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miércoles, febrero 08, 2012

Gallardón y la inconstitucionalidad

En una de esas tan apasionantes como apasionadas conversaciones políticas que mantengo de vez en cuando con mis amigos, sostuve hace unos días que sospecho que unos cuantos ministros del Gobierno de Mariano Rajoy tienen en su mano la posibilidad de no hacer gran cosa durante la legislatura, pues los focos van a estar puestos sobre las carteras que tienen influencia en la situación económica y sobre el propio presidente. Uno de los ejemplos que saqué durante la conversación fue el de Alberto Ruiz-Gallardón. No espero de él que arregle el atasco en los juzgados ni tampoco que configure una Justicia ni mucho ni poco más independiente del poder político. Me respondían que no, que Gallardón es un tipo que le gusta hacerse notar. Y eso es indudablemente cierto, pero yo iba más por cuestiones de verdadero calado y no polémicas estériles o tácticas de borrado de lo hecho por el anterior Gobierno, cuestiones ambas que forman parte irremediable del ámbito de actuación de cualquier ministro que se precie del color político que sea.

Lo que no esperaba yo es que en poco más de un mes Gallardón exhibiera tantos síntomas de lo mal que funciona la política en España. En aquellos tiempos no tan lejanos en los que el PP militaba en la oposición, si alguien los recuerda, se cocieron en Génova dos recursos de inconstitucionalidad contra dos reformas legales realizadas por el Ejecutivo socialista. Uno, contra la ley que permitía el matrimonio entre dos personas del mismo sexo, que se presentó en octubre de 2005. El otro, contra la reforma de la ley del aborto, lleva en los archivos del Alto Tribunal desde mayo de 2010. Nótese esa pequeña diferencia, la que supone que el PP presentó ambos recursos estando en la oposición. Porque, ahora, ya en el Gobierno, es Gallardón, insisto, ministro de Justicia nada menos, quien parece que no termina de ver claro lo que suponen estos recursos.

Empecemos, cronológicamente, por el recurso a la ley del matrimonio homosexual. Gallardón dice que no aprecia inconstitucionalidad alguna en la norma. Insisto de nuevo en un par de puntos antes de proseguir: el PP sí la considera inconstitucional porque para eso la ha recurrido, Gallardón forma parte del PP y es, al mismo tiempo y nombrado por el presidente del PP y del Gobierno, ministro de Justicia. Quizá parezca una cuestión baladí, pero ¿puede el ministro de Justicia considerar constitucional una norma y al mismo tiempo defender un recurso presentado por su partido ante el Tribunal Constitucional contra esa misma norma? Olvidaos del sentido común y ya tenéis la respuesta. Gallardón ya ha matizado, tras la polémica levantada, que esperará a lo que diga el Constitucional antes de proponer cambios a la ley, lo que ya había dicho antes Rajoy. Pero ya ha dejado clara su postura, como también el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, que ya ha sentenciado que sí es inconstitucional. Grande absurdo el del funcionamiento de la política.

Sigamos con la ley del aborto. Con ésta, a pesar de que también está recurrida al mismo Tribunal, no hay tantos miramientos a la hora de pensar en su modificación. En su primera comparecencia en el Congreso de los Diputados como ministro de Justicia, el pasado 25 de enero, Gallardón ya anunció la reforma de esta ley. Es decir, que hay un criterio para cada caso en función... ¿de qué? En este segundo, al margen de que la norma en vigor sea más o menos aceptada por la ciudadanía o justa para defender a los afectados, que no tiene nada que ver con lo que estamos hablando, aceptamos el criterio de borrar lo hecho por el Gobierno anterior, que prima mucho más que esperar a lo que diga el Constitucional. Por eso, lo que sí creo que es importante destacar es que hay una grave incoherencia en las palabras y comportamientos del ministro que no es más que el reflejo de cómo funciona la política: a conveniencia.

Y también creo que ninguna de estas medidas va a desatascar los juzgados o modernizar la administración de Justicia que es, sinceramente, lo que tendría que ocupar al ministro del ramo, tarea que por el momento sólo ha llevado a Gallardón a proponer que haya bodas y divorcios ante notario. Y eso, además de sonarme a privatización encubierta de estos procedimientos, es un absurdo porque la ley ya ha descargado de esa labor a los juzgados y a él como ministro le corresponde aplicar esta reforma aprobada el año pasado (no recuerdo yo ahora quién gobernaba entonces, la verdad...). Pero qué bonito suena hablar todos los días y decir muchas cosas. Así parece que haces cosas.

miércoles, junio 15, 2011

Los límites de la protesta, el fondo de las reivindicaciones

Debo de ser de las pocas personas que le da tanta importancia a la forma como al fondo. Es decir, creo en las ideas, en los proyectos, en las reivindicaciones, en la lucha contra las injusticias. Pero también creo, y es ahí donde me da la sensación de que me muevo en fronteras que para muchos están obsoletas, que deben hacerse de una forma noble y justa. Si la respuesta es tan nefasta como aquello a lo que se responde, la reivindicación no sólo pierde sentido sino que además se gana enemigos. Hoy parece que todos tenemos algo que reivindicar, por utópico o irrealizable que sea, y son muchos los que han decidido hacer sus reivindicaciones en la esfera pública, en la calle y ante los que consideran responsables de esas situaciones de las que se quejan. Hasta ahí todo perfecto. Más o menos. Pero cuando la cosa pasa de ahí, es cuando se generan los problemas. Y comienzan las antipatías. La mía la tienen quienes sólo tienen como modo de reivindicar el insulto y la amenaza. Porque generan miedo. Y no sólo a quienes son objetivos de sus protestas. Con eso, pierden la razón. Su reivindicación se muere en esa espiral de violencia gratuita y descontrolada que uno no sabe bien cómo va a acabar.

Desprecio a quienes hostigan al alcalde de Madrid por las calles en nombre, dicen, de mantener las fietsas del Orgullo Gay tal y como han sido en los últimos años, y les desprecio tanto como a los seguidores de Bildu que silban, insultan y amenazan a concejales del PP o del PSE por las calles de los pueblos vascos. O a quienes toman espacios públicos para sus protestas sin importarles el perjuicio que causen a otros. O a quienes insultan sin medida y amenazan a veces con más armas que la mirada por vestir una camiseta de otro equipo de fútbol. O los que perjudican a millones de viajeros por una huelga sindical. Me dirán algunos que nada tienen que ver estas cuestiones entre sí. Puede que sea verdad. Puede que esté exagerando en mi juicio de valor. Pero para mí forman parte de un todo. Entre todos, entre los que disfrutan con esas tácticas, los que las han permitido y los que las defienden, hemos conseguido que en los más variados aspectos de la vida cualquier excusa sirva para levantar la mano, para lanzar un improperio, para proferir una amenaza (¿que están dispuestos a cumplir?). Hemos llegado al todo vale, porque nos vale cuando el hostigado es el contrario.

No sé por qué, pero me viene a la cabeza el famoso zapatazo que quiso darle un periodista iraquí a George W. Bush. Dada la antipatía que generaba el ya ex presidente norteamericano en todo el mundo, muy pocos criticaron el gesto del agresor. La conclusión es que como Bush es un cabrón se tiene merecido lo que le pase. Y no. Lo siento, pero no. Entonces me sentí de los pocos que censuró aquella acción violenta y ahora me empiezo a sentir un poco igual. Porque este mismo planteamiento es el que aplico a los ahora injuriados y/o agredidos (porque, sí, una agresión no es sólo que te den un puñetazo). No me gusta Gallardón. No comulgo con sus decisiones. Tampoco con su ideología. Pero la forma de colocarme frente a él no es insultarle junto a su casa, y a la vista de su hijo, cuando sale a pasear al perro con su mujer. Menos aún creo que las vías políticas que dice proclamar Bildu pasen por señalar por la calle a un concejal del PP. No creo que pedir una reforma de la Ley Electoral exija la toma por la fuerza y perjudicando a tanta gente de un espacio público tan grande y emblemático como la Puerta del Sol. Y tampoco veo provecho en animar a mi equipo insultando al rival o apedreando a los seguidores que vienen de otras ciudades para ver a sus jugadores.

Hemos llegado a un punto en que a veces conviene callar para no sufrir daño y eso, como firme defensor que soy y siempre seré de la palabra y del debate, me genera una tristeza infinita. Voy por la calle con mi cámara y tengo cuidado de qué puedo fotografíar, no vaya a molestar a alguien que decida responder agresivamente. Voy a un partido de fútbol, y me guardo mucho de vestir la camiseta del equipo de mis amores. Voy a una protesta social, y ya no siento que tenga la posibilidad de elevar una voz discrepante. Si miro a una mujer por la calle, aunque sea por casualidad, tengo la sensación de que su novio/marido/pareja/amante tiene todo el derecho del mundo de partirme la cara en respuesta. Y si escribo en un blog que algo no me gusta, ya me ha granjeado enemigos. Hemos sobrepasado los límites. Ya no respetamos nada. Lo que se nos induce a pensar es que no tiene valor ninguna idea, persona o propuesta que no sea de los nuestros. Y, en consecuencia, al no ser de los nuestros, tenemos todo el derecho del mundo de hostigarle, insultarle, vilipendiarle, perjudicarle. Todo vale. La protesta ya no tiene límites, nos los hemos cargado, lo hemos hecho entre todos. Y, con ese movimiento, el fondo de las reivindicaciones queda en nada mal que nos pese.

jueves, enero 17, 2008

Pensando en ellos mismos

Un aspecto de la crisis del PP en el que casi nadie está incidiendo es el retrato que supone de nuestros políticos. Obviamente, ni sabemos ni sabremos nunca todo lo que sucedió ayer para llegar al desenlace que conocimos, que Ruiz-Gallardón no estará en las listas del PP para las próximas elecciones generales, pero ninguno de los implicados queda en buen lugar a tenor de las informaciones que se han publicado. Sólo hay una conclusión posible. A todos los implicados les importan un bledo España y los españoles. Todos y cada uno de ellos han actuado pensando en ellos mismos, movidos por sus propios intereses personales.

Mariano Rajoy, presidente del PP, queda como un muy mal gestor de su propio partido. ¿Tenía ya tomada la decisión de no incluir a Gallardón en las listas? Unos dicen que sí (y que llevó un papel escrito que leyó ante el alcalde de Madrid -¿no era tan buen orador?-) y otros dicen que no (de hecho, que su decisión era incluirle pero que por las presiones de Esperanza Aguirre cambió de posición). Lo único cierto es que, por el bien de su partido, esto tenía que haberlo resuelto hace mucho. ¿Qué sentido tiene dejar que Gallardón alimente esperanzas de ir al Congreso si al final no le va a dejar? ¿Qué sentido tiene montar este circo tan cerca de las elecciones, con el perjuicio que ésto puede acarrear sobre el voto al PP?

"Es la mejor forma de ayudarnos a mí, a nuestro partido y a los ciudadanos de Madrid. He tomado la mejor de las decisiones posibles", ha dicho Rajoy esta mañana. Lo primero que hayu que analizar (o más bien traducir) es que es lo mejor para él mismo. Claro, se ha cargado de las listas a dos de sus posibles sucesores. En ese carrera, ni Aguirre ni Gallardón podrán esgrimir que tienen escaño y, por tanto, podrían ejercer como líder de la oposición en el Congreso. Y es que ya ni siquiera Rajoy se cree lo que dice. Y ese es su principal problema, que lleva demasiado tiempo sin creerse lo que dice, y eso es algo que dicen incluso los votantes del PP. La mejor demostración de esta certeza es que todos estos movimientos sólo tienen un fin: suceder a Mariano Rajoy tras su derrota en las generales.

Se ha publicado que eso es exactamente lo que le dijo Aguirre a Gallardón cuando salían de Génova, que no tenía que encajar tan mal la decisión de Rajoy puesto que ambos están ahora en igualdad de condiciones para esa sucesión. Dicho de otro modo: el motivo por el que tanto la presidenta de la Comunidad de Madrid como el alcalde de la capital siguen en sus actuales cargos es porque les sirve como plataforma para optar al liderazgo del partido. ¿Soy el único al que le parece que eso es una tomadura de pelo a los electores madrileños? ¿Hubiera votado tanta gente al PP hace menos de un año en las municipales y las autonómicas si los candidatos hubieran sido Ignacio González y Ana Botella? Sobre aclarar la respuesta, ¿verdad?

Porque, aunque yo no entienda los motivos (sigo pensando en Aguirre como aquella ministra de Cultura que demostraba incultura a cada paso y en Gallardón como el mayor recaudador y cavador de túneles del Reino), ambos políticos madrileños tienen muchísimo tirón electoral. De hecho, no hay más que mirar todos los análisis de políticos y periodistas y las encuestas en las que participan ciudadanos: todos creen que la ausencia de Gallardón beneficia al PSOE y perjudica al PP. ¿Por qué excluirle entonces de las listas? Pues parece que la respuesta hay que encontrarla en la derechización que está acometiendo el partido.

La legislatura que ahora termina no ha dejado política alguna del PP. El 90 por ciento de su tiempo, de sus declaraciones, de sus planes, de sus promesas y de sus iniciativas parlamentarias han tenido como objeto dos temas, ETA y el Estatuto catalán. Hasta hace muy pocas fechas, no se conocían opiniones de Rajoy o sus dirigentes sobre ningún tema que no estuviera coyunturalmente de actualidad. No han trabajado sobre ningún asunto y, llevados por su afán de negar la legitimidad del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y por su negativa a admitir su derrota en las urnas, su oposición ha sido el No constante.

Los meses de la campaña de exaltación nacionalista española no tenían otro objetivo que cazar el voto de extrema derecha, caladero que ya tienen ganado, por supuesto. No es que fueran santos de mi devoción, pero en los últimos tiempos han salido del PP dirigentes que muchos veían como los más moderados, como es el caso de Jaume Matas o Josep Piqué, y ahora Gallardón (todavía me acuerdo de aquellos que decían que si Bono hubiera sido el candidato del PSOE a la Alcaldía de Madrid hubiera sido más sensato y lógico cambiarlo con el candidato del PP) podría seguir su camino. ¿Será casualidad que haya sido Aznar quien haya gestionado el fichaje de Pizarro para las filas populares y que sea su mujer, Ana Botella, la mejor colocada para recoger la Alcaldía de Madrid de manos de Gallardón?

Y más preguntas sin respuesta. Si decían que Acebes y Zaplana estaban ya desterrados para dar un perfil más centrista al partido antes de las elecciones, ¿por qué el primero estuvo presente en la reunión en la que se comunicó a Gallardón su exclusión de las listas? ¿Significa eso que Rajoy no manda en el PP? ¿Significa que Aznar sigue teniendo más poder del que confiesa sonre el partido? Y la pregunta más intrigante de todas. ¿Qué supone todo esto de cara a la sucesión de Mariano Rajoy, un candidato a presidente que ni siquiera su partido espera que sea presidente...? Esta puede que sea una de las pocas preguntas formuladas que vaya a tener respuesta, aunque eso será después del 9 de marzo...

miércoles, enero 16, 2008

Fracasos que se veían venir

Leer hoy la prensa es un ejercicio de lo más saludable. Encontrar fracasos de quienes apuntaron demasiado alto sirve para sacar muchas lecciones. Algunos fracasos, además, se ven venir desde lejos.


De fracaso hay que calificar la exclusión del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, de las listas del PP para las próximas elecciones generales. Gallardón llevaba años postulándose, no ha escondido nunca sus ansias de ser el salto a la política nacional. Y ahora se ve tan fuera que incluso ha dicho que después del 9 de marzo dirá si deja la política. Para todos aquellos que gustan de hablar del guirigai socialista cuando surge alguna desavenencia entre dirigentes del PSOE, este caso debiera ser ejemplarizante. No he visto una pelea más descarnada que esta lucha a sangre fría que han mantenido durante años Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre.

Mariano Rajoy ha demostrado una incapacidad manifiesta durante años para manejar la tensión entre Gallardón y Aguirre. El líder del PP se vio maniatado por los espectaculares resultados que lograron ambos en las pasadas elecciones autonómicas y municipales. Y ahora ha tomado partido. No había muchas dudas posibles. El secreto a voces es que Gallardón nunca ha tenido apoyo real dentro de su partido, algo que se vio cuando postuló y después tuvo que retirar a su número dos, Cobo, para presidir el PP madrileño. Gallardón gastó su último cartucho en este duelo porque pensaba que tenía opciones. Rajoy no ha querido el aval electoral del alcalde de Madrid y ha optado por una mayor derechización de su proyecto con la inclusión de Manuel Pizarro, el hombre que (también secreto a voces) se dedicó a hacer política desde Endesa y que, seguro, tiene preparada una empresa amiga en la que refugiarse si el PP pierde las elecciones y renuncia a su escaño de diputado. No le veo yo en la oposición al amigo Pizarro.

La lucha entre Aguirre y Gallardón, dicen, ha sido salvaje hasta el final. Aguirre amenazó incluso con dimitir para forzar su inclusión en la lista de las generales si Rajoy decidía meter a Gallardón. Aguirre ha ganado y Gallardón ha perdido, como él mismo ha dicho. Cuando oí la noticia de su exclusión, pensé que incluso podía ser una maniobra que beneficiara al alcalde de Madrid, que tendría más opciones de dar el salto al liderazgo del PP si Rajoy perdía las elecciones. Pero vista su reacción, es obvio que no será así.

Si Gallardón finalmente se va, será una tomadura de pelo más de la clase política a los ciudadanos. Primero, porque Gallardón pospone su marcha para no perjudicar al PP. Los ciudadanos no importamos, sólo el partido. Y, sobre todo, el alcalde más votado de la historia de Madrid no duraría ni siquiera un año en su cargo. ¿Para qué se vota entonces? Es más, sobra decir que el perfil político de quien se perfilaría como la futura alcaldesa de Madrid, Ana Botella, es bastante diferente al del todavía primer edil de la capital. Si Gallardón era malo, lo de Ana Botella puede ser una catástrofe de proporciones épicas. Yo, por si acaso, ya he juntado en el frutero peras y manzanas. Hay que hacerse fuertes ideológicamente ante lo que pueda venir...

Otro fracaso importante es el del Comité Olímpico Internacional y su iniciativa para ponerle letra al himno español. Yo tengo muy claro que este tema sólo iba a servir para cruzar acusaciones. La política dio el sibilino empujón para que otros pusieran nombre al proyecto y, cuando se conoció la letra, se borraron vergonzosamente. Si el himno es un símbolo del Estado, no entiendo que la iniciativa no parta del Estado. Porque si España (representada por sus instituciones) no se quiere lanzar a poner letra al himno el resultado siempre será el fracaso.
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La iniciativa nació a medio camino entre el entusiasmo ciego y la temeridad. Lo primero, por parte de los deportistas, que no ven motivo para no cantar una letra cuando logran algún triunfo. Lo segundo, porque era demasiado obvio que había mucho interés en aprovecharse del tema. El fundamental, el de aquello que quieren una letra para señalar a quien no la cante (tenemos tanto derecho a cantarla como a no cantarla, se empeñe quien se empeñe en lo contrario), de la misma forma que rebuscan en la forma en que algunos jugadores se ponen las medias (como le ocurrió no hace mucho a Xavi y sí hace mucho a Arconada).
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Fracasa la iniciativa porque el jurado que se nombró para elegir la letra ha fracasado. La letra no es especialmente buena. Pero no por rancia o cursi, como he oído, sino porque se ve a la legua que va a haber mucha gente que no estará dispuesta cantarla. No digo que sea fácil elegir una letra, pero era demasiado obvio que esa no garantizaría el consenso. Y fracasa el jurado porque sus ansias de protagonismo han superado la tarea de la empresa. Que haya una persona que haya preferido filtrar la letra a un medio de comunicación (que ha sido ABC; ¿clarifica eso el nombre del chivato?) en lugar de respetar la ceremonia que había preparada, con Plácido Domingo para canter el himno, es tristísimo.
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Y además influye, y mucho, el momento político y social actual. Con casi todo el mundo tirándose a la cabeza banderas, himnos y naciones, esta muestra de patriotismo no deja de ser, por mucho que sus impulsores no lo quieran, más munición en esta absurda batalla diaria. No veo mucho futuro a esta iniciativa.
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Y fracaso también el del cine español. La Academia de Hollywood ha seleccionado nueve películas de las que saldrán las finalmente nominadas al Oscar a la mejor película de habla no inglesa. El orfanato no se encuentra entre ellas, y sí hay nada menos que seis títulos europeos. En España tenemos la odiosa costumbre de buscar media docena de obras maestras patrias cada año. Teniendo en cuenta que en España no se llega al centenar de películas anuales, el porcentaje de genialidad es demasiado elevado como para creérselo. No creo que haya ninguna cinematografía mundial que consiga entre un 8 y 10 por ciento de joyas cada año. Y España menos.
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El orfanato ha sufrido este mal. Es una película correcta, un buen título de género, pero no la obra maestra que muchos han querido ver de forma interesada. Es, en realidad, un filme lleno de trampas al espectador que, eso sí, está rodado con mucha elegancia. No me pareció una obra maestra, aunque admito que sí le veía posibilidades en la carrera hacia los Oscar por el interés que ha demostrado Hollywood por la historia, de la que ya prepara un remake autóctono. No puedo decir que me entristezca, puesto que El orfanato no despertó en mí la ilusión que sí creó El laberinto del fauno de cara a los Oscar y la alegría que me supuso que Almodóvar y su Volver quedaran fuera de la carrera por la estatuilla (a pesar de lo esperéntico que me pareció ver a Penélope Cruz entre las nominadas a la mejor actriz).