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lunes, noviembre 29, 2010

El milagro catalán

Milagro, sí, milagro. Ha habido un milagro en estas elecciones catalanas. Creo que es la primera vez, o al menos la primera desde que le prestó una sosegada atención a los procesos democráticos, que hay partidos derrotados en unos comicios. Empezaba a ser una costumbre eso de que después del veredicto de las urnas todos encontraran motivos de satisfacción, y hay que reconocer que eso suena a farsa de las malas. En Cataluña ha ganado CiU. Punto. Ha perdido el PSC. Punto. Ha perdido Esquerra. Punto. Y de los demás podemos hablar mucho. Pero hay un ganador claro y hay varios perdedores. Aleluya. Los milagros son posibles, incluso en política. Incluso en Cataluña, porque tengo que reconocer que la participación ha sido mucho más alta de lo que esperaba, teniendo en cuenta la pobrísima cobertura informativa de la campaña. Yo pensaba que la tontería, el chascarrillo y la anécdota desanimarían a unos votantes que probablemente sabían poco o nada de programas, políticas y promesas. Milagro aquí también.

Otro milagro. Montilla dimite de todo. Asume la responsabilidad de la derrota. Sí, sí, va en serio. Una debacle electoral se lleva por delante al todavía presidente de la Generalitat, entierra su mando en Cataluña y también en el partido. No le deja ni las migajas de un escaño. Esto es un milagro y de los gordos. Pero milagro minimizado, al fin y al cabo, porque algunos, erre que erre, ahí seguirán. Como Joan Puigcerós. ¿Que ERC lleva un descenso imparable? Él promete seguir y haciendo la misma política. Y también, y esto es más importante, porque el próximo presidente de la Generalitat, Artur Mas, llevaba ocho años intentando serlo y ya había perdido dos elecciones. La regla parece sencilla y Mariano Rajoy, si no cambian mucho las cosas, será el próximo dirigente político en cumplirla: la política es una carrera de fondo en la que cuanto menos asomes la cabeza, mejor. Pásate ocho años sin hacer gran cosa, y el simple desgaste del contrario te dejará en bandeja (de plata como mínimo) tu objetivo electoral. ¿Para qué tener ideas si las ideas del contrario ya cavarán su tumba? Entre tanto milagro, eso me parece preocupante.

Y ahora vamos con las dos preguntas del millón. La primera: ¿es culpa de Zapatero el desplome del PSC? Es curioso, pero responden que sí mayoritariamente los que más difunden que el PSC quiere ser independiente del PSOE. Cosas de la vida. Echémosle la culpa a Zapatero. Una cosa más tampoco le va a importar. Yo no sé qué decir, me resulta imposible saber la causa del voto de castigo a Montilla y los suyos porque no vivo en Cataluña. Y la segunda: ¿ha ganado el PP? En Génova están muy felices. El partido ha logrado cuatro escaños más que hace cuatro años, setenta mil votos más y, por tanto, alcanza el mejor resultado de su historia. Pero no dejo de preguntarme si el hecho de que haya hoy más nacionalismo en el Parlamento catalán es culpa precisamente del PP y de la actitud demostrada desde hace tanto tiempo. Ha cerrado sus filas, sí, llegando a su techo. Pero no me quito de la cabeza la idea de que su política es la que ha extremado las posiciones políticas de los nuevos parlamentarios, entre los que se encuentran Joan Laporta y tres miembros más de su partido. Sí, han provocado que los socialistas pierdan mucho terreno con sus ataques a la yugular, pero ¿están contentos con el peaje que han pagado? Veremos.

jueves, abril 12, 2007

Símbolos para la confrontación

Seguro que la mayoría ya habéis visto las imágenes que acompañan esta entrada. Sucedió el pasado domingo en El Algarve, Portugal. Los equipos alevines de Barcelona y Valencia iban a jugar la final del Mundialito de la categoría. Y la organización quiso homenajear a los participantes haciendo sonar el himno español para acompañar la salida de ambos equipos, como ya habían hecho sin problema alguno en las finales de otras categorías también de críos. El Barça no saltó al campo y esperó a que finalizara el himno español para hacerlo.

Al margen del asco que me produce que haya personajes por ahí sueltos que utilicen a críos de estas edades con fines ¿políticos?, creo que el fenómeno es digno de estudio porque desde hace tiempo se viene reproduciendo en muchos ámbitos. Eso de faltar al respeto a himnos y banderas, apropiarse símbolos que deberían ser de todos y de utilizar todas estas cuestiones como elemento de confrontación entre gobiernos, políticos, personalidades e incluso entre la gente de la calle.

Algunos catalanes, como los responsables de este grupo de chavales, creen que no deben saludar el himno español. No se sienten españoles. Y están en su derecho. ¿Pero qué hubiera pasado si un catalán que sí se sienta español, más español que catalán, no quiere cantar Els Segadors? De fascista para arriba se le habría tachado. Estamos en un momento en que algunos piensan que son agresiones sin precedentes comportamientos que son habituales en ellos mismos, pero de signo inverso, claro está. Porque, desde ese perverso y tergiversado punto de vista, criticar el catalán es una ignominia pero censurar el uso del castellano en Cataluña es lo normal en un buen catalán.

En un libro que me han regalado recientemente (Vaya país. Cómo nos ven los corresponsales de prensa extranjera), encuentro una anécdota clarificadora. Un periodista holandés afincado en Barcelona relata cómo se encontró con una familia catalana en un hotel de Tarifa. La familia tenía un crío de cuatro años y el periodista, con ánimo de ser agradable con el pequeño, le pregunta cómo se llama. El niño se le queda mirando sin entenderle. La pregunta se la había hecho en castellano. El padre le explica que el crío sólo habla catalán y el periodista le hace notar lo mermado que estará su futuro si no sabe hablar castellano o inglés. "El catalán es nuestro idioma y eso es lo primordial", fue la respuesta del orgulloso progenitor.

Hace un par de años estuve en Barcelona y le pregunté a una señora de unos 50 años por la ubicación de mi antiguo colegio, puesto que de niño viví un año en la Ciudad Condal y el catalán fue una asignatura más (que hoy sólo ha dejado en mi memoria la comprensión de algunas palabras y, sobre todo, de los meses del año que todavía recito de carrerilla). Mis preguntas fueron en castellano, sus respuestas en catalán, a pesar de que le indique que no sé hablar catalán. No quiso reprenderle su mala educación para no fomentar un altercado y por el asco que siento ante tanta mala educación. Sé que son anécdotas, que el común de los catalanes no es imbécil, como tampoco lo es el común de los españoles, pero la proliferación de casos (insisto, no sólo en Cataluña, sino en cualquier parte y con una sesgada ideología de muy distintos signos) me preocupa cada vez más.

Telemadrid emitió esta semana un reportaje sobre la situación de los castellano-parlantes en Cataluña. En condiciones normales, me sumaría a las tesis de ese programa. Esta es que desde ciertos sectores institucionales y sociales de Cataluña se intenta hacer la vida imposible a quien no conozca el catalán. Pero como sé que el citado reportaje no es más que una estrategia del canal autonómico que controla Esperanza Aguirre, no puedo hacer sumarme. Porque tanto unos como otros utilizan el catalán, como tantos otros símbolos, como arma arrojadiza. Y así sólo conseguimos que en Barcelona se mosqueen con Madrid y en Madrid con Barcelona.

Y lo digo así de claro porque eso mismo forma parte de mi experiencia personal con el euskera. Yo no sé hablarlo, pero durante una etapa de mi vida he coincidido mucho tiempo con gente que sí lo hablaba. Y no podéis imaginaros las caras de odio que en alguna triste ocasión he visto en algunos ciudadanos de Madrid al escuchar el uso de esta lengua. Todavía me acuerdo de una curiosa anécdota que me pasó en una ocasión. Volvía yo de la facultad en el autobús con una carpeta en la que estaba claramente visible el escudo de la Real Sociedad. Se me sentó enfrentó un señor mayor y se puso a silbar Que viva España. De la enorme sorpresa que me llevé, no fui capaz de decirle nada a este tipo.

Hay catalanes estúpidos e intransigentes, igual que hay españoles estúpidos e intransigentes. Y también hay vascos que caben en esa categoría. Y gentes de todas las regiones españoles a los que se les puede considerar así. Si caemos en el error de pensar que una intransigencia es mayor que otra no sólo no solucionaremos el problema, sino que lo agravaremos más. Si es que eso es posible ya.

Por cierto, mi DNI (español, por cierto) sigue diciendo que soy vasco. Mi educación me impide hablar a una persona en un idioma que no conoce. Mi tolerancia me hace respetar los himnos y banderas de todos los países, naciones y comunidades autónomas. Y me seguiré encontrando con personas estúpidas que me clasifiquen por eso en grupos que no sean de su agrado. Así, habrá gente en Euskadi que me niegue el ser vasco. Habrá gente en Madrid que me califique hasta de etarra. Y habrá gente en Cataluña que me tache de centralista. Pues ellos se lo pierden...