que ha presentado la campaña, se le ha preguntado por estas aparentes contradicciones, pero no ha querido responder. Según dijo, entrar en ello podría "distorsionar" el objetivo de su campaña. Estaba claro que no iba a responder a la pregunta. Lo que sí que no me esperaba de la Iglesia es que llamara a la insumisión. "Una ley que no proteja el derecho a la vida es una ley injusta y que incluso no tiene caracter de ley", ha dicho Martínez Camino. Lo que no me ha aclarado es si se refería sólo a esta Ley, sólo a las leyes que no le gusten a la Iglesia o a todas en general. Porque seguro que hay gente que querrá saltarse otras muchas leyes ahora que ya sabe que tiene el amparo divino al hacerlo...

domingo, marzo 15, 2009

Meme cultural / personal

Invitado por S. Dedalus, aquí tenéis uno de esos memes que pululan por la blogsfera, uno de esos cuestionarios con los que uno se da a conocer un poquito más a la gente que pasa por estos pequeños rincones internáuticos. De éste me ha sorprendido la curiosa mezcla de preguntas culturales y personales. Como hizo C. C. Buxter anteriormente, yo también me voy a explayar un poco en las respuestas, pues dar una contestación telegráfica a preguntas de este estilo no me va demasiado. Ahí va...

· Un estilo de música: Partamos de la base de que no soy un gran melómano. Es muy difícil sacarme del género en el que sí me muevo como pez en el agua, que es la música instrumental de cine. Y antes de que a nadie se le ocurra preguntar, John Williams es dios.

· Una película: ¿Sólo una...? Esta pregunta sí que es difícil. Pero si cito una y sólo una, esa tiene que ser E.T. El extraterrestre. No hay película que me haya provocado más emoción, admiración y ternura, con la que haya sentido, llorado, reído, vivido y soñado más, en la que haya más cine, en la que cada plano y cada mirada tengan algo que decir, en la que la colocación de la cámara siempre signifique algo, en la que haya más cine puro y auténtico.

· Una serie: Hace poco más de un año habría dicho Friends. Adoro esa serie y a sus personajes. En mi niñez podría haber dicho V o Canción triste de Hill Street. Hace pocos meses habría dicho Firefly, aunque sé que casi nadie la conoce (por desgracia). Hoy, y a la espera de que no la destrocen con el cercano final (acaba en dos semanas), tengo que decir Battlestar Galactica. Qué pedazo de serie para quien sepa mirar más allá de su envoltorio de ciencia ficción...

· Una canción: Por lo mismo que decía antes sobre mi estilo de música, se me hace muy difícil escoger una sola canción. Supongo que va por épocas, hace unos años podría haber dicho Ojos negros de Duncan Dhu y ahora quizá diría The Times They Are A-Changin' de Bob Dylan o The sound of silence the Simon & Garfunkel porque Watchmen me las ha puesto en bandeja...

· Un libro: Soy lector habitual, pero no acabo de tener un libro de cabecera, de esos que tengo que recomendar a todo el mundo, de esos que me tengo que releer cada cierto tiempo. Quizá el que más impacto me haya causado en el momento de su lectura fuera La tregua, de Mario Benedetti, pero tampoco me atrevería a decir que ese sea MI libro...

· Libro actual: Estoy acabando con uno de los relatos de Conan escritos por Robert E.Howard, Clavos rojos (después de haber leído ya su versión en cómic a cargo del gran Roy Thomas y Barry Windsor-Smith), y en breve me pondré con una recopilación de artículos de Mariano José de Larra, figura de la que sé poco y me gustaría saber bastante más.

· El último libro leído: La última novela ha sido La máquina del tiempo, de H.G.Wells, un pequeño clásico de ciencia ficción que reconozco que me ha sorprendido y entretenido a partes iguales. El último de no ficción ha sido Star Wars. La magia del mito, una obra que pretende repasar todas las implicaciones mitológicas y las influencias culturales que hay en la saga de George Lucas. Reconozco que me ha parecido demasiado obvio y simple, pero lo mismo es porque sé demasiado ya de Star Wars...

· Un mal día: Muchos, pero tengo claro que es mejor no recordarlos a menos que se necesite la experiencia para no volver a tropezar con ella. Al fin y al cabo, si ya tenemos tantas cosas de que preocuparnos en esta vida, ¿por qué andar recordándolas? Mirada al frente y que los malos días sirvan sólo para aprender de ellos.

· Un gran día: Afortunadamente, también hay muchos, porque lo bueno de esta vida es que te da muchas oportunidades de que un día sea grande de verdad. Creo que tendemos demasiado a ver más los días malos que los grandes, y supongo que esa es una afección de lo que no me libro. Sigo convencido de que mi gran día todavía está por llegar. Ya os lo contaré cuando suceda.

· Una profesión: Periodista, siempre periodista. Es la profesión más bonita que hay, por mucho que hoy esté vilipendiada, desprestigiada y emponzoñada. No puede haber cosa más bonita que contar a los demás lo que sucede en el mundo, que descubrir hechos trascendentes que alguien poderoso no quiere que se sepan, que dar a conocer mundos a los que de otra forma la gente no llegaría nunca.

· Un sueño: Dicen que si se cuentan los sueños, éstos no se cumplen. Con esa vil excusa, voy a esquearme de dar una respuesta más concreta. Porque sueños tengo muchos, algunos muy personales y otros más triviales. Como todo el mundo, vaya... Pero lo que sí tengo claro es que ahora es éste el que centra una gran parte de mi tiempo y, además, es el más sencillo de contar. Sirva el enlace para no tener que declararlo públicamente aquí y ahora. Y como dijo Calderón de la Barca, toda la vida es sueño y los sueños, sueños son...

Dicen las normas de este meme que hay que seleccionar a cinco personas para que sigan la cadena, pero creo que eso lo voy a dejar en vuestras manos. Si pasáis habitualmente por aquí y yo también paso por vuestros rincones, ya sabéis que os leeré con atención todo lo que tengáis que decir.

miércoles, marzo 11, 2009

Rodillo y carpetazo


Cada día que pasa se me hace más difícil entender la política que se hace en España. Son tantas las cosas que pasan que la tentación de mandar a freír espárragos a todos los políticos es intensa y muy merecida. Yo no sé si en otros países se juntan tantas cosas en tan poco tiempo, pero yo ya no sé qué pensar. No sé si en esto Spain is different también o si somos como los demás. Lo que sé es que en los últimos tiempos, entre otras muchas cosas, he visto a consejeros en yates de constructores, a presidentes autonómicos despilfarrando en un coche oficial, a ministros reformando por millonadas pisos de Patrimonio Nacional en los que viven, a alcaldes y consejeros espiados por tramas de espías ilegales, a presidentes autonómicos mantener largas charlas con sus sastres, a la hija de una concejal gastarse 30.000 euros en bajarse episodios de Perdidos con la tarjeta municipal, a un tipo que nadie conocía intentar un chantaje al presidente del principal partido de la oposición con un vídeo en el que decía que Fraga "está gagá", a un consejero decir que en realidad no compra un chalet de dos millones de euros que se está construyendo bajo la supervisión de su mujer...

Estos episodios, siendo muy benévolo, dejan la política española por los suelos, arrastrándose en el barro, generando una desconfianza absoluta en la sociedad. Todo esto son cuestiones en las que el político aprovecha su posición para sacar partido de alguna manera. Lo que en román paladino se llama corrupción, vamos. Pero siendo todo esto gravísimo, deleznable, condenable y perseguible judicialmente (que para eso estamos hablando de dinero público, del dinero de todos), lo que más desprecio de la política es el uso perverso de sus propios mecanimos. Y si hay algo que detesto por encima de todo es el rodillo parlamentario. Lo peor que tiene el sistema electoral español, y lo ha demostrado ya con creces, es la mayoría absoluta. Tener más de la mitad de los representantes en cualquier cámara legislativa se ha revelado como el peor enemigo de la democracia. Pasó con Felipe González y José María Aznar en el Congreso de los Diputados y pasa muy a menudo en los parlamentos autonómicos.

La reflexión viene a cuenta de la decisión unilateral, interesada y vergonzosa del PP de cerrar la comisión de investigación en la Asamblea de Madrid sobre los espionajes a cargos de su porpio partido en la Comunidad y en el Ayuntamiento. Hoy se ha acabado esa investigación sin que se haya investigado nada. Se creó una comisión para escurrir el bulto y ganar tiempo, con ganas de cerrarla incluso antes de abrirla (como dejó claro Esperanza Aguirre cuando dijo algo así como que se iba a investigar pero que no había nada que investigar). Y se ha cerrado en cuanto se ha podido. El rodillo parlamentario se llevó por delante la petición de muchas comparecencias que parecían necesarias para esclarecer lo sucedido. Ese mismo rodillo retrasó el inicio de los trabajos de la comisión hasta que se celebraran las elecciones gallegas y vascas, no fueran a interferir con las aspiraciones de voto del PP. Ese mismo rodillo cercenó las posibilidades de investigación y, finalmente, ha dado carpetazo definitivo a los trabajos. Seguiremos teniendo espías cruzados en Madrid porque el poder político prefiere que sea así.

Bien pensado, es asbolutamente ridículo pretender que se investigue a sí mismo quien puede haber cometido irregularidades, lo que deja la única espernanza para estos y otros muchos casos en la Justicia (siempre y cuando no haya intereses cruzados, claro, y aquí se me viene a la cabeza que un juez que es más que íntimo amigo de Francisco Camps decidirá si se imputa al presidente de la Generalitat Valenciana en la trama de corrupción que ha llenado páginas y páginas de periódicos estos días). En realidad lo que sucede es que el poder legislativo es preso de quien ha ganado unas elecciones. Por injusto que sea cualquier cosa que haga quien detente el ejecutivo, no hay freno posible desde el legislativo. Y eso supone inutilizar por completo un Parlamento autonómico, que actuará sólo al arbitrio de quien detenta el poder ejecutivo. En otras palabras, estamos pagando sueldos con dinero público a personas que no quieren (los amigos de los que mandan) o no pueden (los que no mandan) realizar su trabajo. Y ya puestos a verlo desde este prisma, quienes conformaron durante tan poquito tiempo la comisión que debía investigar la trama de espionajes me imagino que habrán cobrado por ello, ¿no? Van a cobrar dinero público por nada. Y luego dicen que hay crisis.

Las comisiones de investigación son un fraude al ciudadano, y es hora de decirlo claramente. Es absolutamente imprescindible reformar la Ley para que los trabajos y las conclusiones de estos grupos de trabajo no dependan en ningún caso de quien tiene el poder. Cuando al PP le interesaba (cuando se constituyó la comisión parlamentaria que investigó los atentados del 11-M, cuando se puso frente al resto de grupos parlamentarios; la diferencia con el caso de Madrid está en que eran muchos los que no estaban en el poder y no compartían la visión de los populares), propuso la figura del relator, un experto externo que redactara las conclusiones de estas comisiones. Ahora no le interesa, claro, y esa figura no ha aparecido en el debate. A mí me parece imprescindible. Hasta que no exista, las comisiones de investigación no merecerán un segundo de mi atención porque son un fraude. Legal, sí, democrático, también, pero un fraude al fin y al cabo.

domingo, marzo 08, 2009

Del día de la mujer a la competencia periodística

Iba a hablar del día de la mujer trabajadora. Pero no de la forma que lo hace casi todo el mundo, sino de la dicotomía que me surge al hablar de esta jornada. Iba a hablar de lo poco que me gustan estas celebraciones estériles y mucho las causas que están por detrás. De que no me siento en la necesidad de reivindicar algo en un día cuando me pasó 365 al año (por convencimiento y sin esfuerzo) manteniendo un comportamiento de apoyo, respaldo, comprensión y respeto hacia las mujeres (trabajadoras o no). De lo poco que me interesan los actos propagandísticos y las frases vacías que sólo sirven para limpiar conciencias y no para trabajar en serio por la justicia. Pero en esto que me ha dado por leer la prensa, como todos los días, y he encontrado algo que me ha llamado la atención más que los fastos algo ficticios del 8 de marzo.

Sabido es que la prensa suele llevar titulares contrapuestos y contradictorios sobre los temas de actualidad, sobre todo si es política. Es la competencia diaria, habitual y en apariencia sana entre las distintas cabeceras. El caso práctico que me llevó a pensar en esta entrada es las tramas de corrupción y espionaje de Madrid. El Mundo sentencia hoy en su editorial que "El montaje para desacreditar a Aguirre se queda en nada" (por otra parte, curioso respeto a una investigación judicial en curso, pero no me quiero desviar del tema...) y en las páginas de información afirma que "Los partes del supuesto espionaje en Madrid son falsos o erróneos". Es interesante notar el particular uso del término supuesto. El espionaje es supuesto. El montaje para desacreditar a Aguirre se da por seguro. Qué sutil, qué sibilino.
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Me vais a permitir un pequeño rodeo en el tema, pero tengo que decir que creo que hay pocas palabras que odie más en su uso periodístico que supuesto. Parece que pocos saben utilizarla correctamente, se impone su uso en circunstancias asombrosas (y, por supuesto, se cometen a veces errores de gramática salvajes por ese empleo forzado) y, además, se convierte en un arma ideológica, como demuestra a la perfección el anterior ejemplo. El País, por descontado, ofrece una versión contrapuesta del asunto y con su titular "La red de Correa intentó chantajear a Rajoy con un vídeo" une las tramas de espionaje y corrupción. Visiones opuestas del mismo tema que, me temo, no nacen precisamente del interés por la verdad.
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Pero mientras estaba pensando escribir sobre todo esto, me he topado con otros dos titulares que, otra vez más, me han hecho cambiar de tema para esta entrada (y en cierta manera volver al original, al respeto a las mujeres y lo que se puede hacer por ellas). Leo en El Mundo el siguiente titular:
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No hay trampa, no hay nada rebuscado que encontrar. Es un titular limpio, sencillo, directo y aséptico, que da paso a un artículo escrito por Jesús Neira en el que cuenta su experiencia y lo que siente. Pero después leo El País y encuentro este otro titular:
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Y, claro, veo una contradicción insalvable. Si en El País Neira habla "por primera vez", ¿cómo es posible que en El Mundo ofrezca un "testimonio exclusivo". Y viceversa, por descontado, porque no tengo ni la más remota idea de con quién habló antes. Una entrevista o un artículo de Neira tendría que tener valor por sí mismo, por lo que dice, por lo que narra, por lo que piensa. Tanto El Mundo como El País han desvirtuado lo que publican por el afán de ser el primero y el único, por el objetivo de quedar por encima del oponente por encima de la información que ofrece. Todo tiene que ser en exclusiva. La noticia ya no sirve. La noticia ya sólo tiene valor si el de enfrente no la publica o publica lo contrario. Y para que así sea da igual poner titulares como estos, que asumo que se incluyen en la confianza de que nadie lee El Mundo y El País. Es un error que no acabo de entender. Adoro las exclusivas, forman parte de un trabajo periodístico bien hecho. Pero no tener una exclusiva y venderla como tal me parece triste. Y chocante. Y una forma de engañar al lector. Una más.

miércoles, marzo 04, 2009

"En las redacciones se hace ruido"

En plena charla nostálgica con un amigo hace un par de días, salieron las clásicas batallitas universitarias. Pero hubo una que no salió, y creo que es el instante que recuerdo con más cariño de todos los años que pasé dentro de esa estéticamente horrenda facultad en la que me dieron el título de periodista. Fue en primero de carrera, cuando uno todavía podía esperar algo de esa formación (no demasiado, para qué nos vamos a engañar...). Un profesor, uno de los pocos que recuerdo con cariño, nos explicó que sus compañeros docentes solían presentarle quejas porque en sus clases se hacía mucho ruido. "¿Y qué quieren? En las redacciones se hace ruido". Sonrisa de oreja a oreja. Un profesor que hablaba de la profesión, de la vida en una redacción, del periodismo de verdad y no del aburrido libro de texto o los insulsos apuntes que tendríamos que estudiar en el 98 por ciento de las asignaturas. Fue de los pocos que lo hicieron durante los cinco larguísimos e inacabables cursos de que constaba la carrera, y por eso me suelo acordar de él.

Lo que nunca hubiera pensado es que años después tendría yo que afrontar el problema desde una óptica casi contraria. El problema del ruido, no el del periodismo, que ese es de mucho más caldado y por fuerza nos ha obligado a todos a llevarnos más de un cabreo en nuestros años universitarios y después cuando dimos el salto al mundo laboral. Una de las pocas decisiones estratégicas conscientes que pude tomar en mis años de periodista de agencia fue colocarme cerca de la televisión. La caja tonta era, muchísimas veces, mi ventana al mundo. La última hora de atentados, ruedas de prensa y sesiones parlamentarias en directo... y lo peor de todo: la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Una obligación que cortaba por completo el ritmo de trabajo del resto de la semana, puesto que era justo a la hora a la que solíamos bajar a comer. La de veces que me he quedado solo en la redacción (y a veces magníficamente bien acompañado...) teniendo que escuchar lo que decían los vicepresidentes y ministros de turno...

Y ahí llegamos de nuevo al comienzo de esta historia. En las redacciones se hace ruido. Y como suele haber mucho, mucho, mucho ruido, a mí no me quedaba otra alternativa que subir bastante el volumen de la televisión si quería enterarme de algo y contar en mis crónicas lo que realmente habían dicho nuestros políticos. Nada insoportable (el volumen, no lo que decían los ministros), para qué nos vamos a engañar, pero con tanta gente alrededor siempre hay alguien a quien le molesta. Siempre. Y ese alguien siempre vendrá a pedirte que bajes la televisión por los motivos más variados (me duele la cabeza, estoy hablando por teléfono con mi novio/a...; pocas veces por trabajo, eso desde luego). En una ocasión fue el subdirector quien me pidió que quitara la tele... ¡¡¡en pleno Debate sobre el estado de la Nación!!! Más de una vez, para evitar un altercado y una guerra civil dentro de la redacción, me veía en la obligación de tomar notas con la oreja pegada al televisor en una postura que, os aseguro, no es nada cómoda. Así acabé de contracturas en la espalda, claro.

Cuando nos cambiaron de ubicación en la redacción, la televisión descendió de las alturas (la teníamos encima de un armario) y se colocó en una estantería. Y yo a su lado. Esa fue mi decisión estratégica. ¿Por qué? Muy sencillo. Era el único lugar desde el que uno podía estar sentado en su ordenador en una postura razonablemente cómoda y escuchando la televisión por medio de unos auriculares (el maravilloso mundo de los inalámbricos no había llegado todavía a mi redacción... y creo que aún no lo ha hecho). Pero, claro, si yo escuchaba la televisión con los auriculares, el resto de compañeros no se enteraba de nada. Con una precisión de cirujano y gracias a los fallos del mundo tecnológico, descubrí que si se introducía la clavija de los auriculares sólo hasta la mitad del orificio de salida de audio en la televisión, el sonido llegaba tanto a sus altavoces como a mis auriculares. Eso sí, nada de movimientos bruscos o el invento se iba al garete.

Esta es una de las grandes enseñanzas tecnológicas que aprendí en mis años de periodista de agencia. Otras fueron la colocación de cartones estratégicamente diseñados para que nadie muriera con el chorro del aire acondicionado o cómo evitar que mi ratón se desconfigurara cada vez que una compañera y amiga apagaba su ordenador. No considero tecnológico el robo que sufrí de la bola del ratón (un hecho verídico que merecería adaptación cinematográfica; estoy seguro de que Woody Allen haría una gran película sobre esa base...). Si alguien os dice que en la Facultad de Ciencias de la Información no se aprende nada de periodismo, que sepáis que no es verdad. Yo aprendí que en las redacciones se hace ruido.

lunes, marzo 02, 2009

Reflexiones postelectorales

Tengo que reconocer que el resultado de las elecciones en Euskadi me ha dejado bastante satisfecho. Y la razón fundamental no está en la posibilidad de que Patxi López se convierta en el próximo lehendakari, tema al que me refiero algo más abajo. La victoria en estas elecciones ha sido contra el mundo de ETA. Por encima de cualquier otra consideración. Victoria mínima, si se quiere, pero victoria al fin y al cabo y un punto de partida extraordinario para acabar para siempre con la legitimación social que pueda encontrar el terrorismo en el pueblo. Siempre me he preguntado por qué el mundo abertzale no era capaz de ofrecer una candidatura alternativa a la dirigida por los terroristas. Siempre he pensado que los votantes abertzales debían tener una vía política que invalide las tesis etarras por muchas listas que se anularan aplicando la Ley. Y estas elecciones me han dado esa satisfacción. Se llama Aralar.

Para quien no lo sepa, Aralar es una formación política escindida de Batasuna por un motivo muy simple: no aprueba, defiende ni tolera la violencia como medio de influir en la vida política y social. Son abertzales, sí. Son independentistas, también. Pero no son terroristas y acaban para siempre con esa arrogante y simplista asociación que se hace en demasiadas ocasiones. Aralar es la vía política necesaria para una ideología que, sin compartirla en lo más mínimo, es tan lícita como cualquier otra que se defienda por los cauces democráticos. Aralar, en estas elecciones, ha logrado cuatro escaños, tres más de los que tenía, gracias a que ha conseguido 62.000 votos, 45.000 más que en los anteriores comicios. ETA, con su comunicado de siempre en campaña electoral, había pedido el voto nulo. Pero en estas elecciones ha habido 50.000 vascos menos que en las anteriores que han optado por ejercer así su derecho. La tercera parte de quienes respaldaron al PCTV en las pasadas elecciones no han votado como pedía ETA. La democracia va ganando y esa, y no otra, es la mejor noticia que han dejado estas elecciones.

También es buena noticia, y por qué no decirlo, el gran resultado del PSE de Patxi López. Los socialistas han conseguido 45.000 votos más que hace cuatro años y seis escaños más, lo que le permite estar en disposición de formar gobierno. Aunque tiene más escaños el PNV (seis más, hasta 30; pese a que me gusta el resultado y las posibilidades que abre, sigo siendo favorable a la reforma de la Ley Electoral para que se elija presidente de una forma más clara y directa), la mayoría en el Parlamento vasco ya no es nacionalista. A Ibarretxe no le bastan los votos de EA (espectacular batacazo el de la formación nacionalista tras romper la coalición electoral con el PNV; y puede ser aún mayor si el PSE le arrebata otro escaño más que está en juego con el voto por correo) y Ezker Batua (confirmando la tendencia general de Izquierda Unida hacia la desparición), ni siquiera contar con los de Aralar. Todos ellos se quedan en 37 escaños, por los 38 que podrían sumar entre PSE, PP y Unión, Progreso y Democracia.

¿Qué puede pasar ahora? La clave está en lo que quiera hacer el PSE. Yo no entendería que, como hicieron en los años 80, los socialistas cedieran la Lehendakaritza al PNV. No es el momento. El nacionalismo peneuvista no ha cumplido con el resto como para ofrecerle de nuevo ese gesto de buena voluntad y la sociedad vasca parece madura para el cambio. Creo que tener un lehendakari socialista ahuyentaría muchos fantasmas, puesto que mucha gente vería que sin un nacionalista en el poder Euskadi va a seguir siendo Euskadi. Sin el apoyo del PSE, Ibarretxe no puede ser lehendakari. Y cierta gracia me hace que el PNV critique un posible frente no nacionalista cuando el frente hasta ahora ha sido nacionalista. El frente valía si ganaban los míos, pero no si lo hacen los contrarios. Eso es hipócrita. El PNV perdió en los años 80 la posibilidad de gestionar ese gobierno de nacionalistas y socialistas. Perdió la ocasión de abrir el futuro. Hoy, además, ha perdido la legitimidad de criticar que se le aparte del poder.

Si Ibarretxe no puede ser investido, el testigo pasa a Patxi López. Si le gana a EA ese escaño que baila todavía en Alava, con el voto afirmativo del PP será suficiente para que haya un lehendakari socialista. Sería incomprensible que los populares (que han perdido votos y escaños, pero mantienen un apoyo suficiente para influir en el futuro gobierno) no ayudaran a que no repitiera ese gobierno nacionalista que tanto han criticado. A tenor de lo que han dicho los líderes del PP tras conocerse el resultado, no parece probable que eviten darle apoyo a Patxi López. Con UPyD la cosa es algo distinta. Dicen que van a vender caro su apoyo al PSE, aunque su planteamiento de salida invalidad facilitar la reelección de Ibarretxe. Reconozco que tengo muchas ganas de ver a Rosa Díez, que tanto ataque gratuito ha lanzado hacia el PSOE, el PSE, Zapatero y Patxi López, apoyar a este último para que se convierta en lehendakari. Será una de esas imágenes que en buena lid se pueden considerar como de justicia poética.

En Galicia el resultado ha sido mucho más claro, por obra y gracia también de tener un número mucho menor de partidos políticos. No hay discusión alguna: clarísima victoria del PP. ¿Por qué? Sin conocer demasiado los entresijos de la política gallega y teniendo claro que en estas elecciones no se vota como si fueran unas generales (de ahí que no entienda mucho la celebración de militantes del PP en la calle Génova de Madrid...), lo más probable es que los gestos hayan tenido mucho que ver. Y entre el coche y el despacho del ya ex presidente gallego y ex líder de los socialistas gallegos, Emilio Pérez Touriño (buen gesto el de dimitir, verbo que se puede y debe conjugar más a menudo en la política española), y el yate en el que se vio al líder del BNG, Anxo Quintana (que sigue siéndolo porque de momento no renuncia a dejar el cargo, éste por lo visto no sabe lo que es dimitir), es posible se hayan escapado los votos que al final han provocado que un escaño socialista y otro nacionalista fueran a manos del PP.
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Como en los días previos se había insistido en el efecto que podría tener una derrota en las elecciones gallegas para Mariano Rajoy, es justo evaluar lo que sucede cuando las ha ganado. Y no creo que se pueda extrapolar en absoluto el resultado de las autonómicas a unas generales (ese análisis me parece prematuro ahora, lo aceptaría en todo caso con las europeas que tenemos en unos meses), pero son las primeras elecciones que el líder del PP gana con claridad desde que cayó en su primer lucha por La Moncloa. Y por eso estaba tan feliz. A Rajoy le ha venido bien porque supone un respiro importante. Si no le aparecen nuevos escándalos (como los de Madrid) o disputas políticas (vaya, también como las de Madrid...), además de acallar el nuevo revés en Euskadi (dos escaños y 65.000 votos menos son como para reflexionar sobre ello) ha ganado unos meses de tranquilidad, probablemente hasta las elecciones europeas. Que no es poco con el comienzo de año que ha tenido.

jueves, febrero 26, 2009

(In)madurez democrática

Con todo este lío de cacerías, corrupciones, ministros dimitidos, informaciones confusas o erróneas, nombres cruzados y presunciones de inocencia a conveniencia, llevo días pensando que no existe en absoluto esa madurez democrática de la que tanto se presume a veces. Pensemos fríamente lo queha sucedido en los últimos días y las consecuencias que ha desatado cada hecho. Se descubre que Garzón está investigando una trama de corrupción que afecta a elementos del PP. De inmediato se dice que es una operación motivada por la cercanía de las elecciones. O lo que es lo mismo, se duda del juez y no del posible criminal. Después se descubre que juez y ministro de Justicia han coincidido en una cacería. El mensaje que se transmite, sin llegar a decirlo, que no hay tanta valentía (o estupidez), es que todo encaja en la teoría conspirativa, que ambos se han puesto de acuerdo para lanzar esta operación contra el PP en víspera de las elecciones. Es decir, se duda de la separación de poderes y del honor de dos cargos públicos. Que no hablaran de la operación y que sólo fueran a una cacería a cazar no entra en los esquemas.

La cosa no queda ahí. Dimite el ministro de Justicia. La reacción lógica es que ya era hora, que se lo merecía, que si no se marchaba él hay que echarle. 11-M, Prestige, armas de destrucción masiva inexistentes, huelga general por el decretazo, Gescartera... Todos esos asuntos, acontecidos en las dos legislaturas en las que el PP estuvo en el Gobierno (y eso por no bucear en los años del Gobierno socialista de Felipe González, donde, también es verdad, sí se produjeron dimisiones, incluso la de un vicepresidente), no provocaron la dimisión de ministro alguno. Una cacería en la que no se ha probado (sólo insinuado maliciosamente) la comisión de un delito o una falta sí se ha cobrado la cabeza de un ministro. Bermejo no se va por hacerlo mal (aunque lo pueda haber hecho mal) sino por evitar críticas al Gobierno, por una cuestión de imagen. Es como para pensarlo detenidamente. Pero la cosa sigue adelante. Se publican nombres de personas que podrían estar imputadas. La reacción del PP es... ninguna. Lo que piden para el Gobierno no se lo aplican ellos mismos. Eso lo que demuestra es que la estrategia anterior es equivocada, porque hasta ahora han ignorado la presunción de inocencia.

Durante estos días, lo que hemos vivido es una ceremonia de la confusión. Lo que genera todo esto no es otra cosa que un caso de corrupción. Punto. Todo lo demás es colateral y se saca o se infla de forma interesada. Lo que hemos visto es una sucesión de ataques no a los corruptos, sino a todos los demás: al ministro, al juez, a la prensa, al Gobierno, al PSOE... A la larga eso va a ser la ruina para el PP. Del PSOE de Filesa no quedó títere con cabeza, y lo mismo pasará con ellos si se acaba descubriendo que este caso supone una financiación ilegal del principal partido de la oposición. Si no llega a tanto, en todo caso será obligado depurar responsabilidades y cesar a unas cuantas personas (aunque, quién sabe, hay aguanta Fabra imputado en no sé cuántos casos y reelegido con mayorías absolutas continuas...). Pero la postura del PP de Mariano Rajoy, como en todos los asuntos de cierta trasdencencia que se han producido en los últimos seis años, es el enroque. El 11-M ha sido ETA, España se rompe y ahora hay una conspiración contra el PP. La autocrítica es cada vez más necesaria y no llega.

Pero autocrítica de todos. Porque una vez entendamos que el asunto de fondo, el trascendente, es la investigación de una trama corrupta, hay que atender a otras muchas cosas. Por ejemplo, la continua filtración de datos de un sumario sobre el que pesa secreto. Eso pasa con tanta habitualidad en España que ya ni nos lo planteamos, y es muy grave. Pero, claro, esto también pasa por el frentismo en el que tenemos que instalarnos de forma casi obligtatoria. Lo que hemos vivido en los últimos años es que Garzón era un gran juez cuando actuaba contra la corrupión en el PSOE pero ahora es un prevaricador cuando actúa contra la corrupción en el PP. Escuchar a Rajoy escudarse en que "Garzón es socialista" sólo puede provocar risa y sonrojo a quien desea que todos los corruptos, todos, acaben en la cárcel y pagando por sus demanes. Como en todo, hay una doble vara de medir muy clara y una artificial obligación de posicionarse en un bando. Y no, no tengo por qué defender todo lo que haga Garzón o todo lo que haga el PP. Ambos han cometido errores y por ellos se les evaluará.

Quizá sea esa doble ligereza con la que se valora y con la que se filtran datos lo que provoque que en las informaciones periodísticas se cometan errores tan brutales como los de llegar a difundir (como hizo El País) que el aforado al que iba a imputar Garzón era Esteban González Pons. A eso no hay derecho. No se puede relacionar alegremente un nombre con una trama de corrupción, aunque llegue una rectificación temprana. Constratar noticias empieza a ser algo que no existe (y que ayer mismo llevó también a Europa Press a difundir un accidente de tráfico sin consecuencias de Anxo Quintana, accidente que no se produjo nunca). El periodismo de investigación es necesario. La trama de espionajes en Madrid no se habría descubierto si El País no hubiera levantado la liebre. Y a pesar de que el PP está haciendo lo indecible (como ya hizo con el tamayazo) para retrasar hasta después de las elecciones (¿eso no es influir en el resultado de las urnas?) y desvirtuar la investigación parlamentaria sobre este asunto, sólo nos queda esperar que se llegue a saber la verdad.

La madurez democrática en España no ha llegado todavía. Las dimisiones no se producen por incompetencia o por errores derivados de un mal trabajo, sino por imagen. Las informaciones no se publican por interés público, sino por el de alguien muy concreto. Los partidos políticos no quieren hacer política, sólo defenderse y mantenerse en sus sillas. Todo es tristísimo. ¿Alguien nos puede dar un rayo de esperanza...?

lunes, febrero 23, 2009

Fair Play



Hace ya unos días que vi esta historia y me apetece difundirla. El entrenador del equipo alevín del Sporting de Gijón ordena lanzar un penalti fuera. ¿El motivo? Que el penalti sólo lo ha visto el árbitro. Que el chaval se tropezó, que no había pasado nada irregular. Sabida es mi fobia hacia los árbitros, pero no voy a tirar por ahí (y mira que podría hacerlo, porque si no aciertan ni con alevines, ¿cómo van a hacerlo al máximo nivel...?). Lo que me llama la atención del caso es que el fair play, por mucho que la FIFA obligue a poner ese lema en las camisetas de las selecciones, por mucho que se hable y se defienda, ya no existe. Salvo en pequeños detalles como éste. En los comienzos del siglo XX, cuando el fútbol llegó a España, la imagen de ese chaval del Sporting alevín era incluso corriente en los partidos, que entonces eran amateurs. Cuando un penalti no era y todo el mundo había visto claramente que se había pitado de forma injusta, el balón iba fuera. Así de sencillo.

Hace unos años, en la Premier inglesa (¿dónde si no?), un árbitro señaló un penalti tras una caída de Robbie Fowler ante David Seaman, y el delantero se levantó diciendo que no se había producido infracción alguna. Pese a todo, el árbitro no reculó en su decisión y ordenó lanzar desde los once metros. Fowler lanzó y Seaman lo paró. ¿Falló adrede? Nunca se sabrá. Me gusta pensar que sí, porque un jugador que tiene la valentía suficiente como para decir que no ha sido objeto de penalti no puede irse tan contento a casa marcándolo y aprovechándose de esa injusticia. Sí, ya lo sé, es una ingenuidad por mi parte. Pero es que tengo grabada una jugada de hace un par de años que, por desgracia, no acabó igual. Aduriz, jugador entonces del Athletic de Bilbao, marca un gol de penalti a mi Real Sociedad. La infracción había sido una mano dentro del área. Y esa mano no fue otra que la de Aduriz. Él hizo la trampa, él se aprovechó de ella.

Esa es la realidad del fútbol. Lo que para algunos es picardía, para mí es una trampa. Lo que unos califican de pillería, a mí me parece deleznable. Todo no puede valer. Pero parece que vale. Hoy leo en el diario Marca que en el partido Recreativo-Almería de ayer el portero del equipo visitante, Diego Alves, fingió una lesión para parar el partido en un momento de agobio para su equipo. Si es el guardameta, el juego debe pararse obligatoriamente. El preparador de porteros del equipo almeriense, Mikel Insausti, fue quien impulsó el plan desde la grada comunicándose con un teléfono móvil con el banquillo. El periódico cita incluso un entrecomillado que atribuye a Insausti: "Decidle a Diego que saque al doctor al campo. Ahora es el momento, como hicimos la pasada semana contra el Valladolid".

Todo esto se suma a las trampas con los recogepelotas, que siempre que el equipo local va ganando desaparecen de la banda. A los jugadores que se tiran, dentro y fuera del área (hace no mucho, Luis García, del Espanyol, reconoció abiertamente que en cuanto tiene la oportunidad intenta engañar al árbitro). A los que fingen lesiones. A los que exageran las faltas para forzar tarjetas amarillas y rojas. Cuánto daño le hizo al fútbol un tal Bilardo, que de jugador saltaba al campo con alfileres para pinchar a los contrarios y provocar sus expulsiones y que de entrenador nos dejó aquella perla inolvidable de "al contrario, písalo". Y porque no me pongo a hablar de la compra de partidos, eso que durante tantos años era una verdad aceptada por todos, que el año pasado se reveló en Segunda como una mafia más en este país y que nadie quiere revolver por motivos que se desconocen.

¿Fair play? ¿Dónde? Qué difícil de encontrar en estos días. No imposible, sin duda, pero cada vez más difícil. Hace unos años, en la temporada 2004-2005, el Eibar estaba en condiciones de luchar por el ascenso a Primera. David Silva estaba cedido en el conjunto guipuzcoano por el Valencia. En el minuto 92 del partido que estaban jugando los eibarreses en Lleida, con 1-1 en el marcador, Silva se queda sólo delante del portero gracias a que el lateral que debía cubrirle estaba tendido en el suelo, lesionado. Y en lugar de buscar el tiro a portería, lanza el balón fuera para que atiendan al jugador rival. "Tuve la ocasión porque el lateral, Bruno, no estaba en su sitio, por lo que creo que hice lo correcto. El público entenderá que jamás puedo tirar estando el rival en el suelo", dijo entonces Silva. El Eibar empató aquel partido. Y no subió.

Me diréis que está muy bien lo de apostar por el fair play pero que seguro que si mi equipo marcara un gol aprovechándose de una acción irregular no lo diría tan alto. Puede ser. Pero el trabajo hay que hacerlo desde abajo. Si ya es triste ver a un profesional perjudicar a un compañero con estas artimañas, mucho más ver a chavales pequeños. Hay que enseñarles a que sean sus cualidades deportivas las que marquen la diferencia en un terreno de juego, y no estas acciones innobles. Como en casi todo, es una cuestión de educación. Yo tengo claro que me quedo con Fowler, con Silva y con lo que hizo el entrenador y el jugador alevín del Sporting. Porque eso también es fútbol. Mejor dicho, eso es, sobre todo, la esencia del fútbol. Lo demás es una perversión de un noble deporte que pasa por horas bajas.

sábado, febrero 21, 2009

¿Justicia...?

Justicia. Así la llaman, pero cada vez es menos justa. Porque en España tenemos pendiente un debate muy serio sobre la Justicia, pero no lo vemos por ningún lado. Es un debate en el que nadie ha querido entrar desde que inauguramos el periodo democrático. No sé muy bien por qué, pero es la administración que más problemas arrastra y causa. Es la administración tecnológicamente más atrasada de largo. Es la que más quejas provoca en los ciudadanos. Es la que más aparece en los medios de comunicación por motivos lamentables. Y para colmo se llama Justicia...

La huelga se jueces que se ha vivido esta semana forma parte del esperpento patrio que tanto nos gusta. Un poder del Estado en huelga. Inconcebible a todas luces en su planteamiento (como una huelga de diputados o, ya puestos, del Rey...) y absurdo, desde mi punto de vista, por el momento escogido. Muchas de las reivindicaciones que planteaban los jueces están ahora mismo sobre la mesa de diálogo. La huelga es un último recurso ante el bloqueo de un proceso, no un instrumento de la negociación. Como siempre, el perjudicado es el ciudadano. Si la Justicia ya es lenta de por sí, el trastorno que le han hecho a tantísima gente es incalculable. Y lo único que parecen haber conseguido es que se acumulen aún más expedientes en sus mesas. Expedientes que uno supone que tendrán que resolver algún día.

El Consejo General del Poder Judicial se me antoja, cada vez, un organo prescindible. O, al menos, un órgano que tiene que ser revisado desde los cimientos. Me parece inconcebible que el Consejo no tenga previsto hacer absolutamente nada ante una huelga que, según los más optimistas, ha seguido el 60 por ciento de los jueces. Si el propio Consejo no sabe o no tiene decidido si los jueces huelguistas tienen que ser sancionados, ¿cómo vamos a tenerlo claro los demás? La postura es que no hay postura. Y así no se puede ir por la vida cuando uno tiene la responsabilidad de vigilar a uno de los poderes del Estado. El Consejo (o sus miembros, que hay que precisar responsabilidades...) se perjudicó a su mismo con sus pretensiones políticas de la pasada legislatura (sin atender sus propios problemas y metiéndose en los de los demás, como el Estatuto de Cataluña). Entonces se reclamó una desvinculación real del poder político. Y ahora, visto lo visto, ya no sé si sería mejor un mayor control.

La imagen de un juzgado, de cualquier juzgado, plagado de carpetas apiladas en cualquier sitio es descorazonadora. Nadie, absolutamente nadie, ha movido un dedo para que la Justicia se informatice, para que se facilite el trabajo de los funcionarios y de los propios jueces. Sólo ha habido parches y promesas incumplidas , y así es muy difícil que funcione nada. Y aquí entran en juego dos administraciones, la central y la autonómica(en Madrid, por ejemplo, desde hace ya muchos meses, en los Juzgados de Plaza Castilla hay un gran cartel que exige a Esperanza Aguirre que cumpla los compromisos adquiridos). Se puede decir claramente que la sucesión de políticos que han cogido la cartera de ministro han fracasado. No sé muy bien desde cuándo, pero sin duda podríamos hablar de las etapas de gobierno de Aznar y Zapatero. Margarita Mariscal de Gante, Ángel Acebes, José María Michavila, Juan Fernando López Aguilar y Mariano Fernández Bermejo. Alguno ha hecho más cosas que otros, pero ninguno ha sido capaz de modernizar la Justicia. Ni con pactos ni sin ellos.

La ligereza con la que algunos hablan de los jueces tampoco contribuye a la mejoría de la Justicia. Y da la sensación de que los medios de comunicación han excedido con mucho su función. Casos hay muchos, pero la famosa cacería en la que coincidieron Garzón y Bermejo es el mejor ejemplo. ¿Por qué hay tanto valiente que se atreve a insinuar que hubo una connivencia entre juez y ministro para lanzar la operación judicial contra la trama de corrupción que está afectando muy seriamente al PP y, sin embargo, nadie se atreve a decirlo claramente? La pregunta tiene fácil respuesta: se pretende influir de forma decisiva en la opinión pública pero protegiéndose de una denuncia que sin duda ganaría Garzón. Se le está acusando de prevaricar sin hacerlo. Se tira la piedra, se esconde la mano. La justa, necesaria y legítima crítica a la función de los jueces no es eso. Tampoco criticar a un juez cuando actúa contra los corruptos de un partido y aplaudirle cuando lo hace contra los corruptos del otro. Eso es ruín.

Y llegamos a la figura de Bermejo. No salgo de mi asombro cuando escucho peticiones de dimisión por la cacería. Más asombrado estoy cuando leo que ese asunto, la cacería, ha hecho que Zapatero pierda su confianza en él. Nadie pide que dimita porque la administración de Justicia sea un caos, pero sí porque un ministro y un juez coincidan en una cacería con otras 40 personas. No me parece ni justo ni sensato que el futuro de un ministro se juegue en sus horas de ocio, que se le juzgue por su privacidad en lugar de por su trabajo, o por la "oportunidad" de sus actividades. ¿Que no sabe hacer bien su trabajo? Perfecto, que se le cese y se nombre a otro. Pero esta forma de actuar me parece perversa y muy perjudicial para todos. Para el Gobierno, porque pierde credibilidad. Para la oposición, porque confirma que las operaciones de acoso y derribo por temas triviales funciona. Para la gente, que no sabe muy bien por qué se cesa a un ministro. Y para la Justicia. Porque cada vez es menos justa en demasiados aspectos.

miércoles, febrero 18, 2009

Algo estamos haciendo mal...

Cuando escucho los pormenores de un caso como el de Marta del Castillo, la niña sevillana asesinada por su ex novio, siempre pienso lo mismo: algo estamos haciendo mal. No puede haber otra explicación a que un niñato de 20 años decida asesinar a otra persona (me da igual que sea hombre o mujer, mayor o menor que él, conocido o desconocido) y, de paso, tirar su vida a la basura. ¿Tan poco aprecio tenemos hoy en día por la vida de los demás? ¿Incluso por la de uno mismo? ¿Qué le puede pasar por la cabeza a un chaval así para decidir que la mejor forma de solucionar los problemas que pueda tener con una chica que le gusta es matarla? ¿Y cómo llega a la conclusión, una vez cometido ese error, el mayor que cometerá en su vida, de que lo mejor que puede hacer es ocultarlo y, de paso, apelar a una mal entendida amistad para arruinar la vida de otros chavales también?

Le doy vueltas a estas cosas y no termino de entenderlas. Será porque siempre me gusta pornerme en el lugar de los demás para saber cómo afrontar las situaciones que nos coloca la vida en nuestro camino, y en estas situaciones no sé cómo hacerlo. Y me viene a la cabeza una frase de una película que acabo de volver a ver, El tren de las 3.10: "hay una gran diferencia entre querer que alguien muera y matarlo". Hoy en día parece que hay demasiada gente que no ve esa diferencia. Y eso me asusta. Porque es obvio que, en nuestras propias vidas, no nos podemos llevar bien con todo el mundo. ¿Y si ese tipo al que no soportamos o no nos soporta alcanza un punto en el que tampoco sabe marcar esa diferencia? La idea, insisto, es terrorífica. Acabará detenido, seguro, como el chaval de Sevilla y sus complices o encubridores, pero el daño es irreparable.

¿Es un problema de educación? Seguro que sí tiene algo que ver (¿el asesino nace, se hace o las dos cosas?), pero ¿cuántas veces hemos escuchado a los familiares, amigos y vecinos de un asesino aquella frase de "parecía buena gente"? En casi todos los casos. Luego, ¿cómo se previene esto? ¿Puede aprender respeto por sus semejantes alguien como este asesino? Ojalá tuviera una respuesta. Ojalá se le pudiera dar una respuesta a los padres de Marta, porque son ellos los que van a tener que vivir toda su vida con el dolor, la angustia y la pérdida que acaban de sufrir. Porque, por mucho pena que cumpla este chaval, es más que posible que los padres algún día le vuelvan a ver la cara al asesino de su hija. ¿Cadena perpétua como solución? Tampoco lo tengo claro. Hace años me enseñaron que no se debía legislar en base a casos puntuales, sino a creencias e ideales. Y esa frontera la veo rota desde hace tiempo.

Como la frontera de la decencia informativa. ¿Por qué vemos continuamente a menores en televisión hablando de sucesos como éste? ¿Por qué se cree valioso desde el punto de vista informativo saquear las cuentas que pueden tener en las redes sociales de Internat una asesinada o un asesino y mostrar sus fotos a todo el mundo? ¿Qué pensaría el redactor jefe o director que decide apostar por estos contenidos si la asesinada fuera su hija, su hermana, su mujer o su madre? Y la pregunta más importante de todas: ¿por qué no se abre, de una vez por todas, un debate serio y riguroso para fijar unos límites a toda esta miseria periodística? Definitivamente, algo estamos haciendo mal. En la vertiente periodística es fácil decir qué. En la social, complicadísimo.

lunes, febrero 16, 2009

Consenso periodístico, rutina política

Durante unos cuantos años, hemos estado leyendo casos menores de corrupción que afectaban al PSOE en las páginas del diario El Mundo. Y casos que afectaban al PP en las páginas de El País. Triste, pero cierto. Con lo que está sucediendo ahora mismo en las filas populares hemos llegado a un raro consenso: tanto El Mundo como El País parecen estar de acuerdo en que algo hay, en que algo de lo que está investigando el juez Garzón puede ser cierto. Pero como no todo puede ser perfecto, los medios escorados hacia la derecha han intentado elevar a la categoría de noticia y escándalo sin parangón en nuestra democracia que el ministro de Justicia se haya ido de cacería con Garzón. Pues vale. Plantan la semilla de una acusación de prevariación al juez que nadie se atreverá a afirmar categóricamente. Difunden las mismas sospechas de las que reniegan cuando exigen el respeto a la presunción de inocencia de sus protegidos políticos.

Volviendo a la parte política del asunto, todo este tinglado me ha hecho recordar aquella pomposa afirmación de José María Aznar, en la que sentenció con su arrogancia habitual que el PP era un partido incompatible con la corrupción. Brutal osadía la suya al poner la mano en el fuego por más de 700.000 afiliados y unos cuantos alcaldes, presidentes autonómicos y cargos políticos de todo tipo. El tiempo demuestra que las afirmaciones vacías se pueden decir todo lo alto que se quiera, pero con más bien poco fundamento. La corrupción, por desgracia, puede afectar a todos los partidos (todos, sí, todos...) y a todos los ámbitos del poder (desde la presidencia del Gobierno hasta la presidencia de la comunidad de vecinos). El error está en empecinarse en lo que la realidad termina por revelar como falso. Y en esas sigue el PP en estos momentos.

Por ejemplo, hace un par de semanas, Mariano Rajoy se declaró fan incondicional de la comisión de investigación que, en la Asamblea de Madrid, iba a investigar el asunto del espionaje cruzado entre cuerpos parapoliciales que no deberían existir. ¿Y qué ha hecho el PP para demostrar ese fervor absoluto de su líder? Vetar la comparecencia del propio presidente de los populares. Una vez más, las palabras y los hechos van por caminos diferentes. Las palabras son rotundas, pero los hechos son aún más tozudos. El PP ha rechazado 13 de las comparecencias propuestas por PSOE e IU. Es lo que tiene la mayoría absoluta, que uno hace y deshace del modo que le parece más oportuno. Casi tan democrático como reprochable. Pero ya tienen experiencia en estas lides. Ya vetaron todo lo que podían vetar en la comisión que investigó el Tamayazo, una comisión que no estudió documento alguno porque el PP no quiso y se basó sólo en testimonios contradictorios y, en algún caso, surrealistas.

Y a todo esto, se supone que en menos de dos semanas tenemos dos elecciones que el PP, probablemente, no va a ganar. Según las encuestas, en Galicia sumará más votos que ningún otro partido, pero no podrá pactar con nadie y seguirá cuatro años más en la oposición. En Euskadi, la lucha es por no sufrir un varapalo demasiado severo y tener el suficiente poder para condicionar un hipotético gobierno socialista, porque si gana el PNV la cosa seguirá como hasta ahora. Es decir, sin influencia alguna del PP en Euskadi. Los resultados de ambos comicios (a la espera de las próximas elecciones europeas) parece, y digo parece, que sólo pueden empeorar la situación del principal partido de la oposición.

"Mejor para nosotros", me decía hace unos días alguien que votó al PSOE en las últimas elecciones generales. Pero yo no lo tengo tan claro. La pasada legislatura fue la del tiro al blanco al socialista, la de la crispación, de la de la negación de la realidad. Esta legislatura está siendo la de una lucha encarnizada entre las diferentes facciones dentro del PP. Y me da miedo el partido que pueda salir de ese proceso y lo que puedan hacer a partir de entonces. Me da miedo que triunfen quienes están empeñados en considerarse perseguidos, víctimas de una gran conspiración mundial, en lugar de admitir que hay gente en su partido que se ha aprovechado de sus cargos políticos para cometer actividades ilegales. Me da miedo que, en lugar de colaborar con la investigación, los dirgientes del PP se coloquen en actitudes poco democráticas (que lo son, le pese a quien le pese...) como dudar de la Justicia, de la separación de poderes o de la prensa sólo cuando no les conviene lo que se investiga o publica.

Lo que más pena me da de todo esto es que sólo sirve para confirmar que la política está muy podrida. Por eso no me hace gracia un caso de estos, le pase al PSOE, al PP o al partido de los no fumadores. Pero el caso es que hay cierta justicia poética en que esto le esté pasando precisamente ahora a este partido, con todo lo que se ha escuchado desde la sala de prensa de la calle Génova en los últimos años... Porque, claro, hay que recordar que Garzón era un héroe cuando destapaba escándalos del PSOE...